Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

martes, 15 de octubre de 2024

Asumir la eutanasia es una derrota de la razón

El proyecto de ley sobre el "final de la vida" que se estaba debatiendo en la Asamblea Nacional francesa fue aplazado por su disolución y posteriores elecciones.


El lobby pro-eutanasia procurará que forme parte de los objetivos de la muy inestable nueva mayoría.


Con ese motivo, François-Xavier Putallaz, filósofo y profesor de la Facultad de Teología de la Universidad de Friburgo (Suiza), analiza lo que implican la eutanasia y el suicidio asistido, una reflexión tan necesaria allí donde aún no han sido legalizados como allá donde sí lo han sido, porque es una batalla demasiado importante como para darla por perdida.


Putallaz acaba de publicar un notable ensayo al respecto, La derrota de la razón. Los desafíos del suicidio asistido (Cerf), y un esclarecedor artículo en el número 371 (julio-agosto 2024) de La Nef.


Cuando el final de la vida se tambalea


El enfoque francés del final de la vida se basa en tres principios humanistas: en primer lugar, la necesidad de aliviar el sufrimiento y proporcionar un apoyo competente a los pacientes (cuidados paliativos); en segundo lugar, la libertad de rechazar un tratamiento y abandonarlo si es ineficaz o ya no tiene sentido (rechazo de la obstinación irracional); en tercer lugar, la prohibición del homicidio (eutanasia y suicidio asistido).


François-Xavier Putallaz.


François-Xavier Putallaz es doctor en Filosofía y ha sido profesor en las universidades de Friburgo y de París. En Suiza ha seguido de forma directa la evolución del suicidio asistido a lo largo de treinta años, en cuanto miembro de diversos comités éticos.


En la actualidad, estos puntos de referencia se tambalean por curiosas razones.


1. Un vocabulario malsano


El término "ayudar a morir" se ha utilizado como palanca para este cambio, creando una confusión malsana. Abarca dos significados irreconciliables. Por un lado, significa "acompañar la vida" al final de la misma: los actos médicos y humanos están al servicio de los vivos, aliviando su dolor, aliviando su sufrimiento, acompañando a los enfermos y cuidando de todos. En cambio, "ayudar a morir" significa lo contrario: colaborar en un acto cuyo objetivo es provocar la muerte, ya sea por mano propia en el suicidio asistido, o a través de un tercero en la eutanasia. El objetivo ya no es "ayudar al final de la vida", sino "prestar un servicio para provocar la muerte".


El término "ayudar a morir" engloba estos dos significados opuestos: la primera actitud forma parte de los cuidados, la segunda es contraria a los objetivos de la medicina. Es sorprendente que Francia, país de ideas claras y distintas, mantenga tal confusión: nos apoyamos en la auténtica compasión debida a las personas al final de su vida para erradicar el sufrimiento eliminando al paciente.


Hasta ahora, nuestra humanidad común no se ha aventurado a confundir dos actitudes tan incompatibles: en la abstinencia terapéutica, es la enfermedad la que se lleva al paciente. En la eutanasia y el suicidio asistido, es la persona la que mata, con el objetivo de causar la muerte.


Esta distinción crucial obedece a tres razones.


En primer lugar, nunca se ha errado desde el Juramento Hipocrático; lejos de querer ser retrógrado, dicho recordatorio subraya el hecho de que en este ámbito es poco probable que todo el mundo se haya equivocado siempre.



En segundo lugar, la fe cristiana (y otras religiones) arroja luz sobre la ineludible exigencia de "No matarás", incluido uno mismo.


En tercer lugar, cualquier persona inteligente puede distinguir racionalmente entre negarse a hacer grandes esfuerzos para mantener a alguien con vida y el acto de darse (a uno mismo) la muerte: la medicina paliativa apoya a las personas, mientras que el suicidio asistido las abandona.


La expresión "ayudar a morir" es, por consiguiente, un cajón de sastre que desnaturaliza la inteligencia: en lugar de dejarse guiar por la experiencia y la verdad del ser humano, la inteligencia es conducida por un camino que nunca habría tomado si las palabras no la hubieran obligado a ello. Un vocabulario malsano envenena el debate, atrapándolo en un callejón sin salida.


2. Una "libertad" en conflicto con la medicina


El vocabulario no lo es todo. El proyecto de ley francés sobre la eutanasia parte de la falsísima hipótesis de que para contener el fenómeno basta con establecer un marco jurídico. El ejemplo suizo del suicidio asistido es sorprendente: en veinte años, ha caído una barrera tras otra.


2004: el suicidio asistido se reservó a los pacientes al final de su vida.


2007: se amplían los criterios a los pacientes que sufren "una enfermedad grave e incurable o las secuelas de un accidente".


2014: se acepta el suicidio para pacientes que sufren "polipatologías incapacitantes debidas a la edad".


2018: las autoridades médicas lo aprueban para "limitaciones funcionales" que causen a los pacientes "sufrimientos que consideren insoportables".


2024: absuelven a un médico acusado de ayudar al suicidio de una persona sana que no soportaba la viudez.


Pierre Beck.


En 2017, el médico suizo Pierre Beck (en la foto), vicepresidente de una asociación de defensa del suicidio asistido, fue condenado por suministrar pentobarbital a una mujer octogenaria en perfecto estado de salud que no quería sobrevivir a su marido, gravemente enfermo. Tras ser revocada la sentencia y luego reconfirmada en distintas instancias de apelación, finalmente fue absuelto definitivamente en febrero de este año por el tribunal federal. En todo momento, el proceso se ciñó al uso del medicamento en una persona sana (contrario a la ley), no al hecho en sí de dar muerte a alguien por motivos "no egoístas", lo que la ley suiza, según la propia sentencia, permite con amplitud.


Este proceso de ampliación no es casual. Es ineludible por la siguiente razón: si se considera que cada cual es libre de elegir su propia muerte, ninguna indicación médica podrá limitar esta "libertad".  ¿Por qué habría que estar enfermo para ser libre? Es absurdo.


Por eso no es de extrañar que el número de suicidios asistidos en Suiza se haya disparado un 750% en ese periodo. Hasta el punto de que se ha decidido que hay "suicidios reales" y "suicidios falsos": en una residencia de ancianos, si un residente planea arrojarse desde el tercer piso, todo el mundo se reúne para impedirlo. Si lo hace de forma higienizada en su habitación, la institución está condenada a aceptarlo.


La racionalidad más elemental se desbarata: poderosos movimientos (relativismo, nominalismo y utilitarismo) se han unido para impedir que la inteligencia y la compasión encuentren soluciones reales.


3. El suicidio asistido es una injusticia


Si el suicidio asistido y la eutanasia provocan abusos, es porque son abusos en sí mismos. Esta observación sería inaudible si olvidáramos que estos actos, contrarios a la medicina, provocan graves injusticias.


En primer lugar, es injusto para las personas cercanas al paciente, a menudo mal informadas sobre el hecho de que el suicidio no deja de ser una forma de violencia, aunque esté autorizado. Los primeros estudios muestran que el 20% de los familiares sufren estrés postraumático debido al suicidio asistido.


Además, se ha documentado el "efecto dominó": en una residencia de ancianos, al día siguiente de un suicidio asistido, dos residentes exigieron inmediatamente: "A mí también me gustaría irme así".


En segundo lugar, es injusto para los cuidadores. Si se introduce por ley la muerte programada, se impone una obligación al médico. El mero hecho de que se prevea una cláusula de conciencia demuestra que se ha impuesto una nueva obligación. Aunque los cuidadores no hayan pedido nada, se les carga con una responsabilidad indebida, como si no estuvieran ya suficientemente presionados.


Por último, es injusto para los pacientes. Cualquiera que haya acompañado a un ser querido hasta el final de su vida sabe lo propensos que son a sentirse como una carga: se reprochan ser caros y, sobre todo, causar preocupación a las personas que les quieren. Si nos ocupamos de ellos, es por amor, solidaridad fraternal y justicia.


Pero cuando una ley legaliza el suicidio asistido, el paciente tiene ahora la opción de quedarse o irse. Y si sigue aquí, es porque ha decidido quedarse. Han elegido deliberadamente convertirse en una carga económica y emocional para sus seres queridos.


¡Ahora es culpable de estar enfermo!


Además del dolor de la enfermedad y la angustia de morir, también se le hace sentir culpable. Es injusto.


4. Una respuesta verdadera y valiente


A pesar de todos los vaivenes de la razón ética, la cuestión central se mantiene firme contra viento y marea. El suicidio asistido y la eutanasia contradicen los cuidados: "La eutanasia no completa los cuidados paliativos, los interrumpe; no corona el acompañamiento, lo detiene; no alivia al paciente, lo elimina" (Jacques Ricot).


La respuesta está en el desarrollo de los cuidados paliativos, más caros pero más humanos: el amor y los cuidados nunca abandonan al enfermo, sino que lo alivian y acompañan hasta el final. Los cuidados paliativos se dirigen a la persona en su totalidad, en relación con sus seres queridos.


Para quienes temen una agonía insoportable, las unidades de cuidados profesionales pueden ofrecer sedación. Además de los analgésicos, es posible inducir una reducción de la consciencia, ya sea temporal (en caso de crisis), discontinua (durante la noche) o continua (hasta la muerte natural). Es un derecho a dormir, sin sufrimiento, hasta que se produzca la muerte.


Francia dispone actualmente de un marco adecuado que humaniza el final de la vida. Esperamos que el respiro legislativo que supone la remodelación de la Asamblea Nacional sea la ocasión de recoger los frutos de la ley actual y de iluminar las conciencias: se necesitan recetas sabias para el futuro de nuestra civilización, para el significado humano de la medicina y, sobre todo, para la solidaridad con los más débiles. Que bien podría ser cualquiera de nosotros.

 https://www.religionenlibertad.com/vida_familia/648878688/asumir-eutanasia-suicidio-asistido-derrota-razon-filosofo-putallaz.html

lunes, 14 de octubre de 2024

Paso a paso

 Todo lo que he hecho en la vida me ha costado bastante. Desde estudiar a tener hijos o escribir en Internet. Nunca me propuse grandes cosas. Sólo fui improvisando paso a paso.

La verdad es que después del primer embarazo y el parto, cualquiera lo hubiera dejado. Yo tuve dos más. Y después del primer blog he tenido otros ocho. Poco a poco.

Israel visto por un judío: https://cesarvidal.com/la-voz/editorial/editorial-el-periodista-judio-seymour-hersh-reflexiona-sobre-la-guerra-de-gaza-10-10-24

domingo, 13 de octubre de 2024

Hablemos de bulos y manipulación, por Vidal Arranz

 

No son pocos los expertos que afirman que los bulos y las fake news son la principal amenaza para las democracias occidentales. Las nuevas mentiras, nos dicen, inoculan odio en la gente, y le llevan a pensar cosas inadecuadas sobre la realidad que, a la postre, le conducen a votar mal. O sea, a la malvada ‘extrema derecha’. Porque, según esta idea, las personas están inermes ante relatos falsos que agitan sus bajas pasiones y sacan al exterior lo peor de sí mismos. Los ciudadanos intoxicados por los bulos se nos presentan, de este modo, como ciudadanos de segunda, como esos deplorables a los que aludía Hillary Clinton. Son inferiores porque se dejan engañar (no como los otros que deciden con plena autonomía y conciencia, al parecer) pero también lo son porque se dejan llevar por “el odio”, la nueva frontera que separa a civilizados y salvajes. De modo que haremos bien en considerar los votos de esos ciudadanos como votos de segunda, pues no son el resultado del proceso deliberativo ideal que se supone alimenta nuestras democracias, sino votos viscerales, equivocados. Huelga decir que no es así, pero antes de avanzar será bueno recordar algunas cosas.

Hay que dejar claro que no vamos a defender aquí a la mentira. Muy al contrario, lo que nos guía es justamente el afán por desentrañar algunos de los engaños que nos rodean, en beneficio de la verdad. Pero no podemos ignorar que vivimos rodeados de falsedades de distinta naturaleza y magnitud, de modo que una de las labores a realizar será justamente distinguir entre sus distintos tipos.

Sólo a modo de ejemplo, los bulos son menos bulos si alimentan a los partidos tradicionales o si los promueven ellos; en esos casos son bulos de segundo nivel, diríamos, con menores dosis de peligro y de toxicidad. Estos no son una amenaza para las democracias sino, en todo caso, un defectillo. Con estos bulos las democracias pueden vivir: los malos son los otros, los que llevan a pensar y votar diferente.

Hay que recordar que la preocupación por las fake news surge a raíz de la inesperada victoria electoral de Donald Trump, a finales de 2016, pese a tener en contra a todos los grandes medios informativos y a las principales cadenas de televisión. Era un escenario que no parecía posible, y las fake news aparecieron entonces como la explicación: la gente había votado mal porque se había creído las mentiras que le habían llegado a través de las redes sociales e internet, en vez de los análisis de los grandes media que le habían explicado a conciencia por qué no debía votar al ridículo candidato republicano. Dado que Trump era una amenaza para la democracia, los bulos aparecían como los grandes culpables del fatal desaguisado.

El problema es que algo no terminaba de encajar, porque ninguno de los bulos o de las exageraciones o tergiversaciones del republicano era ni remotamente comparable con los ataques que recibiría tras su elección. Los medios serios y rigurosos, esos en los que los ciudadanos debían confiar, compararon a Trump con Hitler, aseguraron que la paz mundial estaba en peligro, que la vida de las mujeres estaba amenazada y que el mundo estaba poco menos que a punto de estallar. Estas y otras exageraciones manifiestas —que la realidad se encargó de desmentir— no adquirirían, sin embargo, el estatus de amenaza para la democracia, ni deberían ser consideradas fuentes de odio, sino tan sólo expresiones legítimas de lucha contra el malvado monstruo.

Lógicamente los votantes de Donald Trump no se tomaron en serio estas petulantes advertencias sobre el fin del mundo. Y destinatarios como eran de un furibundo odio político destinado a desautorizarles e incluso a destruirles, no concedieron ningún crédito a quienes les criticaban a ellos por ‘odiar’. Hay que aclarar que también en materia de odios hay clases. Criticar la inmigración ilegal expresa un discurso de odio intolerable, pero descalificar al rival como fascista es un odio legítimo que, según parece, no daña a nadie ni deteriora el alma.

A partir del momento Trump, el bulo se ha convertido en un recurso comodín para justificarlo todo. Si el expresidente norteamericano gana el debate con Biden, fue porque no paró de decir mentiras que el senil mandatario actual no supo desmentir. La misma fórmula se importó a España también para justificar la sonora derrota de Pedro Sánchez en su debate con Alberto Núñez Feijoo. El candidato del PP venció porque no hizo otra cosa que mentir, según el mantra oficial de la maquinaria mediática progubernamental. Una maquinaria que dio entonces muestra de su extraordinario desparpajo porque hay que tener un rostro de titanio para presentar a Sánchez como el hombre de la verdad. Tanto en un caso como en otro, cuando los medios se decidían a explicar qué bulos tan graves habían podido intoxicar las mentes ciudadanas, lo que aparecían eran cuestiones muy menores, desde luego incapaces de generar los efectos que se les atribuían, y que en ningún caso estaban a la altura del mito de las fake news. La apelación a los bulos se ha convertido en un bulo en sí mismo. Con inestimables aportaciones españolas, como la ‘máquina del fango’ de Pedro Sánchez.

Lo hemos vuelto a ver en el caso de las protestas desatadas en Gran Bretaña como consecuencia de una serie de apuñalamientos que provocaron la muerte de tres niñas de corta edad, amén de otros heridos. Inicialmente las redes sociales atribuyeron la autoría a un inmigrante ilegal solicitante de asilo, pero enseguida el Gobierno aclaró que el autor era un joven británico, hijo de un matrimonio ruandés que había recibido asilo. La discrepancia entre las primeras versiones y la realidad alimentó una insólita narrativa oficial, de los medios serios, para entendernos, según la cual las protestas habrían sido alentadas por el engaño. Y es que, según se indicaba en un reciente análisis de El País, es obvio que si el autor de los crímenes es un hijo de refugiados ruandeses el asunto no tiene nada que ver con la migración. Cuando los que se dicen paladines de la verdad y del rigor afirman estas cosas se caen rápidamente muchas máscaras.

Dado que nos movemos entre mentiras se impone calibrar cuáles son las peores. Y en este sentido hay que decir que, al margen de lo que se opine de las protestas, que el asesinato se relacione con las tensiones raciales provocadas por la multiculturalidad está plenamente justificado a tenor de la autoría, mientras que afirmar lo contrario resulta no sólo incomprensible, sino de una arrogancia banal.

En el caso de las fake news, además, no son pocas las ocasiones en las que los desmentidos están más lejos de la realidad que las afirmaciones originales. Lo que no impide que los que actúan así se sienten miembros destacados de la cofradía de la superioridad moral.

Hay que dejar claro que las apelaciones a los bulos y las fake news forman parte de un conjunto de recursos retóricos para controlar el debate democrático, limitando el terreno de juego de lo que puede decirse o pensarse, en favor de las ideas dominantes del momento. Lógicamente, cuanto menos sistémicas y más disidentes son las ideas en cuestión, más deslegitimación reciben.

En contra de lo que una mente biempensante pudiera creer, de la existencia de los ataques, y de su virulencia, no cabe deducir que las ideas sean erróneas —o, como mínimo, no más erróneas que otras que se defienden con normalidad— sino sólo que son incómodas. Quizás porque ponen en peligro algo que se había considerado territorio conquistado, y que vuelve a entrar en disputa. O porque evidencian la inesperada fragilidad de los propios argumentos.  Una fragilidad que intenta taparse con un castillo de naipes de clichés argumentales.

Clichés retóricos y estrategias discursivas, porque el lenguaje tanto puede servir para comunicarse como para bloquear el entendimiento, torpedeando el debate y la normal capacidad deliberativa de las democracias. Un buen ejemplo es el uso de un lenguaje político excluyente y censor mediante el uso de ‘palabras policía’ como machismo, xenofobia, homofobia, y otras similares. Palabras con un abanico de significación tan extenso que lo mismo valen para un roto que para un descosido. Pero eso sí, como van cargadas con el plutonio de la condena y del rechazo social son ideales para reducir los debates políticos a un pin pan pum que esterilice la discusión.

Las ‘palabras policía’ niegan que exista nada que discutir y sitúan las posiciones de los demás en el terreno de la tara mental, la fobia o el trastorno. Los que piensan distinto están enfermos, porque no hay nada distinto que pensar sobre asuntos en los que los debates, al parecer, están cerrados. Y lo están, aunque una parte significativa de la población no lo crea así. Y lo están incluso si existen excelentes argumentos en contra de las posiciones oficiales. Pero debe ser extraordinariamente gratificante poder clausurar cualquier discusión tachando al rival de homófobo, xenófobo o machista, en vez de molestarse en rebatir sus razones. Es la lógica antifascista, ya saben: el fascismo no se discute, el fascismo se combate. Y como ya todo el mundo es fascista —pues fascismo es un término que puede aplicarse ya a casi cualquiera— la discusión democrática se vuelve innecesaria y es sustituida por una mera lucha de poder y de afirmación moral.

Es curioso que sean tan pocos los teóricos dispuestos a admitir que este tipo de lacras —otra sería la cultura de la cancelación— pongan en peligro las democracias occidentales, pese a afectar directamente al centro de su naturaleza deliberativa. Y, por tanto, al núcleo de su legitimación y del modo de articular el sistema de contrapoderes. Es preocupante que aceptemos con normalidad las estrategias para estrechar el terreno de debate y ampliar el abanico de opiniones inaceptables. Todas estas cuestiones están en el centro de las manipulaciones verdaderamente importantes que padecen los ciudadanos, las que condicionan su forma de mirar y de pensar el mundo, las que les impiden contemplar más variedad de opciones que las que ofrecen los medios informativos institucionalizados. Pero esto no amenaza la democracia. El problema, ya saben, son los bulos.

Hay que agradecer a Pedro Sánchez que el bulo del bulo haya caído en el descrédito más absoluto a raíz de su uso y abuso por parte del Gobierno. La máquina del fango socialista sin duda ha contribuido a deslegitimarlo todo, incluida esa mentirosa certeza en torno a las noticias falsas. Gracias a Sánchez, hoy la mayoría ya ha entendido la verdad de fondo de esta cuestión: tachar una información de bulo no implica que sea falsa, sino tan sólo que es incómoda para el poder. Puede que alguna, en efecto, sea mentira, pero ya sabemos que ese no es el criterio fundamental para proceder a la descalificación. Estamos en una guerra en la que la verdad de fondo importa poco y lo único que cuenta es el poder para convencer, para imponer y para someter.

 https://ideas.gaceta.es/hablemos-de-bulos-y-manipulacion/

sábado, 12 de octubre de 2024

El franquismo y otros monstruos



En Teenage Caveman, película que dirigió Roger Corman en 1958, nos contaban la historia de una tribu prehistórica que tenía como tabú heredado de sus ancestros no cruzar jamás el río, pues al otro lado vivía «El dios que mata con su contacto». Nadie lo había visto nunca, pero si los ancianos del lugar lo decían debía ser cierto… Hasta que un intrépido joven en busca de presas que cazar decide adentrarse allí. Finalmente termina encontrándose con un monstruo al que da muerte, descubriendo a continuación que en realidad era un anciano disfrazado que portaba un objeto incomprensible para él, aunque no para el espectador: un libro ilustrado con imágenes de ciudades del siglo XX. En el epílogo una voz en off nos narra que hubo un holocausto nuclear tiempo atrás que destruyó la civilización, hizo mutar a algunas criaturas en dinosaurios y que un grupo de humanos supervivientes se aisló en un valle del que no debían salir para estar a salvo de la radiación. De ahí fue tomando forma el mito.

Este planteamiento fue retomado luego Shyamalan en El bosque —rodada con más recursos, pero menos originalidad— y es tan sugerente que invita a tomarlo como prisma con el que mirar a nuestra historia, cultura y tabúes. Podríamos decir que en la España contemporánea el río a cuyo otro lado habita el monstruo es 1975. Es lo que nos han contado enfáticamente en las noches junto al fuego a todos los que hemos nacido después. Como la memoria es creativa y va añadiendo nuevos detalles cada vez que rememora algo (no digamos ya la «Memoria Democrática») el resultado es que a medida que van pasando las décadas el franquismo lejos de quedar atrás va haciéndose cada vez más presente en la esfera pública, convertido en grotesco espantajo cuya sola mención sirve para zanjar cualquier debate e impulsar cualquier medida sin mayor explicación. Junto al binomio izquierda/derecha que nos promete la alternancia para dejarnos donde estábamos como una ruedecilla de hámster, el otro gran eje de nuestro sistema es franquismo/democracia o, en un sentido más amplio, Pasado frente a Progreso. Da igual que se discuta de un nuevo estatuto de autonomía, un plan hidrográfico o un cambio en el código penal, el objetivo deberá ser siempre alejarnos del franquismo —cuyo agravio lacerante nos persigue como una sombra— y continuar en la senda del Progreso, aunque parezca que no está llevándonos a ninguna parte. Ahora bien, ¿qué ocurrirá si nos atrevemos a salirnos de esa senda e incluso, yendo más allá, cruzamos el rio? Veamos.

En 1971 un enviado de Nixon le preguntó a Franco qué pasaría tras su muerte, a lo que este respondió: «Se lo voy a decir. Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España». Inquiriéndole por qué creía esto, replicó: «porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años, la clase media española».

Tiempo después otro presidente estadounidense, Gerald Ford, hizo una visita oficial a España el uno de junio de 1975, lo que tal como se apresuró en aclarar un alto funcionario en este artículo de Le Monde: «no significa que abracemos al general Franco y sus políticas, sino que, una vez más, reconocemos la importancia de las bases americanas en España para la defensa de Europa, en particular por el papel que España tendrá para la seguridad de Europa Occidental después de Franco, se ha de entender por tanto este viaje como una muestra del interés de Estados Unidos en la transición gubernamental. que se llevará a cabo durante los próximos cinco años». Curiosamente, un joven político antifranquista, llamado Felipe González, apenas tres meses después repetía las mismas palabras en una entrevista a un diario sueco: «espero la instauración de la democracia en España de aquí a cinco años». ¡Como si todos estuvieran siguiendo el mismo guion! Uno al que tiempo después daría voz Victoria Prego.

Por su parte Joan E. Garcés en Soberanos e intervenidos da una visión de conjunto que merece la pena citar: «los grupos que en 1977 fueron legalizados y emergieron controlando la escena política eran precisamente los selectivamente financiados desde gobiernos de la Coalición de la Guerra Fría (…) El posfranquismo no puede entenderse cabalmente sin considerar que se iniciaba con equipos cooptados con criterio empresarial, aunque revestidos algunos con siglas históricas, que de pronto aparecieron a la luz ante una ciudadanía privada durante cuarenta años de organizaciones y derechos políticos. Los cooptados vivieron de gobiernos y entidades extranjeras —hasta acceder a los presupuestos públicos—, mientras rivalizaban en ofrecer a la Coalición bélica la mejor combinación de commitment y stability. De ahí que en asuntos de trascendencia estratégica esos equipos hayan satisfecho con prioridad las exigencias de sus fuentes de sostenimiento más que las expectativas o compromisos con sus electores o afiliados».

Nos encontramos entonces con una Transición dirigida desde potencias extranjeras donde todo estaba atado y bien atado, con líderes cooptados ateniéndose a la misma hoja de ruta pues el que se movía no salía en la foto avisó Guerra, y un trágala constitucional con su régimen de partidos, ausencia de división de poderes y disgregación autonómica del que ahora estamos viviendo las consecuencias. Así que la recuperación de la soberanía nacional y de las libertades políticas fue limitada, no hubo ruptura democrática ni proceso constituyente como siempre denunció Antonio García-Trevijano, no hubo cambios en la estructura económica sustanciales, pues las élites lampedusianas siguieron siendo las mismas y la clase media ya estaba consolidada, como recordaba Franco hace unas líneas… Si acaso, cabe señalar el desmantelamiento del tejido industrial en los ochenta que evitaría así que España hiciera la competencia a esas potencias patrocinadoras. En vista de todo lo anterior… ¿No estábamos ante el parto de los montes? ¿Qué logro, qué cambio real cabía atribuir al nuevo sistema para legitimarlo ante la opinión pública? Las libertades de la bragueta, que diría De Prada. Ese fue el terreno donde marcar la diferencia.

Fijémonos, por ejemplo, en el discurso final de Solos en la madrugada, película de José Luís Garci protagonizada por José Sacristán en 1978, donde opone un «pasado sórdido» a las «libertades personales» pendientes de conquistar, ¿y en qué consisten estas exactamente? Pues los ejemplos que va citando son el divorcio, la homosexualidad/transexualidad, «tomar el mando en la cama» y comprar un televisor más grande pues «no ahorréis cuatro perras para dejárselas a vuestros hijos, disfrutad de la vida vosotros» (pura mentalidad boomer-langosta que caló bien hondo, vive Dios). No es cuestión de condenar moralmente con el ceño fruncido todo ello, no me vayan a malinterpretar —el puritanismo es cosa de protestantes—, pero sí de darle su justa medida. Y la que tenía todo ello es relativa en el conjunto de preocupaciones vitales e inofensiva para el statu quo, sospechamos que por eso se enfatizó. ¿Qué emancipación real más allá de su apariencia de transgresión trajo el cine del Destape o la Movida aparte de mostrar tetas, travestis y consumo de drogas? ¿Qué legado cultural y estético ha dejado tras de sí?

Más aún… ¿realmente esos cambios sociales fueron fruto del R78? ¿Fue el régimen franquista, tal como se nos ha repetido, represor de unas libertades de bragueta que eran moneda corriente en el mundo desarrollado? Detengámonos en esto último. La letanía ya la conocemos por parte de la intelectualidad que pasó del troskismo al PSOE, luego a Cs y ahora orbita a Ayuso: su vida sexual habría sido mucho más variada y excitante de no ser por culpa de aquel régimen oscurantista, inquisitorial y mojigato… o eso les gusta imaginar. Lo cierto es que, por ejemplo, la homosexualidad se despenalizó en la RFA y Canadá en 1969, en Finlandia en 1971, en Noruega en 1972, en la mayoría de Estados de EE.UU. a lo largo de los años 70, en Escocia en 1981, en Nueva Zelanda en 1986, en Israel en 1988 y en Irlanda en 1993. En España fue en 1979. Respecto al divorcio nos encontramos que se legalizó en Italia en 1975, en Francia en 1976, en la RFA en 1977, en Grecia en 1983 y en Irlanda en 1996. En España en 1981.

Lo que nos encontramos entonces es que la sociedad occidental en su conjunto fue conservadora en esos ámbitos durante las primeras décadas de la posguerra y luego adoptó tales cambios liberales al mismo ritmo. La idea de una España aislada, a contracorriente, congelada en el tiempo por un autoritarismo de sotana y cilicio mientras el resto del mundo vivía en pleno éxtasis hedonista no deja de ser leyendanegrismo actualizado. Más allá de lograr esquivar las dos guerras mundiales, para bien o para mal nuestro país ha participado en todas las modas históricas y transformaciones socioculturales del siglo XX marcando un paso similar al resto. Pero el relato mata al dato, así que el Régimen del 78 ha construido su legitimidad en buena medida en torno al progresismo (es significativo que el cineasta oficial pasara a ser Almodóvar) sobredimensionando hasta el disparate cuestiones como el feminismo o lo LGTB, fabricando una ilusoria emancipación en terrenos simbólicos y «libertades personales» —que no políticas— en este lado del rio donde no habitan los monstruos, mientras que la realidad material ha ido deteriorándose para una menguante clase media con trabajos crecientemente precarios y un acceso a la vivienda ya imposible para muchos… Aunque pudiéndonos cambiar de sexo en el DNI, que es lo que importa.    
Javier Bilbao 

https://ideas.gaceta.es/la-transicion-dirigida-y-las-liberaciones-ilusorias/

viernes, 11 de octubre de 2024

Padres pierden la custodia de su hijo

Una familia militar de Washington DC ha perdido la custodia de su hijo autista de 16 años tras negarse a aceptar un tratamiento de transición de género.


La familia está demandando al Hospital Nacional Infantil de DC, acusando al centro de salud de imponerle la idea de cambiar de género a su hijo.


Hospitalizado en 2021 por autolesiones

El caso se remonta a 2021, cuando el joven fue hospitalizado por autolesiones después de una dolorosa ruptura con su novia. Hasta ese momento, según la familia, el adolescente nunca había mostrado interés alguno en cambiar de género. 


Sin embargo, durante su estancia en el hospital, el personal informó a la familia que el joven «quería ser mujer» y que, a partir de entonces, deberían referirse a él utilizando pronombres femeninos, según afirma la demanda presentada por los padres.


Negativa de los padres

Los padres, veteranos del ejército residentes en el condado de Prince George, Maryland, rechazaron la sugerencia, argumentando que su hijo era especialmente vulnerable e impresionable debido a su autismo.


 En su demanda, la familia acusa al hospital de llevar a cabo una «campaña en toda regla para hacer ‘trans’ a este niño».


Alegan que el personal del hospital practicó una especie de «reprogramación mental» al forzar al joven a escribir cartas a sus amigos negando su identidad masculina anterior.


Preocupación por la intervención del Estado

El caso ha suscitado preocupaciones más amplias sobre la creciente intervención del Estado en la vida familiar y los derechos de los padres.


Los informes sobre la intervención del hospital argumentan que la decisión de tratar a un menor para la transición de género debe ser considerada con extrema precaución, especialmente en casos donde el menor puede ser fácilmente influenciado debido a condiciones como el autismo.


La actuación del hospital podría ser vista como un exceso de autoridad y una infracción a los derechos de los padres.


Por otro lado, los defensores de los derechos de los menores y del lobby gay argumentan que es crucial escuchar y respetar los deseos de los jóvenes en relación con su identidad de género.


Para estos defensores, la negativa de los padres a aceptar la identidad de género de su hijo podría considerarse una forma de abuso o negligencia emocional, y la intervención del hospital podría ser vista como una medida necesaria para proteger el bienestar del joven.


Este caso plantea preguntas complejas sobre la autodeterminación de los menores, la autoridad de los padres y el papel del Estado y las instituciones médicas en cuestiones de identidad de género. 


¿Es justo que las instituciones médicas ataquen la patria potestad de los padres, quienes tienen el derecho y la responsabilidad legal de tomar decisiones sobre la salud y el desarrollo de sus hijos?


¿Debería el Estado intervenir en las decisiones de los padres sobre la identidad de género de sus hijos, considerando que estos tienen la patria potestad y mejor conocimiento sobre el bienestar de sus hijos?


El caso de esta familia de Washington DC continúa en los tribunales, con implicaciones que podrían ir mucho más allá de sus propias circunstancias, tocando temas de derechos individuales, integridad familiar y la creciente intervención del Estado en la vida privada.


 https://www.forumlibertas.com/padres-pierde-custodia-tratamiento-de-transicion-de-genero/

jueves, 10 de octubre de 2024

Llevarse el gato al agua

 Es salirte con la tuya en una situación complicada. Yo no suelo llevarme el gato al agua. Soy màs bien de los que ceden y se adaptan. No me gusta luchar.

Sin embargo, cuando es por otros o por una buena causa sí que saco las garras. Me cuesta mucho pero lo hago. No puedo quedarme impasible.

miércoles, 9 de octubre de 2024

Los conservadores deberían tener esperanza, por Itxu Díaz

De niño me enseñaron que el pesimista ve la botella de whisky medio vacía y el optimista la ve medio llena. En lugar de filosofar, mi postura siempre ha sido la de beber.


El otro día estuve pensando en esta inclinación y descubrí con alegría que es una herencia de mi educación cristiana. El pesimismo y el optimismo son cosas exclusivamente terrenales, y el cristiano tiende a no perder la cabeza por algo que sólo afecta a esta vida terrenal. En el cielo no habrá esperanza, pero tampoco desesperación, y por eso me aferro a la vaga esperanza de que San Patricio esté guardando allí un montón de botellas para sus amigos.


Dada la decepción con que los conservadores ven hoy la decadencia ideológica y moral de Occidente, en cierto modo es un alivio recordar a Christopher Dawson, quien ya señaló en 1952 que la civilización occidental había perdido “la confianza en sí misma”. Parece estar refiriéndose al año 2023 cuando escribió sobre “el caso de una sociedad o clase que dedica enormes esfuerzos a la educación superior y a la formación de una élite intelectual y luego descubre que el resultado final del sistema es generar un espíritu de pesimismo, nihilismo y rebelión”.


El posmodernismo es una fábrica de decepciones. Creíamos que el nihilismo del siglo XIX era el fin del camino, pero estábamos equivocados. El posmodernismo y el posnihilismo nos han traído una nueva moral sin Dios, porque en última instancia la postura nihilista atacó la naturaleza humana, que siempre busca encontrar sentido y trascendencia. A medida que las sociedades se van descristianizando, en lugar de la liberación prometida, lo que ha surgido son más dogmas estúpidos.


En cualquier caso, hoy estos dogmas constituyen una especie de religión pagana que ejerce un poder abrumador sobre los medios de comunicación, la política y la opinión pública. Dicha religión es una mala receta que mezcla el progresismo con el ecologismo, el hedonismo, el comunismo, el ateísmo y el sentimentalismo. Las consecuencias de esa religión pagana han sido a veces tan depravadas que es natural que cristianos y conservadores caigan en la tentación del pesimismo.


Pensemos, por ejemplo, en la moral sexual. La revolución del 68 fue bastante abominable, pero al menos no estaba regulada; quiero decir, no había una única forma correcta de participar en la revolución sexual. Supongo que la idea era una mezcla de ser libre y libertino, y sobre todo, sin límites. Allí donde la naturaleza humana ponía límites, éstos eran destruidos por la marihuana o los hongos, o cualquier otra basura que esnifaba la generación que ahora, curiosamente, se ha vuelto mayoritariamente conservadora.


Por otra parte, la moral sexual actual no tiene nada que ver con la libertad. Por supuesto, no todo está permitido. El feminismo presenta las relaciones sexuales como una forma de reparación del placer, en la que los hombres tienen una deuda histórica de goce con las mujeres. Es posible que lo único que tengan en común la revolución sexual y el feminismo sea un egoísmo horrendo. Donde todo podría tener cabida en la gran comuna hippie, hoy sólo tienen cabida aquellas cosas que han pasado el filtro del antirracismo, el feminismo y otras normas similares.


El aspecto más significativo de una sociedad no es la sexualidad, por muy ruidosa y llamativa que sea. Desde la época romana, ha sido una buena medida del nivel de devastación moral de una civilización. Tal vez por eso afecta tan intensamente el ánimo de los conservadores. Eso, y su proximidad a algo mucho más doloroso como el aborto. La banalización del asesinato de bebés y la inmensa cantidad de abortos atacan nuestro optimismo. Y como cristianos, sabemos que el aborto es el gran altar de sacrificios del que se alimenta Satanás.


Por mucho que la corrupción institucional y política de la izquierda nos haga creer que todo está perdido, o incluso por esa misma razón, es hora de prestar atención una vez más a las palabras de GK Chesterton: “La esperanza significa tener esperanza cuando las cosas no tienen esperanza, o no es virtud alguna”.


Reconozco que, debido a cierta adicción a la bohemia y a la condena literaria, me siento incómodo defendiendo el optimismo. Hay algo envolvente y voluptuoso en la noción de fatalidad: te mantiene caliente. Pero al mismo tiempo, percibo en el mundo cristiano conservador una lucha contra todos los elementos ideológicos; y, aunque la batalla debe librarse en el exterior, no debemos perder la paz interior.


Chesterton se enfrentó a un dilema similar al analizar el optimismo y el pesimismo. Después de muchos párrafos, decidió renunciar a ambas actitudes. Había descubierto en ellas dos actitudes pecaminosas después de analizar la doctrina cristiana: la presunción y la desesperación. “Las herejías que han atacado la felicidad humana en mi tiempo han sido todas variaciones de la presunción o de la desesperación; que, en las controversias de la cultura moderna, se llaman optimismo y pesimismo”. Ambos pueden llevarnos al infierno.


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Ni el optimismo ni la presunción son riesgos frecuentes en estos momentos, pero debemos recordar que no existe un cristianismo fatalista ni debe existir un conservadurismo pesimista. Nuestras razones para tener esperanza se basan en algo que, paradójicamente, a menudo se atribuye erróneamente a la izquierda: la superioridad moral.


Obviamente, como seres humanos como cualquier otro, no somos mucho mejores que ellos; importa poco que yo piense que soy más guapo que, por ejemplo, Nancy Pelosi. Sin embargo, nuestras ideas y nuestros fines son superiores. Estamos a favor de la tradición y de la libertad; estamos en contra de la tiranía y de la utopía. Estamos a favor de la soberanía nacional y de la familia; estamos en contra de la anarquía y siempre estamos a favor de la belleza. Eso es mucho mejor que consumir tu vida política tratando de que todos viajen en un automóvil eléctrico, coman filetes sintéticos y puedan suicidarse legalmente cuando la vida se convierte en una carga para los demás.


Si el conservadurismo occidental logra mantenerse fiel a sus raíces cristianas, recuperará su alegría. Nuestra religión se forjó a partir de la tortura, la humillación y el asesinato de nuestro Salvador y Rey, lo que no parece un comienzo muy esperanzador. Y creo sinceramente que nadie desde los tiempos de los primeros apóstoles, durante aquellas horas inciertas del Sábado Santo, ha visto las cosas tan terribles. Y, sin embargo, la esperanza, los banquetes y las risas volvieron, y volverán de nuevo.

https://www.theamericanconservative.com/conservatives-should-hope/

martes, 8 de octubre de 2024

Los héroes que necesitamos, por Itxu Díaz


Otoño en el Bosque Nacional de las Montañas Blancas

Una familia de agricultores en el límite del Bosque Nacional de las Montañas Blancas comienza a prepararse para el invierno que se avecina, el 5 de octubre de 2022 en la zona rural de Chatham, New Hampshire. (Fotografía de Andrew Lichtenstein/Corbis vía Getty Images)

Itxu Díaz


En tiempos de guerra conceptual, el héroe no lleva armadura ni lleva lanza. Si bien la idea del heroísmo siempre ha cambiado, nunca ha sido tan difusa como ahora.


El héroe siempre ha mostrado elevadas virtudes espirituales y corporales. Para los griegos, el héroe era más que un humano, pero menos que un dios. Y esto es así porque en la mitología grecorromana, el héroe era alguien como Eneas, hijo de la diosa Afrodita y Anquises, un príncipe. A menudo se le reconocía como tal después de su muerte, de modo que su fama se extiende a lo largo de siglos y culturas. Desde la antigüedad, el término “héroe” se ha reservado para los guerreros intrépidos, capaces de grandes hazañas, y para los personajes que eran capaces de proteger a su pueblo contra todo pronóstico.


Cuando trazamos la idea del héroe, hablamos de un heroísmo objetivo y comúnmente aceptado. Por supuesto, cada uno tiene su propio significado personal: por ejemplo, no encuentro a nadie más merecedor de ese título en nuestros días que alguien capaz de recordar todas las contraseñas de sus cuentas de correo electrónico.


Cuando la literatura, las artes y el cine comenzaron a dar forma a la cultura, el heroísmo abandonó sus raíces mitológicas y empezó a adherirse a la figura del guerrero primero, y luego a la del individuo valiente que realizaba grandes hazañas, ya fueran bélicas o no.


Sin el aura de la mitología, siglo tras siglo, los héroes se han alejado de lo sobrenatural y se han hecho más humanos, hasta el punto hoy, en que lo que más nos interesa de ellos son sus defectos, a veces reconocidos abiertamente, como aquel célebre protagonista de Wodehouse: "No siempre soy bueno y noble. Soy el héroe de esta historia, pero tengo mis momentos malos".


El cine del siglo XX adelantó un nuevo papel del héroe accidental; viene a la mente la brillante interpretación de Dustin Hoffman en Hero . Y, al mismo tiempo, las películas bélicas han seguido recordándonos grandes hazañas históricas, mitificando aún más a los grandes guerreros. Pero el heroísmo contemporáneo comparte más con Hero de Dustin Hoffman que con William Wallace. En un siglo sin guerras mundiales, sin grandes combates cuerpo a cuerpo, el héroe es una etiqueta que la prensa pone casi arbitrariamente a quienes consiguen encarnar algunos de los valores que nuestros mayores antaño identificaban con el heroísmo: quienes salvan vidas en una catástrofe, quienes sobreviven en condiciones extremas, quienes intentan ayudar en medio de un atentado o quienes no sucumben a todo tipo de presiones en un conflicto político.


Pero, sin duda, si los héroes medievales levantaran hoy la cabeza, creerían que el nuestro es un siglo sin heroísmo. Y, lo que es más, si los héroes medievales se levantaran de sus tumbas, sin duda serían vilipendiados y encarcelados, ante el silencio de sus antiguos admiradores y el aplauso de una sociedad civil anestesiada por el progresismo revisionista.


Los valores dominantes han cambiado. Una sociedad liberada de todo vestigio cristiano, como era previsible, no ha implicado una sociedad más libre, sino una sociedad más sujeta al nihilismo, primero, y al progresismo, después. Los corsés de la razón, como en la Ilustración, han resultado mucho más ajustados que los de la religión y la tradición. Ya no valoran la honestidad, la coherencia y la lealtad, pero tampoco la defensa de la patria, la exaltación de la propia cultura o la fe.


Así, el héroe también ha mutado en apariencia y en sustancia. Hoy, la opinión pública, envenenada por el relativismo, no es capaz ni siquiera de ponerse de acuerdo sobre la designación de sus héroes. El relativismo siempre genera desinterés, tal vez por lo que decía Roger Scruton: «Un escritor que dice que no hay verdades, o que toda verdad es «meramente relativa», te ​​está pidiendo que no le creas. Así que no le creas». Sea como fuere, todos los héroes contemporáneos deben pasar también la prueba de la ideología antes de poder suscitar elogios generalizados, de modo que todos, antes de reconocer un acto de heroísmo, deben preguntar al protagonista: «¿Pero el héroe está de mi parte?».


Esta tendencia no sólo afecta al presente sino también al pasado. Los héroes de ayer son juzgados con los ojos de hoy, lo que ha dado lugar al derribo de estatuas de Colón o Fray Junípero Serra, hechos que habrían indignado a nuestros antepasados.


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Todo esto podría llevar a pensar que el heroísmo ha sido proscrito y que ya no hay lugar para los valores que antaño hicieron de la civilización occidental el faro del mundo. Sin embargo, hoy, quizás más que nunca, hay personas anónimas que se comportan heroicamente en su vida cotidiana, en entornos que son completamente hostiles a sus costumbres, tradiciones y forma de pensar.


Los héroes de hoy son silenciosos, no protagonizan hazañas resonantes, no ganan batallas sangrientas, casi con toda seguridad no aparecerán en los periódicos (a menos que sea para ser insultados), y probablemente recibirán el reconocimiento de unos pocos, o incluso de nadie. Pero lo cierto es que todo esto no les quita valor a su heroísmo.


Los héroes de hoy son personas normales y corrientes, más que nunca un llanero solitario. Porque, al fin y al cabo, el héroe de hoy es el cardenal Sarah que pide volver al aislamiento en la Iglesia católica, la madre que se enfrenta a la junta escolar que se niega a permitir que su hija sea adoctrinada por activistas trans, el periodista que pierde su trabajo por defender la verdad y la feminista liberal de la vieja escuela que se enfrenta a la deriva dogmática de la nueva izquierda.


Los héroes de hoy son los que forman una familia normal, los matrimonios que logran la hazaña de la fidelidad, los jóvenes que renuncian a vender su intimidad y los nietos que defienden su derecho a escuchar con calma las viejas historias de sus abuelos.


El héroe de hoy es el estudiante que cuestiona las enseñanzas universitarias dominadas por agentes de la izquierda y busca respuestas en los autores clásicos; es el químico que denuncia la forma en que el progresismo está matando a la ciencia , y el atleta que se niega a doblar la rodilla ante nadie más que Dios.


En definitiva, el heroísmo de hoy está muy lejos de aquel heroísmo primitivo grecorromano, del valiente guerrero medieval o del aventurero que arriesgaba su vida para descubrir los límites del mundo en el Renacimiento. El heroísmo occidental de hoy no exige a menudo derramamiento de sangre, pero sí perder el bien más preciado de nuestra época, que es el prestigio social digital; no encontrará acoso en las cárceles enemigas, pero será vetado en las redes sociales, expulsado del trabajo y, finalmente, despreciado incluso en sus círculos más cercanos. Y no será uno solo el que cambie el curso de la historia, sino muchos. ¿Recordáis cuando un todavía desconocido Jordan Peterson se alzó contra el uso de los pronombres de género en la universidad? Tras su estela han venido muchos otros. Ahí está el nuevo heroísmo.


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Sigue siendo cierto lo que escribió Chesterton: «Toda época se salva gracias a un pequeño puñado de hombres que tienen el valor de ser inexactos». El héroe de hoy está más cerca del mártir, del cristiano que muere en circunstancias difíciles por su fe, dejando un legado incomprensible a los ojos humanos, pero incalculable a los ojos de Dios.


Los cristianos solemos ver este heroísmo como una consecuencia de la fe. Digamos que conocemos la persecución. Quizá por eso se hicieron famosas aquellas apasionadas palabras de León Bloy, siempre polémicas: «Cualquier cristiano que no sea un héroe es un cerdo».


Quienes quieran defender sus creencias, quienes se comprometan a salvaguardar la tradición, sean cristianos o no, deben asumir que la hostilidad que los rodea exige sacrificio: su heroísmo anónimo, por los demás, por las generaciones futuras, para preservar el legado que heredamos de quienes construyeron los cimientos morales de Occidente. En resumen, la advertencia de Russell Kirk sigue siendo válida: “Los hombres no pueden mejorar una sociedad prendiéndole fuego: deben buscar sus antiguas virtudes y devolverlas a la luz”.


Sobre el Autor

lunes, 7 de octubre de 2024

Esto es lo que hay

 He estado en el campo este verano y he tenido ocasión de ver urbanitas quejándose por todo. Porque naturalmente en el campo los gallos cantan a todas horas.

Porque huele a estiércol de vaca y los animales andan sueltos por la calle. Así que si eso les molesta, mejor quédense en el sofá viendo netflix, porque no se merecen disfrutar del regalo de la naturaleza.

Màs sobre Gaza: https://cesarvidal.com/la-voz/editorial/editorial-el-7-de-octubre-un-ano-despues-07-10-24

domingo, 6 de octubre de 2024

Whiskas, satisfayer y Taylor Swift

Miércoles por la mañana. Los españoles desayunamos escuchando análisis sobre el debate presidencial en Estados Unidos. Los tertulianos y corresponsales destacan un dato pop: la superestrellaTaylor Swift aprovechó los altos índices del combate diálectico para mostrar su apoyo a Kamala Harrisen Instagram. No lo hizo de cualquier manera, sino posando con uno de sus tres gatos. Parece una imagen inocente, pero no lo es tanto. Estaba reivindicando la figura de las "locas de los gatos", señoras sin niños sobre las que advierte J.D. Vance, aspirante de Trump a la vicepresidencia. Vuelve el choque entre el arquetipo de mujer emancipada y el del conservador que quiere devolver a las familias al centro de la vida nacional, con propuestas como reducir los impuestos según el tamaño del grupo familiar o incluso articular mecanismos para que los votos de quienes tienen hijos dependientes valgan más que los de los que no los tienen.
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En realidad, Taylor Swift es una chica tradicional, hasta el punto de que ha heredado el codiciado título "novia de América". Su piel blanca, melena rubia y expresión pizpireta la hacen perfecta para el papel, no digamos ya su afición a la música country y su novio campeón de la Super Bowl. El problema es que también responde a un estereotipo odiado por la parte conservadora del país: adicta al trabajo, sin niños a los 34 años y partidaria del aborto, a pesar de su condición de cristiana. El origen de la polémica es un antiguo comentario de J.D. Vance. Ocurrió durante una entrevista de 2021 con el presentador estrella de Fox News, Tucker Carlson: "Estados Unidos está siendo gobernado por demócratas, oligarcas corporativos y un grupo de mujeres amantes de los gatos sin hijos que son miserables con sus propias vidas y las decisiones que han tomado y por eso quieren hacer que el resto del país también sea miserable". No se cortó a la hora de dar nombres y apellidos de políticos demócratas: "Es un hecho básico: si nos fijamos en Kamala Harris, Pete Buttigieg, Alexandra Ocasio Cortez, todo el futuro de los demócratas está controlado por personas sin hijos. ¿Y qué sentido tiene que hayamos entregado nuestro país a dirigentes que en realidad no tienen un interés directo en él?", preguntaba.

Vance señala un cambio cultural sísmico que para muchos ha pasado desapercibido. En los años 50 la familia nuclear blanca era el centro del relato dominante: destacaba en los discursos presidenciales, en las ficciones de Hollywood y en las campañas publicitarias de coches, comida, limpieza. Poco a poco, a golpe de revolución contracultural, el protagonismo fue virando hacia las personas emancipadas, volcadas en consumir, experimentar y cultivar sus carreras laborales. Desde el cambio de siglo, lo que se glamuriza es el estilo de vida de los solteros urbanos, con sus intensas agendas de ligoteo y planes con amigos (Friends, Seinfield etcétera). Durante muchos años, la ficción emblemática fue Sexo en Nueva York, una serie que arrasó en todo el planeta y que ahora es bandera del sector profamilia, desde que su creadora (Candace Bushnell) declaró en 2021 que desearía haber tenido hijos porque ahora se sentía “verdaderamente sola”.

No estamos ante un debate particular de Estados Unidos, sino ante una batalla cultura global de la que España no se libra en absoluto. Podemos rastrear perfectamente el recorrido de cómo aterrizo en nuestro país. Todo comienza con una polémica portada viral de la revista The New Yorker, creada por Adrian Tomine en invierno de 2020, en la que aparece una mujer joven en su apartamento. Todo está desordenado, seguramente sucio, a excepción de lo que capta la cámara de su ordenador. Para quien la vea desde el otro lado de la videollamada, es una mujer glamurosa, arreglada, con una copa de cóctel en la mano. El influencer malagueño Nacho Raggio, padre del Mediterráneo Moral, retuiteó la imagen con la siguiente frase: “Whiskas, satisfayer y lexatín”. Aludía al tipo de solteras que encuentran emancipador renunciar a tener pareja e hijos, aunque luego su vida no fuese tan idílica como querían mostrar.
ContraviñetaContraviñetaJae Tanaka

Poco después, la escritora Esperanza Ruiz utilizó la frase de Raggio para un artículo que se hizo viral. Cortamos y pegamos un fragmento: “Como Andrea Levy, Flora enloquece bailando la versión que Ojete Calor ha hecho del Agapimú. Eso sí, ella baila sola. O más bien con su grupo de amigos gais y alguna amiga. Pasa de complicarse la vida con los tíos. Después de una relación traumática con su novio detodalavida -con el tiempo se dio cuenta de sus innumerables micromachismos-, y alguna que otra decepción, no se plantea nada. Solo escoge en Tinder. Flora ha conocido más hombres que la Tacones, pero se siente muy empoderada. Hasta tal punto que acaricia la idea de intimar con una mujer… De todas formas, cuando la cosa no está muy boyante siempre puede utilizar el artilugio rosa a pilas -que compró con descuentazo de Black Friday- después de una copa de Verdejo. Si eso no la ayuda a dormir, tirará de ansiolíticos. Mañana lo comentará con un coach que ha empezado a ver; están trabajando la resiliencia y la actitud disruptiva. A Flora le gusta mucho pensar out of the box”, retrataba Ruiz. La columna se convirtió en un libro del mismo título: Whiskas, satisfayer y lexatín (Monóculo, 2021), que ya ha alcanzado la cuarta edición.

No estamos ante una anécdota costumbrista, sino ante un debate político más central de lo que se piensa. Lo explicó Juan Manuel de Prada en una intervención en el programa de radio de Julia Otero, en 2021 también: "Los intereses de la plutocracia están muy claros, no hay más que leer a los autores fundadores del capitalismo. Si leemos la ley de bronce de los salarios de David Ricardo, deja muy claro lo que hay que hacer para debilitar a los obreros. En primer lugar, sacarlos de su casa, sacarlos de su tierra, y en segundo lugar impedir que tengan hijos. Ahí está Malthus con toda su obra dedicada a estas cuestiones. David Ricardo dice que ‘cuantos menos hijos tengan, sueldos más birriosos les vamos a poder pagar’.

En fin, es una cosa evidente: si nosotros cogemos el Informe Kissinger (1974), en donde habla de cómo hay que organizar el capitalismo, está muy claro que hay que conseguir que la gente no tenga hijos, que viva sola, que no esté arraigada, que no tenga vínculos, vamos a arrasar a toda esa gente y vamos a convertirlos en átomos solitarios, ensimismados en sus entretenimientos plebeyos...Vamos a enchufarlos a Netflix o a Internet, vamos a hacerlos vivir en cuchitriles de mierda y vamos a pagarles unos sueldos de pura supervivencia, que le den para la satisfacción de unos pequeños placeres. Yo creo que es un plan que está muy delineado desde el comienzo de la organización capitalista", denuncia. Según una encuesta reciente del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicada en verano de 2024, dentro de quince años los hogares con una sola persona supondrán un tercio del total en España, superando a los ocupados por parejas o familias.

Volvamos a las preguntas del comienzo de este texto. ¿Tanto pueden influir las swifties, muchas de ellas potencialmente ‘locas de los gatos’, en las siguientes elecciones? Las cifras que maneja la prensa no son tan impresionantes. La publicación de Taylor Swift en Instagram apoyando a Kamala llevó a que 337,826 usuarios visitaran el sitio Vote.gov, pero no se sabe cuántos de ellos se registrarán finalmente para votar. La organización Swifties for Kamala, que trabaja para movilizar a los seguidores de la cantante en favor del voto progresista, ha recaudado poco más 150.000 dólares para la campaña de Harris, algo que puede conseguir en un día cualquier celebridad nacional o empresa grande. En enero, una encuesta realizada para Newsweek reveló que el 18% de los votantes dicen que es "más probable" o "significativamente más probable" que voten por un candidato respaldado por Swift, pero también que otro 17% afirma que es “menos probable”. El respaldo a Swift tiene su tramo más fuerte entre los estadounidenses menores de 35 años, ya que alrededor del 30% de ese grupo dice que es “más probable” que voten por alguien a quien Swift apoya, según una encuesta de Morning Consult de 2023.

En realidad, los debates presidenciales no influyen demasiado en los urnas, ya que los suelen ver personas muy politizadas, con su elección ya hecha. Lo importante es el recorrido posterior de los conflictos sociales que ponen encima de la mesa, como acabamos de comprobar esta semana.

 https://www.larazon.es/cultura/whiskas-satisfayer-taylor-swift_2024091566e63297b3741e0001e61840.html

Record de parados extranjeros con subsidio, por Francisco Núñez

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