Algunos jóvenes han sido engañados, se equivocan. Dicen que no se casan por si algo sale mal, que no se compran casa si no es la perfecta en el lugar soñado, que no tienen hijos si no hay casa… lo que no saben es que si sus padres y abuelos hubiéramos hecho eso, no existirían.
Hay que decirles que la vida es el camino, no el destino. Que actuar siempre temiendo el peor de los supuestos en lugar de basarse en la esperanza de que todo irá bien, puede conducirles a llegar tarde a todo a los 50 años.
Casi nadie tuvo nunca su casa perfecta como primera vivienda, pero el amor está donde tu pareja te abraza. Ya se mudarán, ya cambiarán. Tampoco hay que ser rico con todo estable para tener hijos, la biología no perdona a la mujer, y son esos hijos los que te convierten en parte de una familia, no tener perrijos ni gatijos.
Es un error que copian unos a otros, y que puede costarles muy caro con el tiempo. Se están perdiendo la vida a cambio de coleccionar países.
El guoquismo los ha engañado pero no lo saben, creen que es decisión propia, no lo es. La corriente se está revertiendo, regresan las bodas tradicionales (ellos las llaman “bodorrios” con cierto desprecio) donde hay poco sacramento y demasiada barra libre. Sin embargo, para muchos ya es tarde, buscando la perfección se quedarán sin nada por no haber cerrado pactos de amor apostando por aquella buena persona, imperfecta, que una vez se enamoró de ellos. Nunca es el momento, dicen, buscan una estabilidad efímera que les vendió una sociedad que dice que los partos estropean el cuerpo, que los niños quitan libertad, que el compromiso es perderse experiencias sexuales y que todos los recursos deben ser para presumir de haber estado en Thailandia, todos viajan a los mismos sitios, orientados por influencers sin criterio, destrozadores de contenido, y personas infelices que creen que nunca van a envejecer.
Les han engañado, pero los de 20 ya se están dando cuenta y están a tiempo.
Un aullido.
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