Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Repensar la maternidad, por Mónica España

 Hace dos días estuve conversando con dos amigos sobre toros, persona y aborto –lo sé, temas ligeritos para pasar la tarde–. Durante toda la discusión me limité a preguntarles genuinamente qué entendían que era la persona, es decir, qué hace que alguien sea persona o no, pues pensaba que, al referirse a los toros como personas, tendrían un pensamiento afín al de Peter Singer (que es un autor cuya confrontación me encanta). Sin embargo, no obtuve más que un “no lo sé y no tengo por qué saberlo”.

Este “no lo sé y honestamente no tengo por qué saberlo” me ha hecho reflexionar sobre la cultura de la vida y del descarte. Para la mayoría de personas a favor del aborto, preguntarse sobre la dignidad humana del no nacido –es decir, si es una persona o no– carece de valor porque es una cuestión de los derechos de la mujer a elegir. En otras palabras, no importa si estamos matando a una persona humana, porque lo importante aquí es que la mujer decida dar a luz o no al bebé. Para ellos, el aborto –aunque conlleve matar a un inocente indefenso– es el mal menor frente al mal mayor, que es la maternidad. Parece preferible permitir que un “médico” aspire, desgarre o provoque un paro cardíaco (o inanición en el caso del aborto químico) con el consentimiento de la madre, que permitir que una madre dé a luz al hijo que crece en su interior.

La mayoría de mujeres, como el resto de la humanidad, no necesitamos tanto que nos quiten el yugo que supone la maternidad, sino que el amor lo vuelva ligero. No somos seres superficiales y egoístas que solo hallan felicidad en una vida sin vínculos reales y estables, sin responsabilidades, sin compromiso ni sacrificio. No queremos una vida sin peso, sino una vida en la que ese peso tenga sentido. No se trata tanto de “liberarse” de la maternidad como de descubrir, a través de la mirada de los demás, que la maternidad es el don de participar de una manera única en el milagro de la vida.

Quizás deberíamos preguntarnos si la única solución que ofrecemos es suprimir la capacidad de “sufrir el problema”, es decir, la fertilidad, y, en último término, “acabar con el problema”, es decir, con el hijo concebido. O quizá haya otra opción, aquella que pasa por la cruz: una opción que implique llevar el yugo, pero nunca sola ni olvidada; que nos vea por lo que somos y valore aquello que nos hace únicas, en vez de exigirnos actuar como hombres solo porque lo nuestro no “empodera”; que decida apostar por nuestra capacidad de maternar, ya sea física o espiritualmente, y por nuestra capacidad de consolar, escuchar, cuidar y dulcificar cualquier ambiente.

Todo esto nos lleva, como sociedad, a una pregunta: ¿cómo hemos llegado a esto? A una cultura que habla de la maternidad como condena en vez de bendición. Es evidente que algo estamos haciendo mal como sociedad si la mujer siente que ser madre es motivo de vergüenza y no de orgullo. Quizás debemos preguntarnos si le damos a la maternidad la dignidad que le corresponde, si cuidamos a las mujeres embarazadas con la comprensión y ternura que se merecen, si somos capaces de ver la belleza en su barriga, en sus varices o en la cicatriz de cesárea, si apreciamos lo suficiente lo que significa dar a luz.

También deberíamos preguntarnos si empatizamos realmente con los padres que van a misa, viajan o salen a comer con sus hijos; si sonreímos cuando vemos a los niños jugar; si celebramos a cada persona con alguna discapacidad que vemos; o si reclamamos y hablamos como corresponde sobre la necesidad de mejorar la asistencia obstétrica y ginecológica pública.

La cultura de la vida no se reduce únicamente a estar en contra del aborto ni a argumentar o legislar en favor del no nacido. Crear una cultura de la vida...

    Es admirar a cada mujer que tuvo la valentía de cuestionar que solo el trabajo o la fama la harán libre. 
    Es aplaudir a cada mujer adolescente y adulta que decide no castigar a su hijo no nacido por los errores de otros. 
    Es sufrir, con humor y paciencia, los cambios de humor de las mujeres embarazadas que tenemos cerca. 
    Es atender sonriendo y sin reprochar a las embarazadas que pasan el día en urgencias, o que te interrogan sobre el queso o la limpieza de los tomates, por ejemplo. 
    Es ver el tabernáculo o arca donde durante nueve meses se ha gestado una vida en la barriga, en las varices o en las cicatrices. 
    Es visitar y preocuparse primeramente por la madre que acaba de parir. 
    Es comprender con una sonrisa a los padres cuyos hijos tienen una pataleta en el bus, avión, tren o restaurante, especialmente a aquellos padres que quieren inculcar a sus hijos la fe llevándoles a misa, en vez de mirarles con dureza y reproche. 
    Es dejar que los niños jueguen, ya sea en el parque, urbanización, piscina o en su casa (aunque se oiga por todo el edificio). 
    Es mirar con admiración a las familias que apostaron por la dignidad de sus hijos pese a malformaciones o discapacidades, no con pena sino con gratitud. 
    Es ofrecer una alternativa a una falsa solución que elimina al hijo concebido y desprecia el valor de la fertilidad, proponiendo en su lugar un camino que pase por la cruz y, en lugar de quitarnos el yugo, lo aligere con amor; una alternativa que reconozca en las mujeres una grandeza capaz de sostener la vida, acompañarla y embellecerla, incluso cuando duele. 

Crear una cultura de la vida es atrevernos a redescubrir la maternidad, la paternidad y el milagro de la vida con los ojos de Dios. Y, para ello, pedirle que nos haga comprender que lo que recibimos de Él se debe cuidar.

 https://www.religionenlibertad.com/opinion/260109/descarte-cruz-repensar-maternidad_115698.html

jueves, 24 de septiembre de 2026

La pared. Shakira


 

Yo no he cambiado

 Ha cambiado el mundo a mi alrededor. Lo que antes era ser normal, ahora es ser extremista, conspiranoico, radical, fascista, loco.

Yo sólo he cometido el delito de seguir pensando igual, de ser amando la nación. La familia, la vida, las tradiciones de nuestros mayores.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

En què consiste ser español? , por Luis Ventoso


¿En qué consiste ser español?

¿Se puede presumir de «orgullo de España» si estás contra su lengua, su historia, su fe y parte de su alta cultura?

18 abr. 2026 - 01:30 Act. 18 abr. 2026 - 14:11

De cara a intentar una quimérica remontada, y más ahora que se acercan las elecciones en la españolísima Andalucía, Sánchez ha incorporado a sus latiguillos propagandísticos el «orgullo de ser español».


Es de un notable descaro que se envuelva en la bandera, tratándose de un gobernante que tolera y jalea que se persiga abiertamente la lengua española en dos regiones, que abraza la leyenda negra al dictado de la izquierda indigenista hispanoamericana, que reniega de toda la alta cultura española que no sea de izquierdas y que abomina del pasado y el presente católico del país, que está en su médula fundacional, al igual que la monarquía, que tampoco le va, por la sencilla razón de que los reyes no son Él y Begoña.


El presidente del «orgullo de ser español» considera además que no existe una nación española, sino una «nación de naciones». Un sofisma hueco, una majadería conceptual del PSOE, que equivale a proclamar que no existe el concepto «botella de vino», sino la suma de corcho, cristal y zumo de uva fermentado.


El presidente del «orgullo de ser español» gobierna al dictado de los más tenaces enemigos de España, admite sus exigencias discriminatorias, se arrastra por Bruselas a su dictado implorando que la UE adopte el catalán –en detrimento de la lengua opresora– y desguaza el Estado con constante cesión de competencias.


¿En qué consiste hoy ser español? La respuesta del PSOE sería algo así: español es toda persona que viva en España, aunque acabe de llegar hace diez minutos y carezca de un certificado de penales, y que comparta que estamos en una nación de naciones plural y diversa, plurilingüística, confederal, socialista-igualitaria, ecologista, feminista y pro homosexualista. Eso viene a ser España para el sanchismo.


Entonces, ¿qué nos une realmente?, ¿en qué consiste ser español? En primer lugar figuran la lengua y la cultura, principal pegamento de un país. Por eso los separatistas hacen un extremo hincapié en fomentar las suyas, «identitarias», inventando un pasado mitificado allá donde no llega la realidad histórica. En segundo lugar, somos españoles porque tenemos una larguísima historia compartida, que está ahí y presenta muchos pasajes dignos de legítimo orgullo. Otro lazo indispensable para que exista un país son unas instituciones, unas leyes y una educación comunes. Por eso el mal concebido modelo autonómico, desarrollado a tirones y a salto mata, ha acabado debilitando la unidad nacional y creando extrañamiento hacia la idea de España.


Nuestro país es además inconcebible sin el catolicismo, porque alentó el hito fundacional de la Reconquista y la atrevidísima empresa de los descubrimientos de Ultramar, dibujó la moral de los españoles y continúa siendo la fe mayoritaria. También cohesiona la Corona, por eso los separatistas no la tragan. Como dijo en su día Picasso con clara simplicidad, «soy monárquico porque en España siempre ha habido un rey».


Por supuesto nos unen una idiosincrasia y unos hábitos de vida propios. De Lugo a Almería y de Tarragona a Granada, nada más pisar la calle se percibe que estás en el mismo país, aunque existan peculiaridades locales (lo que no ocurre si cruzas de Tui a Valença do Miño, o de San Sebastián a Biarritz, pues te notas en otro país). Los españoles comemos a las dos y pico y cenamos entre nueve y diez. Salimos de cañas y de tapas. Somos del Zara y el Mercadona, allá donde vivamos. Escuchamos a Herrera y la Ser y vemos El Hormiguero y MasterChef (muy a pesar de los separatistas, que por eso dilapidan fortunas en sus cadenas autonómicas).


Seguimos las mismas ligas de fútbol y baloncesto y admiramos a idénticos héroes (en estos momentos, Alcaraz). Inventamos el pincho de tortilla y somos la patria del jamón serrano. Compartimos polémicas políticas y hasta los marujeos de la tele rosa. El núcleo periodístico y tertuliano de la capital, Madrid, se proyecta en toda España, marcando la agenda y la conversación (también para pesar de Barcelona y Bilbao). Somos un pueblo cordial como pocos, jovial y parlanchín. También envidioso, y a veces liante y demasiado polvorilla. Aunque somos de quejarnos por todo, al final llevamos impreso un cierto optimismo resistente, que quizá tenga que ver con la luz de una climatología benigna. Cuando vienen mal dadas siempre pensamos que «mañana será otro día».


Por supuesto disfrutamos y nos une el tercer idioma más hablado del planeta y un arsenal cultural de una categoría al alcance de contadas naciones. España es el país de Cervantes, la Escuela de Salamanca, Velázquez, Goya y Picasso, Tomás Luis de Victoria, Falla y Albéniz, las colosales catedrales góticas y la poesía de Garcilaso, Teresa de Jesús, Juan Ramón, Rosalía, o Lorca. Si me pidiesen mi definición, diría que «España es una esperanza siempre en marcha, un país con corazón».


España es mucho bicho y no pueden con ella, aunque la vayan debilitando (hasta han forzado al propio Rey a firmar la amnistía del golpe catalán y pedir perdón al indigenismo). La huida hacia adelante de un irresponsable sin escrúpulos no va a cepillarse en siete años tantos siglos de historia compartida. Pero ojo: la nación se crea desde la política y la cultura. Ellos lo hacen de sol a sol, mientras nosotros lo estamos descuidando de manera temeraria. Por eso es tan importante, por ejemplo, la existencia de este periódico.

https://www.eldebate.com/opinion/20260418/consiste-espanol_407894.html

martes, 22 de septiembre de 2026

Otra de mis canciones favoritas


 

Mis hijos

 En mayo casé a mí hija pequeña, en septiembre a la mediana,con un mejicano. El mayor ya es pareja de hecho con su novia y tienen una niña.

Siento que ya hemos cumplido. Nuestros hijos tienen sus propias familias y quiera Dios que sean para siempre. Lo dejo en Sus manos.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Cien años de la Cristiada. Cuando Méjico prefirió la guerra a renunciar a Dios

Cien años de la Cristiada: cuando México prefirió la guerra antes que renunciar a Dios

No fue un simple conflicto de principios del siglo XX: la Guerra Cristera, o la Cristiada, fue la guerra religiosa más dramática, sangrienta y desconocida de la historia de América, resultado de un Estado que buscaba la secularización forzosa y de una sociedad que se negó a que le extirparan su identidad católica.


Cien años después de que los primeros campesinos y guerrilleros se lanzaran al monte, el episodio sigue siendo la herida más profunda en la historia moderna de México. Aquel episodio no nació de la improvisación ni del fanatismo, sino de un marco legal claramente definido: la Constitución de 1917, que sentó las bases de la persecución religiosa que marcaría a México durante décadas.

Aquel texto legal incorporó artículos anticlericales diseñados para someter a la Iglesia al control absoluto del Estado– a imitación de la imposición de los principios anticlericales de la Revolución Francesa–prohibiendo a las instituciones religiosas dirigir escuelas, eliminando las órdenes monásticas y despojando a los templos de su capacidad legal para poseer bienes.

La situación alcanzó su punto de ruptura en 1926, cuando el presidente Plutarco Elías Calles promulgó la ley que lleva su nombre, una reforma penal que prohibía a los sacerdotes vestir sotana en público y expulsaba a los clérigos extranjeros, limitando drásticamente el ejercicio del culto.


Ante el asedio legal y para evitar «todo acto que pudiera significar o ser interpretado por los fieles como una aceptación de la ley misma», la respuesta de la Iglesia fue una medida sin precedentes: el 31 de julio de 1926 se suspendió el culto público en todo el país, tras el rechazo de la Santa Sede a la Ley Calles. El historiador Jean Meyer, máximo experto en el movimiento cristero, explica a Aciprensa que sería precisamente esta «suspensión de los servicios religiosos» lo que marcó el inicio de la contienda armada, una lucha que brotó desde el corazón del pueblo y el campesinado de estados como Jalisco, Guanajuato y Michoacán.

¡Viva Cristo Rey!»

Aunque la jerarquía eclesiástica predicó inicialmente una resistencia pacífica, el gobierno puso en marcha una política sistemática de arrestos e intimidación que pronto escaló hacia las ejecuciones y una represión abierta y violenta por parte del Ejército que hizo desbordar el sentimiento popular.


Fue «el pueblo, ‘el indio’», quien reaccionó, señala el historiador, y lo hizo de manera violenta porque «la Iglesia era más que un edificio de piedras apiladas y el sentimiento popular había sido tocado en lo más profundo, ya que lo profano y lo sagrado están inextricablemente entrelazados».


De esa fractura, el pueblo empezó a armarse de forma espontánea y aparecieron las primeras guerrillas que se lanzarían al combate al grito de «¡Viva Cristo Rey!». No los movía una elaboración teológica ni grandes distinciones doctrinales, sino —como explica a Aci Prensa el obispo Pedro Pablo Elizondo Cárdenas— «era algo del corazón y del sentimiento religioso, del amor a su fe».

200.000 vidas por la fe

En el fragor de la batalla y el paredón surgieron figuras que hoy son pilares de la devoción mexicana. El laico Anacleto González Flores, apodado el «Maestro Cleto», lideró la resistencia pacífica antes de su martirio, mientras que el joven José Sánchez del Río o Joselito, como le llaman en tierras mexicanas, con apenas 14 años se unió a la causa convencido, como explicó a su madre, de que «nunca había sido tan fácil alcanzar el cielo como ahora, y no quiero perder la oportunidad»


Joselito fue sometido a torturas extremas: le cortaron las plantas de los pies, lo desollaron y lo golpearon con saña. Además, le quitaron los zapatos y lo obligaron a caminar descalzo mientras la sangre corría por sus pies. Durante un trayecto de diez calles, desde su parroquia hasta el cementerio —un calvario impuesto por sus verdugos—, José soportó insultos, amenazas y brutales golpes sin dejar de responder con el mismo grito: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!». El joven mártir mexicano fue canonizado el 16 de octubre de 2016, un evento que reunió en la plaza de San Pedro a cerca de ochenta mil personas.


También la imagen del jesuita Miguel Agustín Pro, fusilado con los brazos en cruz en 1927, se convirtió en uno de los emblemas más impactantes de la brutalidad de la represión y persecución. Se estima que esta lucha por la libertad religiosa costó la vida a más de 200.000 personas.

México, un país marcado por la fe

La guerra terminó oficialmente en 1929 con los llamados «Acuerdos», pero la paz fue, para muchos, un espejismo. Aunque el gobierno de Emilio Portes Gil se comprometió a no aplicar las leyes persecutorias, no se realizó ningún cambio constitucional. Los registros históricos sugieren que murió más gente por represalias tras la firma de la paz que durante los propios combates, prolongándose la resistencia en una segunda etapa marcada por la precariedad y el abandono.


No fue hasta 1992 cuando México restableció formalmente las relaciones con la Santa Sede y reconoció la personalidad jurídica de la Iglesia. Aunque la persecución abierta quedó atrás, parte del marco legal nacido del anticlericalismo revolucionario sigue vigente: las leyes aún prohíben a los ministros de culto gestionar medios de comunicación y mantienen bajo propiedad nacional todos los templos construidos antes de 1992.

Hubo un ganador militar absoluto en esta guerra? La respuesta más sencilla sería hablar de una especie de 'empate', pero reducirlo a eso sería demasiado simplista. Lo que lograron los cristeros, al igual que los campesinos católicos de la región francesa de La Vendée, fue poner en jaque la propia supervivencia del proyecto revolucionario. Más allá de la derrota o victoria militar, los cristeros dejaron en evidencia la fuerza de la fe en México: pese a la persecución más violenta, la dimensión religiosa del país se manifestó con claridad, consolidándolo como uno de los países más católicos del mundo.


Los cristeros protagonizaron una resistencia épica contra un Estado totalitario surgido de la revolución. Campesinos y laicos lucharon hasta la muerte para defender lo que consideraban inviolable: su fe, expresada en el grito que los unía y los impulsaba a seguir adelante, «¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva Cristo Rey!».

El levantamiento armado contra la persecución religiosa de Plutarco Elías Calles recuerda la vigencia de una herida que marcó la historia del país y el legado de más de 200.000 católicos que perdieron su vida en defensa de la fe

María Rabell GarcíaMaría Rabell García

Corresponsal en Roma y El Vaticano

 https://www.eldebate.com/religion/20260124/cien-anos-cristiada-cuando-mexico-prefirio-guerra-antes-renunciar-dios_377257.html

domingo, 20 de septiembre de 2026

Firma contra el transgenerismo de menores en Colombia

 Samuel Adrián, creador del documental «Colombia: Fábrica de Niños Trans», fue detenido al llegar a Colombia.



Firma para exigir que la Defensoría del Pueblo intervenga con urgencia, examine las posibles irregularidades y vele por su seguridad y sus derechos.



Y al Presidente Abelardo de la Espriella revise el caso.



En su documental, Samuel denunció irregularidades relacionadas con procedimientos de transición de género en menores de edad en Colombia. Sus denuncias provocaron una fuerte controversia.



Según la información publicada, la orden de arresto se originó en un proceso por desacato a una resolución que exigía retirar determinados fragmentos del documental. Samuel sostiene que la medida limita su libertad de expresión.



Su seguridad, su integridad física y su acceso a una defensa deben estar protegidos mientras permanezca bajo custodia.



La protección de los menores es un asunto de interés público. Investigar y debatir sobre los procedimientos a los que son sometidos requiere libertad de expresión y respeto a los derechos de todas las personas involucradas.



Por eso, es urgente que la Defensoría examine el caso: que verifique las condiciones de detención, revise las posibles vulneraciones al debido proceso y promueva las medidas de protección necesarias ante las autoridades competentes.



Tu firma suma una exigencia clara: transparencia sobre el procedimiento y garantías efectivas para Samuel Adrián.



¡Firma ahora y pide a la Defensoría del Pueblo que intervenga para proteger su seguridad y sus derechos

https://cgo.ac/scUQgUrT4

Stephen Hawking: no importa lo difícil que la vida parezca. Siempre hay algo que puedes hacer y tener éxito en ello, por Sara Duque

En una época marcada por la incertidumbre y la aceleración constante, algunas voces del pasado reciente resurgen con una claridad casi incómoda. Entre ellas, la de Stephen Hawking, uno de los científicos más influyentes del siglo XX y principios del XXI, cuya vida trascendió con creces el ámbito académico. A los 70 años, el físico británico dejó una reflexión que hoy circula con fuerza renovada: «No importa lo difícil que la vida parezca, siempre hay algo que puedes hacer y tener éxito en ello». Más que una frase motivacional, se trata de una síntesis de su propia experiencia vital y de una mirada profundamente realista sobre la condición humana.


La cita, ampliamente difundida, tiene su raíz en intervenciones públicas del científico, especialmente en el discurso que pronunció durante la ceremonia de apertura de los Juegos Paralímpicos de Londres 2012. En aquella ocasión, Hawking apeló directamente a la diversidad y al potencial individual. «Siempre hay algo en lo que uno es bueno», afirmó ante millones de espectadores, para añadir a continuación que «siempre hay algo que puedes hacer, en lo que puedes triunfar». No era una declaración abstracta. Provenía de alguien que, diagnosticado con esclerosis lateral amiotrófica a los 21 años, desafió durante décadas los pronósticos médicos y redefinió los límites entre discapacidad y capacidad.


Haz lo que puedas dentro de tus limitaciones

El valor de estas palabras no reside únicamente en su carga inspiradora, sino en su contexto. Hawking no negaba la dificultad ni minimizaba el sufrimiento. Su mensaje partía de la aceptación de la adversidad como punto de partida, no como excusa para la inacción. En un mundo que a menudo oscila entre el optimismo superficial y el pesimismo paralizante, su planteamiento introduce un tercer camino, el de la acción consciente dentro de las propias limitaciones.


Albert Einstein, filósofo de la ciencia, lo adelantó en 1930: «El valor de un hombre debería verse en lo que da y no en lo que es capaz de recibir»

Albert Einstein, filósofo de la ciencia, lo adelantó en 1930: «El valor de un hombre debería verse en lo que da y no en lo que es capaz de recibir»

Sara Duque

Desde una perspectiva periodística, resulta relevante observar cómo esta idea ha sido reinterpretada en distintos momentos. Durante la última década, marcada por crisis económicas, transformaciones tecnológicas y una pandemia global, la frase ha circulado en redes sociales, artículos de opinión y discursos institucionales. Sin embargo, su reiteración no siempre ha ido acompañada de una comprensión profunda. Convertida en eslogan, corre el riesgo de perder el matiz que la hacía poderosa.


Francis Bacon, filósofo, lo avisó en 1625: «Lo importante de la felicidad son los amigos; duplican las alegrías y reducen las penas»

Ikigai

Porque lo que Hawking proponía no era una fe ciega en el éxito, sino una invitación a identificar las propias fortalezas, incluso en escenarios adversos. Este enfoque conecta con corrientes contemporáneas de pensamiento que ponen el acento en la resiliencia y en la capacidad de adaptación. Pero, a diferencia de ciertos discursos actuales, evita caer en la responsabilización excesiva del individuo. No todo depende de la voluntad, pero siempre existe un margen de acción.


Erich Fromm, psicólogo y psicoanalista, ya lo anticipó a sus 76 años: «La felicidad depende del modo de vida, no del consumo»

Erich Fromm, psicólogo y psicoanalista, ya lo anticipó a sus 76 años: «La felicidad depende del modo de vida, no del consumo»

Sara Duque

La historia personal del científico refuerza esa lectura. A pesar de la progresiva pérdida de movilidad y de la dependencia tecnológica para comunicarse, Hawking desarrolló contribuciones fundamentales a la cosmología, popularizó la ciencia a través de obras accesibles y se convirtió en un referente cultural global. Su trayectoria demuestra que el éxito no es una categoría única ni universal, sino una construcción que puede adoptar múltiples formas.


En este sentido, su mensaje adquiere una dimensión social. Al afirmar que cada persona puede encontrar un ámbito en el que destacar, también cuestiona los modelos tradicionales de éxito, muchas veces limitados a parámetros económicos o profesionales. La diversidad de capacidades, lejos de ser un obstáculo, se presenta como un recurso. En el contexto de los Juegos Paralímpicos, esta idea cobra aún más sentido, al visibilizar talentos que históricamente han sido relegados.

https://theobjective.com/lifestyle/2026-04-20/stephen-hawking-ya-aviso-a-sus-70-anos-no-importa-lo-dificil-que-la-vida-parezca-siempre-hay-algo-que-puedes-hacer-y-tener-exito-en-ello/

sábado, 19 de septiembre de 2026

Ni el ascenso, ni el coche nuevo ni esas vacaciones soñadas, por Catalina Pidal

 Nos ha pasado a todos. Te suben el sueldo y piensas: “Ahora sí, ahora voy a estar más tranquilo”. O te compras ese móvil que llevabas meses mirando, o por fin entras en la casa con la que soñabas. Y durante unos días —o unas semanas— estás encantado de la vida. Todo brilla más.


Te vienes arriba. Pero pasa el tiempo, y lo que parecía un salto enorme acaba siendo… bueno, tu día a día.


Eso, ni más ni menos, es la adaptación hedónica. Un nombre un poco técnico para una cosa muy humana: nos acostumbramos enseguida a lo bueno y a lo malo, y tendemos a volver a un nivel bastante estable de felicidad.


Vamos, que el cerebro tiene una habilidad tremenda para convertir lo extraordinario en costumbre.


Ya en 1971, los psicólogos Brickman y Campbell hablaron de esta especie de “cinta de correr” de la felicidad.


Tú corres, consigues algo, sientes el subidón… pero al cabo de un tiempo vuelves a un punto parecido al de antes.


Como si la vida te dijera: “Muy bien, disfrútalo, pero no te emociones demasiado que esto se convierte en rutina en un plis”.


Y si lo pensamos bien, tiene bastante sentido. El ser humano está hecho para adaptarse. Si no, viviríamos en una montaña rusa emocional permanente. El problema llega cuando confundimos esa emoción inicial con felicidad duradera, y nos montamos la película de que la siguiente compra, el siguiente ascenso o el siguiente capricho sí nos va a llenar del todo.


Pero no suele pasar.


Hay estudios muy curiosos sobre esto. Uno de los más famosos comparó a ganadores de lotería con personas que habían sufrido accidentes graves. Lo sorprendente fue ver que, pasado un tiempo, los ganadores no eran muchísimo más felices de forma estable por haberse hecho ricos de golpe. El pelotazo económico daba alegría, claro, pero no cambiaba para siempre su nivel de bienestar. Y al mismo tiempo, muchas personas que habían pasado por experiencias durísimas acababan recuperando parte de su equilibrio emocional. Es decir: el ser humano se acostumbra. Para bien y para mal.


En la vida cotidiana se ve clarísimo. Ese coche nuevo que olía a gloria bendita al principio, a los seis meses ya es “el coche”. La casa nueva, que al estrenarla te parecía un palacio, luego empieza a enseñarte vecinos ruidosos o una cocina que podría ser más grande. Y el teléfono último modelo, que enseñabas con orgullo, termina siendo una herramienta más… mientras ya le echas el ojo al siguiente.


Aquí entra también el consumismo. Como sabemos que la ilusión se nos va apagando, buscamos otra dosis: otra compra, otro cambio, otro objetivo. Y así vamos empalmando deseos.


El sistema económico, de hecho, vive muy a gusto con esta dinámica pues siempre hay algo nuevo que venderte para que sientas que ahora sí te falta poco para ser feliz del todo.


Pero la ciencia lleva tiempo diciendo que las metas puramente materialistas —dinero, estatus, imagen, competir con otros— dan una satisfacción bastante floja a largo plazo. En cambio, lo que suele dejar poso de verdad son otras cosas como las relaciones cercanas, cuidar a los tuyos, compartir, vivir experiencias de ayuda a los demás.


Esto no significa que tener una casa mejor o ganar más dinero esté mal. Ni mucho menos. El dinero da seguridad, comodidad y margen para vivir mejor.


El asunto está en no cargar esas cosas con una misión que no pueden cumplir.


Un sueldo mejor puede ayudarte mucho, pero no va a resolver por sí solo tu vida interior. Un móvil nuevo puede alegrarte la semana, pero no darte paz mental.


La buena noticia es que se puede poner freno a esa adaptación tan rápida. ¿Cómo? Prestando más atención a lo que sí alimenta el bienestar de forma más estable.


En el fondo, la lección es bastante sencilla y muy de andar por casa, está bien disfrutar de lo material, pero no conviene apoyarse del todo en ello para ser feliz. Porque lo nuevo se pasa. Lo que permanece más es cómo vives, con quién compartes la vida, a quien se la regalas y dónde pones cada día la atención.


La felicidad duradera no viene en caja, ni con pantalla brillante, ni con nómina más gorda. Suele venir por otro lado. Más humilde, tan humilde como que nació en el portal de Belén. Todo muy sencillo pero bastante más sólido.

https://www.forumlibertas.com/ni-el-ascenso-ni-el-coche-nuevo-ni-esas-vacaciones-sonadas/

Repensar la maternidad, por Mónica España

 Hace dos días estuve conversando con dos amigos sobre toros, persona y aborto –lo sé, temas ligeritos para pasar la tarde–. Durante toda la...