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historia de mi vida 9
Diario conservador de la actualidad
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lunes, 20 de julio de 2026
Fascistas, por Juan Manuel de Prada
Hasta ahora todas las filiaciones y calificaciones políticas se hacían desde el discernimiento del propio interesado y se conjugaban en primera persona. Se aseveraba con orgullo o resignación: «Yo soy conservador», o socialista, o liberal, o comunista, o lo que fuera… Pero desde hace algún tiempo ha surgido una calificación nueva que no se conjuga en primera persona, sino en segunda o tercera. «Fulanito es un fascista», se dice; o bien, imprecatoriamente: «¡Eres un fascista!». Ya no se trata de una declaración que hace el interesado, sino una suerte de diagnóstico que nos llega desde fuera, como si nos dijeran: «Fulanito tiene cáncer» o «Usted es diabético». Uno estaba en Babia, desprevenido, y entonces llega alguien que, sin analizarnos la sangre ni hacernos una biopsia, sin tomarnos la temperatura ni olernos siquiera el aliento, dictamina infaliblemente que somos fascistas, sin comerlo ni beberlo.
El fascismo es la primera idea política que se asigna como un cargo honorífico, sin intervención del candidato, que no tiene que postularse ni hacer méritos para la atribución. Además, como el fascismo no es un partido político, ni una organización civil, ni nada concreto y reconocible, no hay por dónde agarrarlo, ni por dónde trazar la línea divisoria y hamletiana entre el ‘ser o no ser’. Uno piensa que el fascismo se asocia, pongamos por caso, con la exaltación del Estado y entonces se convierte en un apóstol del municipalismo y el principio de subsidiariedad; o bien, tras descubrir que el fascismo se caracteriza por la glorificación del militarismo, se vuelve acérrimo detractor de la OTAN. Pero da lo mismo; porque, aunque uno se mueva de sitio, el diagnóstico de fascista nos persigue doquiera vayamos, como la nubecita borrascosa y relampagueante perseguía a cierto personaje del tebeo, apareciendo siempre sobre su cabeza. Además, como no hay unas listas –ni cerradas ni abiertas– donde figure el elenco de los fascistas, ni un boletín de inscripción, nadie sabe si figura entre los numerarios de esta adscripción política. No hay que pagar cuota, no hay que afiliarse ni suscribirse a ninguna publicación, como hacen los conservadores o los progresistas, los socialistas o los liberales. Ni siquiera puede uno apuntarse a una manifestación o acto de protesta; tampoco a un ciclo de conferencias o un festival lírico. No hay modo de saber si uno es fascista o no; todo depende de lo que un señor de Cuenca al que no conocemos de nada o la vecinita drogata que pone la música a toda pastilla piensen de nosotros.
Decía Pemán que lo más parecido que había a esto del ‘fascismo’ era el nombramiento de ‘hijo adoptivo’. Estamos durmiendo tranquilamente la siesta en casa, sin tener ni siquiera conocimiento de la existencia de Villaconejos de Arriba; y, de repente, nos llaman de su Ayuntamiento para comunicarnos que acaban de designarnos hijo adoptivo por cualquier razón peregrina. Claro que, al menos, en estos nombramientos de ‘hijo adoptivo’ nos endosan un diploma o una plaquita que nos permite demostrar que el nombramiento es verídico y no fantástico. Pero quienes nos diagnostican de fascista no nos regalan ningún diploma o plaquita, ni siquiera nos expiden un modesto recibito donde conste nuestra adscripción. Además, el título de fascista no nos lo adjudica quien desea condecorarnos, a diferencia del título de hijo adoptivo, sino más bien quien desea infamarnos: es como si hijo adoptivo de Villaconejos de Arriba no nos nombrasen los oriundos de esta villa, sino cualquier mendrugo de Villaconejos de Abajo que odia a sus vecinos y los considera a todos unos hijos de la grandísima puta; y, no contento con ello, cuelga el sambenito de la filiación adoptiva de Villaconejos de Arriba a todo señor o señora que le cae un poco gordo, aunque sean por completo ajenos al pleito entre villaconejenses.
Uno puede profesar todos los mitos del catecismo demócrata, del sufragio universal a la separación de poderes, pero de repente alguien lo señala como fascista; y entonces todos los demócratas de su pandilla, que antes nos jaleaban, nos hacen el vacío, como si fuéramos un leproso, temerosos del contagio. De este modo, descubrimos que la democracia es como un juego de cartas en el cual uno de los jugadores se levanta y deja el juego a medias cuando le apetece. Y el que se queda solo con las cartas en la mano, como no puede seguir jugando a la democracia, resulta que es un ‘fascista’. Porque los demócratas conciben la democracia como un carrito de los helados que lo empujan a su gusto y se lo llevan a otra parte… donde no tiene cabida un fascista como tú o como él. Así uno pasa de demócrata a fascista como quien se queda compuesto y sin novia. ¡Qué fatiga!
https://noticiasholisticas.com.ar/fascistas-por-juan-manuel-de-prada/
domingo, 19 de julio de 2026
Atención
Hoy los distintos noticiarios de la TV en España, como @A3Noticias, han cargado contra el anuncio de Trump de derogar el “Endangerment Finding” (Dictamen de Peligro) de Obama del 2009, que era base legal para definir el CO2 como "contaminante".
Solo en EEUU, esta derogación supondrá un ahorro de 1,3 billones de dólares en impuestos, tasas y subvenciones que se cargaban o concedían en relación con las emisiones de CO2.
Por supuesto, ninguna televisión se ha preguntado si esa gigantesca carga impositiva durante años ha tenido algún efecto en la temperatura del planeta.
Porque no ha tenido ninguno.
Solo ha impedido el crecimiento económico, ha provocado el aumento de los costos de la energía y ha destruido miles de empleos en centrales eléctricas, minas de carbón e instalaciones manufactureras, como ha dicho @GWrightstone, Director Ejecutivo de la @CO2Coalition:
“La derogación del Dictamen de Peligro de la Agencia de Protección Ambiental (EPA) por parte del administrador Lee Zeldin es motivo de celebración. Esta errónea regulación climática priorizaba la ideología sobre la ciencia. Esta norma ha impedido el crecimiento económico, ha provocado el aumento de los costos de la energía y ha destruido miles de empleos en centrales eléctricas, minas de carbón e instalaciones manufactureras.”
“Desde la promulgación en 2009 del Dictamen de Peligro, su fundamento científico ha resultado ser aún más débil de lo que se creía anteriormente y contradicho por datos empíricos, estudios revisados por pares e investigaciones. Basándose en modelos informáticos falsos y pseudociencia, la EPA de Obama afirmó erróneamente que el dióxido de carbono y otros llamados gases de efecto invernadero amenazaban con sobrecalentar la Tierra. La agencia ignoró las complejidades de la dinámica climática, desde los ciclos solares hasta las nubes y las corrientes oceánicas. También ignoró una montaña de datos reales acumulados durante décadas y siglos que refutan la conclusión de que el dióxido de carbono, alimento para las plantas, es un contaminante.”
“En lugar de una Tierra sumida en una crisis climática provocada por el hombre, los hechos revelan que los ecosistemas están prosperando y la humanidad se beneficia de un calentamiento moderado y un mayor CO2. Los bosques se expanden, los desiertos se reducen, la productividad agrícola aumenta y la sequía disminuye. En resumen, no existe una crisis climática y el dióxido de carbono es un gas beneficioso necesario para la vida.”
sábado, 18 de julio de 2026
La inmigración de baja cualificación es insostenible, por Nuria Richard y Domingo Serrano
Frente al discurso oficial que presenta la llegada de mano de obra no cualificada como una solución para el sistema de pensiones y las cuentas públicas, la realidad de los datos proyecta un escenario de tensión fiscal sin precedentes. La estructura presupuestaria y tributaria de las naciones europeas, inmersas en un proceso de desindustrialización, ya no demanda de forma masiva trabajadores de baja cualificación. En esta situación, la pregunta es: ¿deberíamos seguir atrayendo inmigrantes? ¿Tiene algún sentido económico? García Domínguez lo tiene muy claro: "¿Necesita la economía española inmigrantes o no? Mi respuesta es no. Una economía que no tiene industria es una economía que no necesita mano de obra no cualificada de forma masiva. ¿Quién contrata los inmigrantes? El sector premoderno de la economía. En esa gran coalición está la izquierda, la Iglesia Católica y la tercera pata es el empresariado más ineficiente que tenemos en España... el core de su negocio son los salarios bajos".
Pero nos dicen que los recién llegados son necesarios para pagar las pensiones. Aquí también su diagnóstico es muy diferente al discurso oficial: "Sus salarios son tan bajos que sus retenciones fiscales no cubren ni de lejos el coste fiscal que suponen para el Estado. Eso es insostenible en términos tributarios a corto y a largo plazo. No es que tensionen el Estado del bienestar, es que acaban con él. Nos dicen que los trabajadores pobres financian a Ana Patricia Botín en el estado del bienestar, es una cosa tan idiota, tan absurda... un insulto a la inteligencia tan obsceno".
Es evidente que es muy complicado creer que, en un sistema de carácter redistributivo, donde los servicios públicos se financian mediante una escala de ingresos, la incorporación de grandes contingentes de población a los deciles más bajos de renta va a sostener el saldo presupuestario. En realidad, estas personas, que reciben salarios que apenas cubren el coste de los servicios educativos, sanitarios y sociales que consumen, se convierten en su mayoría en receptores netos de ayudas y servicios públicos. Esta situación, lejos de salvar el estado del bienestar, acelera su deterioro al degradar la calidad de los servicios públicos, y puede terminar expulsando a las clases medias hacia los servicios privados (pagan doble: impuestos y cuota del proveedor del servicio).
Salarios y vivienda
Por otro lado, un análisis de la oferta y la demanda de trabajo revela que la entrada constante de mano de obra dispuesta a aceptar remuneraciones mínimas ejerce una presión a la baja sobre los salarios de los sectores de menor cualificación. Este fenómeno se observa con claridad en regiones con alta dependencia del sector servicios y el turismo, donde el aumento de la actividad no se traduce en una mayor riqueza per cápita para el ciudadano local, sino en un empobrecimiento relativo y un estancamiento salarial crónico. Por eso, García Domínguez rompe con otro tópico: "España no necesita crear empleo, España crea demasiado empleo. Lo que hay que hacer es destruir empleo de mala calidad. ¿Qué sentido tiene que crees en un chiringuito de playa un empleo para un inmigrante de Bangladesh que va a cobrar el salario mínimo?". Y lanza una advertencia: está claro que PSOE y PP no parecen muy cómodos con un discurso anti-inmigratorio. Pero las propuestas de VOX, en su opinión, tampoco detendrían el fenómeno: "Lo que propone Vox en su programa económico es aumentar el número de inmigrantes que llegan a España. Propone la reducción del coste del despido y suprimir el salario mínimo: eso va a ser un catalizador para que siga acelerándose la reducción de los salarios".
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A esta realidad se suma el impacto en el mercado de la vivienda. La llegada anual de cientos de miles de personas genera una demanda que la oferta constructiva nacional es incapaz de absorber, disparando los precios de los alquileres y la compra de inmuebles. El resultado para el trabajador es un doble castigo: percibe ingresos más reducidos debido a la competencia laboral y debe destinar una parte mayor de su renta a sufragar la vivienda.
Por último, queda el problema de la integración. Tampoco parece que por ahí la situación sea la que nos cuenta el discurso oficial: "No estamos creando sociedades multiculturales en España, estamos creando comunidades guetificadas. Barcelona es una ciudad de guetos. El sincretismo cultural es muy complicado. En el mundo real del inmigrante pobre no se produce el fenómeno de la integración".
https://www.libertaddigital.com/libremercado/2026-02-14/la-inmigracion-de-baja-cualificacion-es-insostenible-acaba-con-el-estado-del-bienestar-7359416/
viernes, 17 de julio de 2026
Las derechas tienen que unirse, por José Javier Esparza
El veredicto después de las elecciones de Aragón, en todo lo que no es izquierda, es unánime: «las derechas tienen que unirse para echar a Sánchez». Lo mismo se dijo después de las elecciones de Extremadura y lo mismo se dirá, previsiblemente, después de las de Castilla y León. Esas derechas son dos: el PP y VOX.
El PP es —o, al menos, ha sido— partidario de las regularizaciones masivas de inmigrantes ilegales, no ha considerado problemática la exhibición pública de símbolos islámicos, ha secundado todas las políticas europeas de desmantelamiento agrario, se ha mostrado favorable a la implantación por todas partes de energías «renovables», frecuentemente ha colaborado con entusiasmo en la desespañolización de las regiones con lenguas locales, ha terminado aceptando la ideología abortista de la izquierda y ha asumido el lenguaje “de género». La otra derecha, VOX, se opone a las regularizaciones de ilegales, quiere limitar el uso de prendas islámicas en las escuelas, critica las políticas agrarias de Bruselas, opta por la energía nuclear y descree de las «renovables», quiere invertir la desespañolización de regiones enteras del país, defiende el derecho a la vida frente al aborto y reprueba la ideología de género. O sea, exactamente todo lo contrario que el PP.
Es prodigioso que el mismo término «derecha» quepa para definir dos posiciones rigurosamente antitéticas. En el plano de la política real, la verdad es que la derecha-PP está más cerca de la izquierda que de la derecha-VOX. Esto no pasa sólo en España. Miremos a Portugal: allí la derecha liberal-conservadora convencional (su PP) ha apoyado en las presidenciales al candidato socialista (su PSOE) frente al candidato de la derecha nacional (su VOX). En ese sentido, lo de «echar a Sánchez» no deja de ser un argumento emocional de escaso recorrido: de poco serviría echar a la izquierda para que la sustituya una derecha que haría políticas semejantes.
En realidad, en España sólo hay un elemento diferencial que acerca a las dos derechas: la naturaleza de nuestra izquierda. La izquierda española es la única de Europa que aspira abiertamente a deshilachar el tejido nacional, hasta el punto de que ahora, puestos a buscar un relevo para salvarse del naufragio, acaricia la idea de convertir en líder a un separatista catalán. O sea que, en realidad, lo único que acerca a nuestras dos derechas es la cuestión nacional: ambas, al menos en términos generales, coinciden en desear que España siga existiendo como Estado-nación. Bien, no es poca cosa y a partir de aquí, tal vez, sería posible empezar a construir una plataforma de acción común.
Eso, es verdad, obligaría al PP a reconsiderar muchos de sus postulados y reformularlos ahora en términos de «interés nacional», y a VOX, tal vez, le forzaría a aceptar que su programa de renacionalización ha de hacerse más despacio y encajando determinadas servidumbres externas, un poco al estilo Meloni. Uno y otro tendrían que ir pensando, por otra parte, que ya no es posible seguir atados al esquema del 78, es decir, al terreno de juego marcado en torno a la Constitución, que es el que nos ha traído hasta aquí. En otros términos: si la Constitución no ha sido capaz de salvar a la nación, habrá que intentar que la nación salve a la Constitución, y eso implica reformar el texto para rectificar la desconstrucción hoy vigente. Sería un auténtico reinicio de la democracia española, de la nación española.
Aún hay quien recibe estas propuestas con aspavientos (sobre todo en el PP), pero no es otra cosa lo que se propone Sanae Takaichi en el Japón, reforma constitucional incluida. La reconstrucción del proyecto nacional es también lo que, en Francia, mueve a gente como Zemmour, Marion Marechal, De Villiers o Ciotti, que no apoyarían un proyecto personalista de Marine Le Pen, pero sí la secundarían para una union des droites subordinada a una renacionalización del país. El nuevo paisaje mundial se está formulando en términos de retorno al interés nacional. Incluso un prototípico niño-probeta del globalismo como el canadiense Mark Carney lo ha entendido. Y con esta perspectiva, tal vez, tenga más sentido eso de «unir a las derechas». Más allá, mucho más allá de «echar a Sánchez» (que, en efecto, hay que echarle).
https://gaceta.es/opinion/las-derechas-tienen-que-unirse-para-20260210-0020/
jueves, 16 de julio de 2026
Veinte años
Es el tiempo que llevo escribiendo en Internet. Al principio era algo compulsivo. Se me acumulaban los borradores. Con el tiempo bajó mi nivel de inspiración.
De todo ello me quedan quince libros autopublicados y estas líneas que ofrezco cada semana. El resto se lo dejo a periodistas consagrados. Mi tiempo ya pasó.
https://www.bubok.es/buscar/Acontracorriente-?s=Acontracorriente-
miércoles, 15 de julio de 2026
La demolición de la industria automovilística europea a favor de China, por Jorge Soley Climent
Las ondas sísmicas provocadas por Trump han llegado incluso hasta los Alpes suizos, más en concreto hasta Davos. El Foro Económico Mundial que se celebra anualmente allí ha pasado de ser un evento tópico, monótono y previsible a resultar incluso divertido e interesante. No sé si servirá para mucho, pero al menos nos deja unas cuantas intervenciones de esas que se hacen virales.
Una de ellas fue la del secretario de Comercio de los Estados Unidos, Howard Lutnick, que entre otras cosas se preguntaba: «¿Por qué Europa aceptaría cero emisiones netas en 2030 si no producen baterías? Así que si aceptan ese objetivo para 2030 están decidiendo someterse a China, que es quien las produce. ¿Quién querría hacer algo así?». Un planteamiento que hasta el más zote puede entender y una pregunta final sin respuesta para Lutnick, que se ve que conoce poco a los políticos que nos gobiernan.
«China es puntera en la fabricación de baterías. Y Europa tiene una capacidad más bien pobre de producción de baterías»
La cuestión no sólo es grave, sino que ha dejado de ser una previsión para ser ya una realidad.
Hubo un tiempo en que la industria automovilística europea fue un puntal de nuestra economía, un sector que generaba numerosos empleos y exportaba a todo el mundo, un sector en el que éramos competitivos y que resultaba clave para nuestra prosperidad. Y entonces ciertos dirigentes decidieron que había que acabar con ese sector y que éste se debía inmolar en el altar del catastrofismo climático. Los coches que usan combustibles fósiles se convirtieron de repente en los villanos de la película, unos malvados a erradicar para dejar espacio a los bondadosos vehículos eléctricos.
Pequeño detalle: los coches eléctricos funcionan con baterías. Y China es puntera en producción de baterías. Y Europa tiene una capacidad más bien pobre de producción de baterías. En tecnología de coches de combustión las compañías chinas lo intentaron en el pasado, pero nunca pudieron alcanzar los niveles de la industria automovilística europea. Pero en coches eléctricos es otro cantar.
«En 15 años hemos renunciado a nuestra posición de dominio en el sector para quedar subordinados a la industria china»
Los coches eléctricos chinos no sólo tienen una calidad en muchas ocasiones superior a la de los vehículos eléctricos producidos en Europa, sino que su precio es alrededor de un tercio del de los europeos. De hecho, ya no es que los chinos inunden nuestros mercados con sus coches eléctricos, sino que cada vez más los coches eléctricos «europeos» se fabrican en China.
Los Smart, lanzados originalmente en los años 90 por Mercedes-Benz para entrar en el segmento de los microcoches, son ahora producidos por una empresa conjunta germano-china que fabrica vehículos eléctricos en Xi’an. Incluso el Mini Cooper eléctrico, descendiente directo de lo que fue uno de los grandes iconos automovilísticos británicos, se fabrica ahora en Zhangjiagang. Volvo pertenece a Zhejiang Geely Holding Group y Stellantis, el conglomerado automovilístico que agrupa a 14 marcas (incluyendo Peugeot, Citroën, DS, Opel, Vauxhall, Fiat, Abarth, Alfa Romeo, Lancia, Maserati, Jeep, Chrysler, Dodge y Ram) se ha rendido también y comercializa en todo el mundo los coches eléctricos Leapmotor, fabricados en China.
Lo que queda de la industria automovilística europea depende, además, para su supervivencia de las cadenas de suministro chinas. En 15 años hemos renunciado a nuestra posición de dominio en el sector para quedar subordinados a la industria china, la única hoy en día con capacidad para ofrecer a precio asequible los coches eléctricos que la normativa europea ha decidido que serán la única opción.
«Las regulaciones ‘emisiones cero’ de la Unión Europea han causado la muerte de una industria en la que éramos líderes»
Esto, resulta obvio, no se ha producido de forma espontánea, sino que las regulaciones europeas han sido determinantes a la hora de empujar a los europeos a decidirse por vehículos eléctricos… que sólo las empresas chinas pueden vender a buenos precios. Empresas, por cierto, que en muchos casos son propiedad del mismo Estado chino y que han experimentado un crecimiento explosivo estos últimos años, mientras las empresas europeas de automoción languidecían (y mientras los políticos europeos daban rimbombantes discursos sobre el futuro de color de rosa que íbamos a vivir gracias a la transición energética). Una jugada maestra, sin duda.
Empiezan, no obstante, a levantarse voces que advierten de que China nos está barriendo del mercado, con las tremendas consecuencias que esto supone. Recientemente, el antiguo director general de Renault, Luca de Meo, abogó por crear un consorcio al estilo de Airbus para la cooperación paneuropea en materia de coches eléctricos asequibles. Sin embargo, no explicó cómo nos liberaremos del condicionante de la cadena de suministro altamente subvencionada y completamente integrada de China.
Europa no tiene acceso a las materias primas necesarias ni tiene una industria avanzada para procesarlas y producir baterías de forma masiva y asequible. Lo que sí podemos afirmar es que las regulaciones «emisiones cero» de la Unión Europea han causado la muerte de una industria en la que éramos líderes para lanzarnos a un escenario en el que quedamos empobrecidos y totalmente dependientes de China. Lutnick, al menos en este punto, tiene razón.
«Eutanasiar tu industria automovilística para entregarse a la industria china, derruir tus centrales nucleares para arruinar a tu industria […]. Podríamos seguir con más ejemplos de decisiones políticas suicidas»
No estamos ante un caso excepcional. Hace pocos días, el canciller alemán Friedrich Merz, reconocía en público que acabar con las nucleares en Alemania fue «un error estratégico». Y añadió: «Si se hace, al menos se debería haber dejado en funcionamiento las últimas centrales nucleares que quedaban en Alemania hace tres años, para tener al menos la capacidad de generación de electricidad que teníamos en ese momento». O sea, que la gran apuesta energética de Alemania desde hace 15 años, respaldada tanto por los democristianos como por los socialdemócratas, fue un grave error que ha afectado negativamente a su industria, la ha empobrecido y la ha hecho más débil y dependiente.
Eutanasiar tu industria automovilística para entregarse a la industria china, derruir tus centrales nucleares para arruinar a tu industria y ser más dependientes de otros países… podríamos seguir con muchos más ejemplos de decisiones políticas suicidas. En España, por cierto, cuando los alemanes van de regreso, nosotros insistimos en ese gran error. La pregunta de Lutnick tiene sentido: ¿Quién querría hacer algo así?
«Serán sus compatriotas, especialmente lo de extracción más humilde, quienes sufrirán en sus carnes el impacto de este programado suicidio económico»
Un demente, claro, pero me temo que es peor. ¿Alguien tan intoxicado de ideología que está dispuesto a llevarnos a la ruina porque cree que de este modo está en el «lado correcto de la historia»? Quizás. Alguien, en cualquier caso, que no sufre las consecuencias de esas medidas. Al contrario, será recompensado con un puesto muy bien remunerado en cualquier empresa pública u organismo nacional o internacional mientras que serán sus compatriotas, especialmente los de extracción más humilde, quienes sufrirán en sus carnes el impacto de este programado suicidio económico.
Dicen los expertos que las sanciones internacionales nunca han funcionado porque su impacto se traslada al pueblo mientras que las élites en el poder siguen viviendo como si no pasara nada. No tienen pues incentivo alguno para cambiar su modo de proceder. Lo mismo sucede aquí: en nuestra Europa los dirigentes están tan alejados de sus compatriotas, viven en un mundo tan aparte, que destruir alegremente la prosperidad de sus naciones no les produce el más mínimo remordimiento… mientras su prosperidad particular va viento en popa. La evaporación de la comunidad y de su bien común es la tragedia que explica tanto de lo que nos ocurre, tanto en Madrid como en Bruselas.
Descargar el documento
https://fundaciondisenso.org/la-demolicion-de-la-industria-automovilistica-europea-a-favor-de-china-un-caso-no-aislado/
martes, 14 de julio de 2026
Cuando dormimos
Sè que mi marido y yo nos queremos porque, cuando estamos dormidos nos buscamos a tientas. Un simple roce, un pie de uno junto al pie del otro.
Si estando inconscientes nos recordamos y nos necesitamos, significa que es mucho màs que una situación buscada o un accidente. Es comunión de las almas.
https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-07-19/patriotismo-camiseta-articulo-arrunada/