El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.

sábado, 29 de agosto de 2020

Nido vacío

El domingo se va mi hija mayor a Alemania y el miércoles la pequeña a Francia. A veces pienso si he hecho bien dejándolas ser tan independientes o es que sólamente prefieren estar lejos de nosotros. La verdad es que por una parte me siento orgullosa de que les vaya tan bien y por otra parte se me ocurre que tal vez debería haber mantenido más unida la familia, porque al final vamos a acabar cada uno en un extremo y no nos vamos a ver casi.

Las voy a echar mucho de menos porque hay cosas que una madre sólo puede hacer con sus hijas, pero al menos me queda el chico de momento. Cuando consiga trabajo es probable que se vaya a vivir con su novia, al menos será en España. Supongo que es ley de vida que los hijos se vayan pero tampoco hace falta que se vayan tan lejos. Aunque también es verdad que a mis hermanos los tengo cerca y tampoco los veo nunca.

martes, 25 de agosto de 2020

Atenazados por el miedo. Juan Manuel de Prada

 Como veo que no os convence mi post, he copiado un artículo de Juan Manuel de Prada que seguro que os gusta más.

La reclusión domiciliaria a la que se nos obligó ha demostrado ser una medida por completo inepta (amén de muy tardía) que se ha saldado con más de cuarenta mil muertos. Pero sobre todo ha demostrado ser una medida pintiparada para la destrucción de la riqueza nacional. En este rincón de papel y tinta ya tuvimos ocasión de expresar nuestro desacuerdo, planteando la única solución cuerda que nos hubiese salvado de la catástrofe: proteger a nuestros ancianos y, en general, a la población más vulnerable, desde muchas semanas antes, dedicando a ellos todos los recursos sanitarios; y mantener la actividad económica en la medida de lo posible (recuperando, además, industrias que han sido entregadas a la plutocracia por sucesivos gobiernos o bandas de ladrones), de tal modo que la población sana, a la vez que conservaba sus puestos de trabajo, se inmunizase. Esta solución, además de mitigar la destrucción suicida de la riqueza nacional, habría generado una auténtica cohesión social, que no se logra asfixiando a la gente a impuestos, sino poniéndola a trabajar codo con codo en el salvamento de la comunidad. La solidaridad con el auxiliar sanitario o con la cajera de supermercado no se demuestra con homenajes fofos y sentimentaloides, sino participando de su destino.

Los españoles no hemos salido ‘más unidos’ de aquella reclusión domiciliaria por la sencilla razón de que entramos en ella ‘más separados’ que nunca, obligando a unos pocos a afrontar riesgos y asumir responsabilidades que nos atañían a todos. La preservación de los puestos de trabajo y el mantenimiento de los niveles de producción eran obligaciones comunitarias que los españoles declinamos entonces, en un lamentable ejercicio de cobardía colectiva. Como lo era también poner todos los recursos sanitarios a disposición de las personas más vulnerables, a las que por el contrario dejamos morir como perros en esos modernos morideros llamados ‘residencias’, o en hospitales que carecían de respiradores mecánicos (por culpa del desmantelamiento de nuestra industria, perpetrado por sucesivas bandas de ladrones).
Sorprendentemente, tras una experiencia tan calamitosa, ante los rebrotes de la enfermedad vuelven a adoptarse medidas desquiciadas, que por el momento ponen especial énfasis en la imposición de la mascarilla a todo quisque. Pero lo cierto es que, aun suponiendo que la mascarilla dificulte el contagio, pretender que así se frenarán los rebrotes es puro pensamiento mágico. Son muchas las actividades que al cabo del día se desarrollan sin mascarilla, sobre todo en el ámbito doméstico; además, la saliva no es el único medio (mucho menos el único humor corporal) a través del cual se contagia el virus; y, en fin, los rebrotes de la enfermedad sólo se manifiestan después de un largo período de incubación larvada. Cuando se anuncia un rebrote coronavírico, lo que en realidad se está constatando es su floración imparable. El uso de la mascarilla puede, en el mejor de los casos, ralentizar esa floración, a la vez que acelera la propagación de la histeria, lo que a la postre se traducirá en males mucho mayores, no exclusivamente materiales.

En un célebre relato de Edgar Allan Poe, La máscara de la muerte roja, un grupo de nobles egoístas se atrinchera en un castillo, pensando que así sorteará el beso de la plaga que afuera diezma a la población. A la postre, la plaga acaba extendiéndose también entre los atrincherados, con quienes se emplea con mayor ensañamiento. Y eso mismo hará el coronavirus con quienes tratamos grotescamente de mantenernos incontaminados. Desaprovechar estos meses veraniegos en los que, según todos los indicios, el virus se ha debilitado es una decisión suicida; pues lo que ahora deberíamos estar haciendo es proteger a la población vulnerable –a la espera de fármacos eficaces– y favorecer el contagio entre la población sana, que de este modo fortalecería sus organismos, para afrontar con expectativas menos lúgubres el invierno, cuando el coronavirus venga cogidito de la mano y en cóctel rabioso con la gripe y otras enfermedades estragadoras.
Pero detrás de estos empeños grotescos se halla la entronización de la salud como valor absoluto, propio de las sociedades enfermas de ensimismamiento, tan debilitadas moralmente que rehúyen todo sacrificio vital. Sociedades que prefieren asistir al derrumbe colectivo atrincheradas detrás de una puerta o de un bozal, antes que arrimar el hombro en una labor de salvamento comunitario. Sociedades atenazadas por el miedo, con las que los tiranos de turno pueden hacer albóndigas, después del reparto de limosnas y subsidios. Sociedades que, para más inri, acaban igualmente engullidas por el virus que desesperadamente tratan de esquivar.
 https://www.xlsemanal.com/firmas/20200810/atenazados-por-el-miedo-juan-manuel-de-prada.html

lunes, 24 de agosto de 2020

Inmunidad natural

Supongamos que de cada cien personas que conducen un coche, a noventa y cinco no les pasa nada, cuatro sufren un accidente y una muere. ¿Prohibiríamos los coches?. Y además el que muere resulta que ya estaba enfermo y los que conducen ya no van a tener accidentes nunca más porque son inmunes. Pues eso viene a ser lo que pasa ahora con el Covid 19. Por eso, cuando dicen que hay rebrotes, yo me alegro, porque son personas que se están inmunizando. Lo importante es que haya pocos ingresos y que no sean graves. Aún así yo llevo siempre mascarilla.

La inmunidad natural es el método que tiene la naturaleza para librarnos de las enfermedades, desde antes de que existieran las vacunas. Y teniendo en cuenta que yo ya no me fío nada de lo que llevan las vacunas modernas, creo que es más aconsejable y mucho más barato. Tal vez por eso a algunos no les interesa que nos inmunicemos. El negocio es el negocio. No es que no me importen los enfermos, es que el total compensa y ahora hay buenos tratamientos.  La naturaleza es así.

jueves, 20 de agosto de 2020

Volver a la rutina

Cuando acaban las vacaciones siempre me apetece volver a lo de siempre. Aunque lo habitual sólo consista en levantarme, ir cada día al supermercado, tomarme un café y volver a casa con algunas cosas. Un día a la semana hago una compra grande para que me la traigan a casa. Hago la comida, duermo la siesta y cuando me levanto miro los blogs. Más tarde, al volver mi marido del trabajo solemos ir a dar un paseo o a hacer recados.

A continuación, volvemos a casa, vemos algo de televisión y cenamos temprano. Después de la cena, vemos alguna serie y nos acostamos bastante pronto porque luego siempre madrugamos. Cada tres semanas voy a la psicóloga y una vez al mes al osteópata. Los fines de semana los pasamos en el pueblo y solemos llevarnos al gato, que lo pasa muy bien allí. No necesitamos más. Espero que este otoño tengamos la posibilidad de seguir con esta rutina.

sábado, 15 de agosto de 2020

En Asturias

He estado tres días de viaje. Estuve en Gijón, Oviedo y la costa cercana. Nos ha hecho bastante bueno, aunque no pasaba de veintidós grados. Caminamos por los paseos marítimos y las calles peatonales. Había gente pero creo que no tanto como otros años. Todo el mundo iba con mascarillas y nos sentamos en varias terrazas. También tuvimos la suerte de asistir a un concierto. No bajamos a la playa porque tampoco hacía tanto calor..

El hotel era agradable y el trato muy amable, pero por la noche había bastante ruido. La cama crujía y las tuberías sonaban cuando alguien se duchaba, cosa que hacía alguien todos los días a las doce de la noche. Así que dormimos bastante mal, pero sólo fueron dos noches. La comida es muy buena en Asturias, pero tomamos cosas sencillas. A la vuelta paramos en León. Tampoco había mucho tráfico en la carretera, de manera que se nos hizo corto el viaje. Un tiempo bien aprovechado.

sábado, 8 de agosto de 2020

Que suene la música. La película

Venid al cine porque no os podéis perder esta película tan bonita. La vi anoche y me ha encantado. Tiene una buena historia, muchos personajes ineresantes y una música estupenda. Es de esas películas que te dejan con un buen sabor de boca a pesar de que tiene parte de drama, y está basada en hechos reales. Como de costumbre en el cine sólo estábamos seis personas y es un verdadero desperdicio. Creo que hay menos peligro allí que en cualquier cafetería. No seáis marineros de agua dulce y animaros a pasar un buen rato.

Con esto de la pandemia nos estamos perdiendo buenas películas que luego serán difíciles de localizar y es una lástima. Después de todo la mayoría de los contagios son asintomáticos. Ya sabéis que yo soy coronaexcéptica, así que eso no me va a parar. Pero me temo que a mi hija mayor y su novio no les dejan venir desde Alemania porque tendrían que hacer cuarentena. Todavía está pensando si puede venir. Pero si lo deja para más tarde puede que ya no venga este año. Lo que os digo, animaros ahora y no os perdáis esta película.

martes, 4 de agosto de 2020

La infancia

Recuerdo que cuando empecé a escribir mi primer blog estaba muy segura de mí misma y muy satisfecha sobre la infancia de mis hijos. Resulta que, aunque estaban siempre medio malos porque son alérgicos, se quedaban en casa los tres juntos y lo pasaban estupendamente. Más que hermanos, eran los mejores amigos. Cada día se ponían de acuerdo sobre lo que iban a hacer y pasaban las horas entretenidos sin darme el menor problema. Daba gusto lo bien que se llevaban. Era algo que me importaba mucho tras las malas experiencias de mi infancia.

Cuando llegó la adolescencia cambiaron sus intereses. A las niñas les dió por estudiar como jabatas, mientras que el chico se daba a la buena vida. Así que ya no tenían mucho en común y no se relacionaban tanto. Ahora las chicas son las que tienen una buena vida por lo mucho que han estudiado, mientras que mi hijo va tirando. Así son las cosas. Pero al menos nadie les podrá quitar sus buenos recuerdos y es algo que espero que transmitan a sus hijos.

La guerra de Ucrania no es la única

 El pasado 24 de febrero todas las miradas se centraron en la invasión rusa de Ucrania y el inicio de la guerra en ese país y sus trágicas...