Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

martes, 3 de febrero de 2026

Hace diez años

Cuando os digo que hace años yo escribía mucho más y mejor sospecho que algunos no me creen. Es cierto que perdí la inspiración en poco tiempo, coincidiendo con la muerte de mis padres. Así que he decidido copiar un post de entonces para que os hagáis una idea de lo que encontrar en mis libros.

 La fuerza de la vida
Pasear por un pueblo costero en verano es cruzarse con multitud de familias con niños pequeños (aunque menos que hace unos años, la verdad). Basta mirar a los ojos de cada padre o madre para ver lo felices que les hace su situación. A pesar del cansancio, de la preocupación que supone cuidar de un niño pequeño, las satisfacciones que se reciben compensan con creces. Ver crecer a un bebé, asistir a su descubrimiento de la vida, desde los insectos a cada piedra que consigue coger; ver el mundo de nuevo desde la mirada de un niño; es algo que no tiene precio. Esos padres con su bebé en brazos, en el cochecito o ya de la mano, son un auténtico canto a la vida. No hay mejor propaganda contra el aborto. Nadie que haya probado la experiencia de traer un hijo al mundo sería capaz de cambiarlo por nada.
Se dice que los hijos son un obstáculo en la realización personal. Yo creo que son más bien un aliciente para esforzarte más y hacer las cosas mejor. Se dice que impiden el éxito personal. Yo digo que son el mayor éxito que puedas conseguir en la única carrera que importa: la de la vida. El primer año de vida de un bebé, especialmente, te enseña todo lo que necesitas saber sobre esfuerzo, tesón, ternura, sacrificio, agradecimiento, imaginación y alegría. Esas son las cosas que realmente te hacen feliz. Tener un hijo y dejarlo en manos de otros todo el día y no disfrutarlo, es el peor desperdicio que se puede hacer. Los niños crecen muy rápido y cada etapa que pasan es única e insustituíble en cada uno de ellos; porque no hay dos hijos iguales, como no hay dos granos idénticos en toda la arena de la playa.

https://www.cesarvidal.tv/videos/el-reemplazo-demografico-de-kalergi-a-irene-montero-03-02-26

lunes, 2 de febrero de 2026

Francia fue una vez un lugar seguro, por Itxu Díaz

 


Podrías pensar que es exagerado decir que el robo simboliza la decadencia de Francia. Pero eso es porque aún no has oído que la ministra de Cultura, Rachida Dati, fue al museo a felicitar expresamente a los guardias de seguridad por su conducta, ya que no reaccionaron al ser intimidados por los ladrones, evitando así víctimas, algo que, obviamente, podría haber tenido un coste político aún mayor para el gobierno. ¿Para qué promover el heroísmo, no? Ahora solo espero que Macron salga y también felicite a los ladrones por la audacia de su plan.


Conozco bien Francia porque es vecina de España. La última vez que estuve en Marsella, me di cuenta de que no quedaba ni un solo francés. Intentar caminar por barrios dominados por inmigrantes ilegales islámicos sin acabar en ropa interior es una quimera. No solo en Marsella, por supuesto, sino en toda Francia. El Estado monopoliza la violencia, pero solo la usa contra sus propios ciudadanos verdaderamente franceses.  (RELACIONADO: París sigue siendo hermosa: tras un cristal blindado )


Francia es un antiguo Estado y seguirá siéndolo si continúa gobernada por enanos globalistas.

https://spectator.org/france-was-once-a-prosperous-wealthy-and-safe-place/

domingo, 1 de febrero de 2026

El drama de los cristianos en Sudán



Sudán, el país más extenso del continente africano, vive desde su independencia en 1956 una situación de conflicto interreligioso, que ha ido aumentando década tras década, hasta haber llegado en la década de los noventa a una situación insostenible, condenada repetidas veces por la comunidad internacional.

Desde su independencia, el país ha tenido la aspiración de convertir todo su territorio en tierras del Islam. El proceso de arabización e islamización han sido constantes y prueba de ello fue la introducción de la Ley Islámica en 1983 por el Presidente Nimeiri. El hecho originó una guerra civil que perdura hasta hoy y que ha ido in crescendo provocando muerte y destrucción, sobretodo a partir del golpe de estado llevado a cabo por el ejercito sudanés en junio de 1989 y respaldado por el líder de los "Hermanos Musulmanes", Dr. Hasan Al-Turabi, "eminencia gris" del régimen.

A pesar de que la Constitución señala que Sudán es un país multirreligioso, en la práctica el gobierno trata al Islam como a la religión del Estado.

Ha iniciado un proceso de radical arabización e islamización de todo el territorio nacional, siendo esto uno de los mayores y más importantes objetivos de la revolución. Así pues, las minorías cristianas y otras minorías han sido duramente perjudicadas, lo que ha originado la reacción de los obispos católicos, quienes en la Carta Pastoral La Verdad os hará libres (26) condena al gobierno por su campaña discriminatoria de islamización y ejecución de la Ley Islámica, que está llevando al país a la desarmonía y a obstaculizar una verdadera, justa y duradera paz en Sudán.

La yihad

Otro obstáculo para la paz ha sido la proclamación de la guerra santa(yihad) contra el sur del país en 1992. A esto, ha colaborado la creación de la Fuerza de la Defensa Popular (PDF), a finales de 1989, con la concreta finalidad de convertir todo el territorio sudanés en un estado islámico de inspiración fundamentalista, cuyo artífice fue Hasan Al-Turabi, y quien pretende imponer el fundamentalismo islámico puro y duro en Sudán para luego extenderlo a otros países de África y del mundo.

Lógicamente, este nuevo Gobierno sudanés ha ocasionado una clara y abierta persecución de los cristianos, convirtiendo la guerra civil del Sudán en una auténtica guerra de religiones. Esta situación ha llevado a los obispos a publicar una serie de cartas pastorales en apoyo de las comunidades cristianas y acusando abiertamente al gobierno por su política discriminatoria contra las minorías cristianas en el país. Digna de mención es la carta pastoral La verdad os hará libres y Unidos y Fieles en donde se exhorta a los cristianos a permanecer fieles a su fe a pesar de la situación de persecución, con la escalada de la guerra santa en el Sur, la destrucción de campos de refugiados, restricciones de ayuda humanitaria, arrestos arbitrarios, detenciones, torturas, expulsión de sacerdotes y religiosos de sus puestos de trabajo, cierre de iglesias y centros de actividades eclesiásticas, proceso de arabización e islamización, etc. Situación ésta, que no favorece el proceso de paz, cada vez más alejado, a causa de la violencia y de las restricciones de los más fundamentales derechos humanos.

Testimonios cristianos

"El fundamentalismo islámico es de por sí violento. Estos violentos están dispuestos a todo, también a ataques terroristas. Por eso, el fundamentalismo islámico alimenta el terrorismo e incluso la determinación a luchar (...). El elemento religioso es utilizado por los árabes musulmanes como excusa para combatir a los africanos: aquellos dicen que el Islam está amenazado por los infieles, a quienes llaman cristianos", sostuvo el Obispo de Yei, Mons. Erkolano Lodu Tombe.

La Guerra Santa continúa y casi diez años después solamente cabe decir que las consecuencias son nefastas: bombardeos aéreos contra poblaciones civiles, creando destrucción, trauma y muerte; acciones perversas de las milicias musulmanas que provocan asaltos, secuestros, esclavitud y violaciones; destrucciones, robos de casas y de propiedades; desplazamientos forzados de masas de gentes con millones de refugiados, etc.

El papel de la Iglesia

La Iglesia católica siempre ha trabajado en un espíritu de coexistencia pacífica y de apertura religiosa. Desgraciadamente, la Iglesia siempre ha sido considerada como una iglesia extranjera, influenciada por los poderes colonialistas. Aún más, los cristianos se han encontrado entre dos fuegos: los árabes en el norte y la guerrilla en el sur.

El norte la considera como amiga y sostenedora de las guerrillas; por lo tanto, es enemiga del Sudán. Lo cierto es que la Iglesia se ha mantenido siempre al margen de cualquier ideología política y lo único que ha hecho es defender la justicia y la paz en el país. Con esta finalidad, se ha pronunciado repetidas veces en defensa de los derechos humanos, particularmente la libertad religiosa en Sudán.

La Iglesia católica subraya incesantemente que no es una Iglesia extranjera, sino sudanesa, y que su trabajo se orienta principalmente a:

    Defender los derechos de sus fieles como la libertad a practicar su fe;

    su derecho a no ser sometida al proceso de arabización e islamización llevado a cabo hasta hoy por el gobierno;

    defender a los cristianos sometidos a toda clase de persecución;

    promover la justicia, defender la dignidad humana y los derechos humanos denunciando continuamente las consecuencias devastadoras de la guerra civil en el sur.

La Iglesia cree en el diálogo, porque es esencial para alcanzar la paz y la reconciliación, subrayando que todas las partes tienen que colaborar, sobre todo el gobierno quien debe preparar el terreno para dicho diálogo de paz, un diálogo que el Gobierno ha prometido pero que no ha cumplido.

Derechos humanos y ley islámica

El tema de los derechos humanos está en el ojo de la tormenta ya que se quiere imponer a toda la nación un modelo de estado islámico, basado en la aplicación de la ley islámica.

En las últimas décadas, la comunidad musulmana se ha esforzado por buscar una alternativa a la Carta Universal de los Derechos Humanos de 1948 por medio de otra Carta que fuera menos laica y más en línea con los principios de la religión islámica. Así surgieron la Declaración de los Derechos Humanos en el Islam (1981), la Declaración de los Derechos Humanos de El Cairo (1990), y la Carta Árabe de los Derechos Humanos (1994). Con ellas, los musulmanes intentan dar a los derechos humanos un fundamento confesional ya que todo derecho proviene de Dios.

Por otra parte, la aplicación de la ley islámica, como en el caso de Sudán, provoca no pocas críticas por parte de la comunidad internacional occidental. La visión cristiana/occidental ve en la aplicación de la ley islámica una serie de críticas contra violaciones de los derechos humanos más fundamentales:

    la pena capital por apostasía (ridda);

    las penas corporales (hudûd);

    y finalmente tres desigualdades: la superioridad del hombre sobre el esclavo, del musulmán sobre el no-musulmán, y del hombre sobre la mujer.

Todos estos elementos van en contra de los derechos humanos más fundamentales por lo que la aplicación de la Ley Islámica viola los derechos humanos y origina discriminación, en donde los cristianos sufren las consecuencias de un régimen totalitarista.

Obstáculos para el diálogo

El fundamentalismo islámico sigue siendo un obstáculo para el verdadero diálogo. 
De hecho, el Papa Juan Pablo II, en su exhortación apostólica Ecclesia in Africa, insta claramente: "Cristianos y musulmanes están llamados a comprometerse en la promoción de un diálogo inmune de los riesgos derivados de un irenismo de mala ley o de un fundamentalismo militante, y levantando la voz contra políticas y prácticas desleales, así como contra toda falta de reciprocidad en relación con la libertad religiosa".

En Sudán, esta reciprocidad en relación con la libertad religiosa, brilla por su ausencia por parte del Gobierno fundamentalista de Jartum; por eso la Iglesia sigue luchando por la justicia y la paz.

Este artículo se publicó gracias a la cortesía de Arbil
 

 https://www.aciprensa.com/recurso/300/el-drama-de-los-cristianos-en-sudan

sábado, 31 de enero de 2026

Experiencias cercanas a la muerte, por Edgary Rodríguez

Cuando alguien sobrevive a una experiencia cercana a la muerte (NDE, por sus siglas en inglés), suele contar algo más que una historia médica: muchos describen sensaciones de paz absoluta, amor incondicional o una claridad que “se siente más real que la vida misma”. Sin embargo, regresar no siempre es fácil. Para muchos, lo difícil no fue morir, sino volver a vivir después. Un nuevo estudio realizado por la División de Estudios Perceptuales de la Universidad de Virginia (EE. UU.) analizó a 167 personas que pasaron por una experiencia cercana a la muerte y descubrió que, aunque la mayoría asegura haber cambiado para bien, casi dos de cada tres buscaron ayuda profesional o espiritual para poder procesar lo ocurrido.

La investigación, publicada en la revista Psychology of Consciousness, es la primera que examina de manera cuantitativa qué tipo de apoyo buscan los llamados “experiencers” y qué tan útil resulta. Los resultados revelan un patrón claro: el 64 % de los participantes buscó algún tipo de apoyo y el 78 % afirmó que les ayudó. Pero lo interesante es que la clave no fue el tipo de terapia o la técnica empleada, sino algo mucho más humano: la validación, es decir, ser escuchados sin juicio. Sentirse creídos y comprendidos marcó la diferencia.

Los autores, encabezados por la investigadora Marieta Pehlivanova, explican que las experiencias cercanas a la muerte no son tan raras como podría creerse: se calcula que cerca del 15 % de los pacientes que pasan por cuidados intensivos reportan experiencias de este tipo. Y aunque muchas personas regresan con una sensación de propósito renovado y menos miedo a la muerte, también aparecen emociones intensas, conflictos personales y una pregunta difícil de responder: “¿Qué hago ahora con todo esto?”.
La ciencia empieza a entender qué ocurre después de una experiencia cercana a la muerte y por qué cambia tanto a las personas
El reto no está en sobrevivir, sino en reconciliar la vida diaria con lo que se sintió real. Fuente: Unsplash.
El regreso a la vida no siempre es fácil

Uno de los hallazgos más llamativos del estudio es que más del 20 % de los participantes vio deteriorarse sus relaciones personales tras su experiencia. Algunos contaron rupturas de pareja, distanciamiento familiar o dificultad para conectar con quienes no habían vivido algo similar.

Los investigadores describen este fenómeno como “problemas de reentrada”, una especie de choque cultural entre la realidad cotidiana y lo que muchos describen como “haber tocado algo más grande”.

Después de haber sentido una paz absoluta, las preocupaciones diarias pueden parecer banales. Algunos participantes admitieron que les costó volver a encontrar sentido en el trabajo, en las rutinas o incluso en sus propias metas. Otros hablaron de una profunda soledad: querían compartir su experiencia, pero temían ser ridiculizados o catalogados como locos. Esa falta de comprensión —en casa, con amigos o incluso con profesionales de la salud— suele agravar el aislamiento. El miedo al juicio se convirtió en una barrera para pedir ayuda.

El estudio destaca que casi la mitad de las personas perdió signos vitales durante su experiencia cercana a la muerte. En muchos casos, las secuelas físicas del evento (cirugías, accidentes o enfermedades graves) se mezclaron con el impacto psicológico y espiritual. Esto genera una doble recuperación: la del cuerpo y la del sentido de la vida.

Para algunos, la experiencia cambió radicalmente su sistema de valores: menos interés por lo material, más empatía, más espiritualidad, pero también una sensación persistente de estar fuera de lugar en el mundo.
¿La IA después de la muerte? Así funcionan los 'fantasmas digitales' que reviven voces y personalidades de tus seres queridos

    Ciencia

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    Edgary Rodríguez R.

Lo que realmente ayuda

El equipo de Pehlivanova descubrió que los factores que más influyen en una buena recuperación no son necesariamente médicos. La reacción de la primera persona a la que se cuenta la experiencia puede definir todo el proceso posterior. Cuando el primer oyente respondió con apertura y respeto, la persona tuvo muchas más probabilidades de encontrar útiles los apoyos posteriores, sean terapias, grupos o consejería espiritual. En cambio, una respuesta negativa —burlas, incredulidad o diagnósticos apresurados— tendía a profundizar el malestar y el aislamiento.

Los participantes que recibieron apoyo de comunidades especializadas, como la International Association for Near-Death Studies, o de grupos en línea sensibles al tema, informaron mayores niveles de bienestar y sentido de pertenencia.

También fueron útiles actividades como la meditación, el tiempo en la naturaleza y la reflexión personal. En contraste, la ayuda de profesionales de salud mental fue valorada como menos útil, sobre todo cuando estos carecían de formación sobre experiencias espirituales o trascendentales. Muchos terapeutas, sin saberlo, aplican marcos clínicos inadecuados que terminan haciendo más daño que bien.

Los autores del estudio señalan que esta brecha de comprensión podría cerrarse con educación y entrenamiento. Aunque la Asociación Psiquiátrica Americana reconoce desde 1994 las “experiencias religiosas o espirituales” como fenómenos que pueden requerir atención sin ser enfermedades mentales, esa categoría rara vez se aborda en la formación médica. Esto deja a los profesionales sin herramientas para escuchar sin patologizar lo que, para muchos pacientes, es el acontecimiento más transformador de su vida.
La ciencia empieza a entender qué ocurre después de una experiencia cercana a la muerte y por qué cambia tanto a las personas
La validación, no la explicación, es la clave para sanar después de una experiencia cercana a la muerte. Fuente: Unsplash.
El papel de la historia personal y la salud mental

Otro dato interesante es que el pasado personal influye en cómo se afronta una experiencia cercana a la muerte. Las personas que describieron una infancia feliz o una buena salud mental actual fueron menos propensas a necesitar ayuda, pero más capaces de aprovecharla cuando la recibían. Esa combinación de resiliencia temprana y estabilidad emocional parece funcionar como un “amortiguador” frente al impacto de una experiencia tan intensa. En cambio, quienes ya tenían antecedentes de trauma, abuso de sustancias o problemas psicológicos mostraron una mayor tendencia a buscar apoyo profesional.

La intensidad de la experiencia cercana a la muerte también marcó diferencias. Cuanto más profunda y vívida fue la experiencia, más necesidad de apoyo reportaron los participantes. En parte, esto se explica porque las experiencias más intensas suelen provocar cambios radicales en la percepción de la vida, la muerte y el sentido de existencia. Para algunos, lo vivido fue tan poderoso que no lograron integrarlo fácilmente a su identidad anterior. Integrarla no ocurre en semanas: puede tomar años o incluso toda una vida.

Además, la edad también juega un papel: los adultos mayores tendieron a encontrar más útil el apoyo recibido, mientras que quienes vivieron una experiencia cercana a la muerte en la infancia o adolescencia reportaron más dificultades para comprender y comunicar lo ocurrido. En estos casos, el miedo a no ser creídos o el silencio impuesto por los adultos puede dejar huellas. Por eso, los investigadores sugieren prestar especial atención a los niños o jóvenes que pasen por experiencias de este tipo.
Integrar una experiencia cercana a la muerte puede tomar años, pero el acompañamiento adecuado hace la diferencia.
Integrar una experiencia cercana a la muerte puede tomar años, pero el acompañamiento adecuado hace la diferencia. Representación artística. Fuente: Sora / Edgary Rodríguez R.
Un vacío en la atención y una oportunidad para la ciencia

A pesar de los avances en la comprensión de las experiencia cercana a la muerte, el estudio señala un vacío claro: falta preparación profesional para acompañar a quienes vuelven de esa frontera entre la vida y la muerte. Muchos médicos y terapeutas reconocen el fenómeno, pero pocos saben cómo abordarlo sin prejuicios. Esa carencia puede convertir lo que podría ser un proceso de crecimiento en un periodo de confusión o angustia. Los autores insisten en que el primer paso es formar a los profesionales en la escucha empática y la validación de experiencias espirituales.

El equipo de la Universidad de Virginia, encabezado por figuras reconocidas como Bruce Greyson, pionero en el estudio científico de las experiencia cercana a la muerte, propone incluir este tema dentro de la atención psicológica hospitalaria. Así, los pacientes podrían recibir apoyo temprano, antes de que la confusión o el miedo se acumulen.

El objetivo no es interpretar la experiencia, sino acompañar al paciente en su proceso de integración. Entender que estas vivencias, lejos de ser síntomas, pueden ser parte natural de la condición humana.
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    Categoría salud
    Fundación

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    Edgary Rodríguez R.

Los investigadores concluyen que comprender las necesidades de quienes tuvieron estas experiencias no solo mejora su bienestar, sino que amplía nuestra comprensión de la conciencia. En última instancia, el estudio invita a repensar la frontera entre cuerpo y mente, entre lo clínico y lo espiritual. Y aunque aún quedan muchas preguntas abiertas, una cosa parece clara: acompañar sin juzgar puede ser la diferencia entre una experiencia que transforma… y una que deja heridas.
Referencias

    Pehlivanova, M., McNally, K. C., Funk, S., & Greyson, B. (2025). Support needs after a near-death experience: A quantitative study with experiencers. Psychology of Consciousness: Theory, Research, and Practice. doi: 10.1037/cns0000439

 

 https://www.muyinteresante.com/curiosidades/experiencias-cercanas-muerte-estudio.html?utm_source=firefox-newtab-es-es

viernes, 30 de enero de 2026

Legalizar la prostitución?, por Alfonso Rubio

Leí no hace mucho en la revista Ethic un artículo de Rubén Amón que abogaba por legalizar la prostitución, como remedio a los males que rodean a esta práctica. Critica el señor Amón, y no le falta razón, al partido del Gobierno que parece enarbolar la bandera de la abolición de la prostitución. La verdad es que da cierto alipori escuchar a esos señores tan aficionados a las señoritas de compañía decir ahora que quieren prohibir el oficio, dicen, más antiguo del mundo.


En palabras del periodista, se legisla contra la prostitución desde el púlpito, pero se la consume en diferido. El caso es que no es la primera vez que los señores del PSOE alzan esta bandera, que, para el autor del artículo al que me refiero, no es más que una pieza de atrezzo. La sacan cuando les va bien, a sabiendas de que es una batalla perdida, y, poco a poco, la van arriando, hasta guardarla en el cajón de los temas incómodos. Como si bastara con fingir que se quiere hacer algo para no tener que hacerlo. Algo parecido a lo que hace el PP con el aborto, aunque esto sería motivo de otro artículo.


Hasta aquí, en líneas generales, estoy de acuerdo con Rubén Amón. Continúa diciendo que la prohibición no elimina el fenómeno. Un argumento muy liberal, aunque en este caso, hasta cierto punto, puedo estar de acuerdo. Prohibir la prostitución no va a acabar con ella. Pero el Estado, que debe velar por el bien común, no puede arrogarse el poder de legislar a favor de prácticas que atentan contra la dignidad de la persona. No podemos impedir que cada cual haga con su cuerpo lo que le parezca. Pero tampoco debemos hacer legal una práctica que degrada al que la ejerce. Igual que el Estado no debe legislar, aunque lo haya hecho, en favor del aborto o en favor de la eutanasia. Y estos vuelven a ser temas de otros artículos.


La prostitución, en sí misma, es indigna, no importa que la ampare un marco legal o no.


Acudir a ella libremente, como defienden los liberales, no la dignifica. El que acude a ella libremente lo hace porque su libertad está viciada, o al menos ofuscada por torpes pasiones. Por tanto, legalizar dicha práctica es legalizar la indignidad, es legalizar la degradación de la mujer, es legalizar que los hombres puedan mirar a una mujer (porque son mujeres, no nos engañemos, la inmensa mayoría de las que ejercen la prostitución, y hombres los que acuden a ella) mirarla como si fuera un trozo de carne, como un objeto que se me ofrece desde un escaparate y puedo comprarlo como me compro unos vaqueros o un solomillo de ternera.


Dice el señor Amón en su artículo que legalizar no significa promover, sino que significa reconocer una realidad y proteger a quienes la habitan. Se expresa de maravilla don Rubén, pero en esto estoy en total desacuerdo con él. Quizá legalizar no signifique promover, pero toda práctica legalizada incrementa de manera desbordante su ejercicio. Lo hemos visto con el aborto, lo estamos viendo con la eutanasia (acudan a estadísticas oficiales si no me creen) y lo vemos con la misma prostitución en los países en los que ya se ha legalizado.


En esos países en los que la prostitución es legal no han disminuido los problemas derivados de la misma, sino al contrario, se han incrementado. Los hombres del negocio del sexo siguen existiendo, y siguen explotando a las mujeres, ahora protegidos de alguna manera por un marco legal. Lo que lleva también a muchas mujeres a salirse de esos cauces legales y buscarse el negocio por su cuenta, en la calle. Luego es falso que, legalizando la práctica, se erradica la prostitución callejera. Tampoco desaparecen las mafias, que siguen actuando, especialmente con menores inmigrantes de los llamados países del Tercer Mundo.


Un país que acepta el aborto, decía Santa Teresa de Calcuta, es un país que está enseñando a sus gentes a ejercer la violencia para obtener aquello que desea.


Otro de los argumentos de don Rubén es que no hace falta ejercer la prostitución para defender su regulación. Como, añade, no hace falta abortar para defender el aborto. El sempiterno argumento liberal para defender lo indefendible. En este caso, además, mezcla dos prácticas que nada tienen que ver. Ambas degradan la dignidad de la mujer, y en eso sí se parecen. Pero en el caso del aborto entra en juego una vida ajena, una vida inocente, y eso ya es harina de otro costal. Pienso, y en esto estoy de acuerdo con Rubén Amón, que la abolición no es la solución al problema de la prostitución, pero el caso del aborto (y volvemos a meternos en tema para otro artículo) es totalmente diferente, pues estamos hablando de la eliminación de un ser inocente. Un país que acepta el aborto, decía Santa Teresa de Calcuta, es un país que está enseñando a sus gentes a ejercer la violencia para obtener aquello que desea.


Otro de los argumentos esgrimidos en el artículo para defender la legalización de la prostitución es que la única forma de combatir el delito es consolidar el marco legal. No se está refiriendo a la prostitución al hablar de delito, sino a los que se cometen en torno a ella. Pero ya hemos visto, refiriéndonos a los países en los que la prostitución es legal, que no es así. Que las mafias siguen actuando, que los delitos se siguen cometiendo, y que la legalización no ha logrado proteger a la mujer de las formas de violencia que contra ella se ejercen mediante la práctica de la prostitución.


La abolición no llegará, afirma Amón. Y estoy de acuerdo con él. Los partidos, como hemos visto al principio (hemos hablado del principal partido del Gobierno, pero el principal partido de la oposición no se diferencia en nada al primero en este punto) obedecen a intereses partidistas, esgrimen argumentos hipócritas, y no tienen ninguna voluntad de crear leyes abolicionistas. Estoy también de acuerdo con el señor Amón, y esto quizá choque con el pensar de muchos católicos, que la abolición tampoco es la solución. Dice Santo Tomás de Aquino que en el gobierno humano, quienes gobiernan toleran también razonablemente algunos males para no impedir otros bienes, o incluso para evitar peores males. (Suma Teológica II-IIae, 10-11). Y dice San Agustín (De Ordine, II), apoyando la tesis de Santo Tomás, quita a las meretrices de entre los humanos y habrás turbado todas las cosas con sensualidades.


La solución, por tanto, no es legalizar, sino volver a poner frenos morales que encaucen la sexualidad humana.


¿Cuál es entonces la solución? Bajo mi punto de vista, a esa solución apunta Chesterton, aunque no se esté refiriendo en este caso a la prostitución. Chesterton dice que la sexualidad no es algo malo, más bien al contrario, es algo muy bueno. No puede ser malo algo que viene de las manos de Dios, y que la Iglesia Católica bendice. La sexualidad es algo bueno, como es buena el agua. Pero cuando el agua se desborda (lo hemos visto recientemente con la Dana en Valencia) puede llegar a provocar verdaderas catástrofes humanas. Lo mismo ocurre con la sexualidad. Dentro de sus cauces, es algo maravilloso. Pero si la sacamos de ellos, si dejamos que se desborde, sume al ser humano en la máxima degradación. La solución, por tanto, no es legalizar, sino volver a poner frenos morales que encaucen la sexualidad humana.


Y eso se hace educando en la templanza, apagando los reclamos que encienden el deseo de acudir a la prostitución, formando las conciencias, educando la libertad y enseñando que las acciones tienen consecuencias. Educando en virtudes cada vez serán menos las mujeres que decidan vender sus cuerpos, y cada vez serán menos los hombres que vean en ellas objetos de consumo. Como, desde luego, no se lucha contra la prostitución es con hipocresía y con la doble moral de nuestra sociedad, que pone tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.

 https://www.forumlibertas.com/legalizar-la-prostitucion/

jueves, 29 de enero de 2026

Bodas

 Este año, si Dios quiere, se casan mis dos hijas. Una en mayo y otra en septiembre.  Aparte de los naturales nervios, estoy muy contenta de que formalicen su relación y por la iglesia.

Mi hijo de momento no se quiere casar ni es pareja de hecho. Eso me preocupa porque además tienen una hija. Espero llegar a verlos a todos casados algún día.

https://www.cesarvidal.tv/videos/la-regularizacion-de-los-inmigrantes-a-quien-beneficia-y-a-quien-perjudica

No os perdáis el editorial de César Vidal. Parece que la Iglesia actual nos quiere musulmanes.

miércoles, 28 de enero de 2026

Mentiras que pasan por historia, por Ignacio Hoces



Existen libros escritos para divertir o emocionar al lector, otros para adoctrinarlo, y algunos (los menos) para despertarlo de su letargo. Mentiras, obra recientemente publicada del hispanista argentino Cristian Rodrigo Iturralde, forma parte de esta última y distinguida estirpe. El subtítulo no confunde: 12 mitos sobre el cristianismo histórico que la izquierda quiere que creas. Y esto es así, porque no se trata de pequeñas tergiversaciones aisladas, sino de un sistemático y persistente entramado ideológico que ha trabajado con esmero para desacreditar el fundamental papel del cristianismo en Occidente. No es el anticlericalismo liberal decimonónico, impolítico y comecuras, sino su versión refinada y culturalista del relato progresista que acusa al cristianismo de atraso, misoginia, represión e ignorancia. Contra esa «leyenda negra», disfrazada de academicismo, se alza este libro.  

Estructurado en doce capítulos (uno por cada «mito») y siendo el primero un potente estudio preliminar, Mentiras recorre con rigor y apasionamiento cuestiones tan diversas como las cruzadas, la relación entre cristianismo y ciencia, el trato a los indígenas, el papel de la mujer o la presunta connivencia con la esclavitud y la tortura. Pero en este libro el autor no se limita a negar, sino que documenta, contextualiza y contraargumenta con bibliografía, desde Christopher Dawson a Jean Dumont, de Henry Kamen a Toynbee, pasando por Ricardo García Villoslada. Es decir, es un trabajo de divulgación.

El primer capítulo de la obra es uno de sus mayores aciertos. En él, el autor defiende que la crisis de Occidente no puede entenderse sin su apostasía identitaria. Toda civilización, afirma, florece mientras mantiene una cosmovisión trascendente. El cristianismo fue la cabeza y el corazón civilizatorio de Europa, y su abandono explica en buena medida el desmoronamiento cultural contemporáneo. Como se deduce de la obra de Marc Bloch, la historia es, en buena parte, una lucha contra el olvido. Y, como advirtió Albert Mathiez, toda revolución empieza en los espíritus antes de pasar a las cosas. Por eso el propio autor del libro asevera que «un mal libro de historia puede ocasionar realmente estragos».

Iturralde se inscribe así en la estela de Jean Dumont, Vittorio Messori o Thomas E. Woods, quienes denunciaron hace tiempo la falsificación de la historia de la Iglesia. Pero al igual que ellos, no redacta este ensayo para negar los graves errores y pecados de las personas que conformaron o participamos de la Iglesia, sino para restituir la verdad histórica del cristianismo frente al relato oficial del secularismo militante, que ha demostrado tener mucho más de propaganda que de historia real, ya que como indicó el historiador francés Rémi Brague, existe un esfuerzo por parte de muchos para que la modernidad y el reino del hombre se emancipen de su propia herencia.

El libro de Iturralde puede leerse con facilidad. Contra el mito del cristianismo como enemigo de la ciencia, nos recuerda que fueron cristianos quienes fundaron las universidades, promovieron el saber clásico y protagonizaron el Siglo de Oro, afirmando que «hasta el siglo XX, es inusual encontrar a un científico o intelectual que no sea, al mismo tiempo, un creyente y practicante de la fe». Contra la acusación de misoginia, muestra con análisis comparado que ninguna otra civilización reconoció antes la dignidad de la mujer y la igualdad de sexos. Especialmente esclarecedor es el tratamiento del descubrimiento de América. El autor rescata el hecho, bastante ocultado, de que el emperador Carlos suspendió la conquista en 1550 para determinar su justicia, y argumenta que el cristianismo fue instrumento de humanización. Frente al mito de una evangelización genocida, Iturralde recuerda su dignificación frente a estructuras prehispánicas que practicaban el sacrificio humano y la esclavitud. En ese sentido tituló otro de sus trabajos como «1492 fin de la barbarie, comienzo de la civilización en América».

No faltan capítulos dedicados a desmontar los vínculos con la esclavitud, la tortura o la importancia de la caridad en la Iglesia. Y si bien hay muchos pasajes donde el tono se vuelve combativo, ello responde más a la honestidad del autor que a una falta de rigor o método. Iturralde no se esconde y escribe desde la convicción de que la historia ha sido usada como ariete contra la verdad. Su voz no es, y lo digo además por la amistad que nos une, la de un erudito neutral, sino más bien la de un soldado cultural. Y esto, en una época donde abunda la cobardía intelectual, sin duda se agradece.

Mentiras es, en conclusión, un libro interesante. No porque cierre debates (en historia nada es definitivo, como recuerda el historiador Pedro Carlos González Cuevas), sino porque reabre algunos de los que han sido clausurados por los dogmas contemporáneos o por la militancia ideológica. Y lo hace desde la búsqueda de la verdad. De manera que no es únicamente un ensayo para los convencidos, sino también, y especialmente, para los confundidos, desorientados o equivocados. Y para todos aquellos que, sabiendo que poco encaja en el relato dominante del progresismo cultural, buscan herramientas para resistir sin renunciar a la razón.

Al cerrar el libro uno comprende que se ha declarado una guerra contra el pasado. Que Occidente debe luchar, como ha recordado recientemente Frank Furedi, por su historia. Y que conocerla no es un lujo para eruditos y académicos, sino una necesidad para sobrevivir moralmente en este mundo actual. Mentiras debe leerse como se lee un mapa antes de la batalla. Porque la guerra, aunque nos digan lo contrario, hace tiempo que la empezaron. Y la primera víctima ha sido, como siempre, la verdad. 

octubre 22, 2025

 https://gaceta.es/opinion/mentiras-que-pasan-por-historia-20250810-0100/

martes, 27 de enero de 2026


 

El mal

 Hace ya tiempo que el mundo quiere ignorar la maldad, especialmente en la iglesia católica. El pecado, el arrepentimiento y la redención ya no están de moda.

Se supone que las personas son buenas si tienen las condiciones adecuadas, pero eso no es cierto. Existen la envidia, el rencor, la lujuria, la codicia. Siempre han existido y siempre existirán.

lunes, 26 de enero de 2026

Escasez, por Juan Manuel de Prada

Este verano que ya claudica causó gran escándalo que un famoso escritor sistémico y de izquierdas proclamase: «Si hay una salvación posible para este mundo es recuperar la idea de escasez». La frase, como suele suceder con los titulares de prensa, estaba descontextualizada; pero al personal le molestó que diese estos consejos alguien que nadaba en la abundancia.

A mí la frase me pareció desafortunada por otra razón muy diversa. El concepto de ‘escasez’, referido a nuestro mundo y a nuestra época, se me antoja una burla; pues ni los recursos del planeta son ‘escasos’ (aunque, desde luego, sean finitos) ni me parece serio referirse a la ‘escasez’ cuando la actividad económica de los países capitalistas se orienta obsesivamente hacia el crecimiento, olvidando que su finalidad fundamental no es el mero incremento de la producción, ni el beneficio, sino la atención de las necesidades materiales y espirituales de la comunidad (poniéndoles, por supuesto, unos límites y un orden jerárquico, como conviene a la consecución del bien común).

La salvación del mundo no se cifra en recuperar la «idea de escasez», sino la de justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Otra cosa es que, una vez satisfechas sus necesidades, una persona virtuosa deba amar la pobreza, entendida no como lacra (que siempre debemos combatir), sino como virtud que nos ayuda a desprendernos de los bienes materiales. Pues, en efecto, la posesión de bienes materiales influye en la persona de modo nefasto: el hombre no sólo ‘posee’ las cosas, sino que estas, al estar unidas a su propia existencia, acaban ‘penetrando’ en su interior, acaban adueñándose de su alma, como la célula cancerosa se adueña de nuestro organismo. Pero la virtud de la pobreza no se cultiva desde la ‘escasez’, sino desde el desapego o desprendimiento.

En realidad, recuperar la «idea de la escasez» sólo salva al reinado plutocrático mundial y a los gobernantes malignos que lo sostienen. A ellos les conviene que hagamos de la ‘escasez’ un acto heroico: cambiemos el aceite de oliva por el aceite de girasol, cambiemos el filete por la pizza recalentada, cambiemos el piso en propiedad por el cuchitril alquilado y compartido, cambiemos la prole por la mascota, etcétera; y de este modo salvaremos el mundo. Pero haciendo tales cosas no estamos salvando el mundo; estamos salvando el reinado plutocrático mundial que desea concentrar la riqueza en muy pocas manos (en España, sin ir más lejos, el uno por ciento más rico de la población concentra una cantidad de riqueza superior a la del ochenta por ciento más pobre) y a los gobernantes malignos que actúan a sus órdenes. La invitación a recuperar la «idea de escasez» que nos hacía el escritor sistémico concuerda con esos reportajes que asiduamente publican los medios de cretinización de masas, presentando como modelos sociales a esos pobres diablos que, para reducir gastos, ponen la lavadora en el conticinio; o popularizando anglicismos repugnantes como staycation (vacaciones en casa) o coliving (compartir vivienda). No hay ‘escasez’ de fluido eléctrico, como no la hay de plazas hoteleras o de viviendas; lo que hay es gente que carece de recursos para permitírselos. Pero el reinado plutocrático mundial pretende que esa gente ‘perciba’ la lacra de la pobreza que los aflige como una tendencia cool o una elección creativa y solidaria con el planeta.

En el planeta no hay ‘escasez’, sino acaparamiento. Y más que la «idea de la escasez» habría que recuperar la idea de una ‘economía’ que no sea ‘crematística’ (según la distinción clásica de Aristóteles) y permita que la abundancia existente se reparta más equitativamente, atendiendo a las necesidades y a los méritos de cada uno, sin permitir desigualdades abusivas y sin imponer un igualitarismo abusivo, sino atendiendo a la contribución que cada uno hace al bien de la comunidad. Asumir la «idea de la escasez» me parece más bien una forma de conformismo peligrosa, una variante de aquella «servidumbre voluntaria» a la que se refería La Boétie en su clásico discurso; sólo que con la habilidad de hacer creer quiméricamente al siervo que está salvando el mundo, para que su pobreza tenga un efecto euforizante.

Curiosamente, la izquierda nunca abogó por la escasez mientras fue materialista, sino que aspiraba a crear riqueza suficiente para que nadie la padeciese, combatiendo la injusticia (otra cosa es que esa aspiración la lograse). Ahora la izquierda se ha tornado idealista y asume la injusticia, invitando a quienes la sufren a ‘superarla’, pues se trata de una fatalidad que no podemos cambiar y a la que debemos adaptarnos. 

 https://noticiasholisticas.com.ar/escasez-por-juan-manuel-de-prada/

Hace diez años

Cuando os digo que hace años yo escribía mucho más y mejor sospecho que algunos no me creen. Es cierto que perdí la inspiración en poco tiem...