Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

viernes, 21 de marzo de 2025

La dictadura de la libertad y los odiadores del amor

 

Las cosas son lo que son y no lo que la etiqueta dice que son. Otra forma de verlo es que si a una botella de agua le pones una etiqueta que pone ginebra, lo que hace que sea ginebra o agua no es la etiqueta sino el contenido. Una etiqueta que pone ginebra en un botella de agua, o viceversa, es una etiqueta equivocada, o una mentira, una estafa, un bulo. La etiqueta sigue a la sustancia y no a la inversa, parece evidente pero en política no lo es tanto, porque en política el juego consiste en ponerse a sí mismo una etiqueta que pone “maravilloso” y colgarle al contrario una que pone “veneno”.

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Si, por ejemplo, analizamos las medidas que el sanchismo pretende implantar para “mejorar” y “regenerar” la democracia, la pregunta es si el etiquetado realmente se corresponde con una mejora de la democracia o si, por el contrario, lo que se pretende es recortar la democracia y otorgarle poderes extraordinarios al gobierno.

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Podemos preguntarnos en esta línea si otorgar poderes extraordinarios al gobierno para luchar contra la desinformación y los bulos es regenerar la democracia o degenerarla. En primer lugar porque los partidos en el gobierno o con el gobierno no son precisamente los menores emisores de bulos. No habrá amnistía, traeré a España a Puigdemont para que responda ante la justicia, no pactaré con Bildu. Las mentiras y la desinformación del gobierno no sólo afecta a cuestiones estrictamente políticas. El covid era un catarrillo por el que no tenía sentido suspender el 8M. Las mascarillas eran inútiles. Las mascarillas después eran imprescindibles. Si habías estado con un contagiado podías seguir haciendo vida normal mientras no tuvieras síntomas. Si habías estado con un contagiado, poco más tarde, tenías que ponerte en cuarentena hasta ver que no desarrollabas los síntomas. Lo blanco puede ser negro o primero blanco y después negro, cuando se trata del gobierno. Lo que está claro es que democracia es que sea el gobierno el que está bajo vigilancia y no que sea el gobierno el que nos vigila a todos.

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Cuando criticar al gobierno se convierte en “desinformar”, hay que ponerse en guardia frente al gobierno. Muy particularmente cuando el gobierno pretende dar el paso entre desmentir a quienes le critican y perseguirlos. ¿Hay alguna democracia en la que no se pueda criticar al gobierno? ¿Hay alguna dictadura en que se pueda criticar al gobierno? ¿Hay alguna democracia en la que el gobierno decida lo que es verdad y lo que no y lo que, consiguientemente, se puede publicar y lo que no? ¿A dónde nos lleva este gobierno?

Criticar al gobierno es libertad de expresión. Es un derecho fundamental. La libertad de expresión no puede ser una concesión graciosa del gobierno para alabar al gobierno. No se puede dejar en manos del gobierno, al menos en una democracia, lo que se puede decir del gobierno y lo que no. La única garantía para poder criticar al gobierno no puede ser formar parte del grupo de partidos cuyos votos sostienen al gobierno.

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Que el gobierno elija a los jueces que tienen que juzgar lo que hace el gobierno tampoco es regenerar la democracia sino todo lo contrario. La esencia de un juez es que no sea nombrado por una de las dos partes en litigio. Si en un conflicto con el gobierno el juez lo nombra el gobierno no hay posibilidad de un juicio justo. No hay democracia. La cualidad fundamental de un juez entre dos partes es que el juez sea independiente de las dos partes. Por supuesto esto también rige en caso de que una de las partes sea el gobierno. Es más, esto rige especialmente cuando una de las partes es el gobierno.

Nadie instaura una dictadura en estos tiempos llamándola dictadura. Pero esto no significa que no haya en el gobierno enemigos de la libertad, sino que a la dictadura para poder venderla hay que llamarla de otra manera, por ejemplo regeneración de la democracia o batalla contra la desinformación. Si quieres convertir una democracia en una dictadura no lo puedes vender así, lo tienes que etiquetar como una mejora o una regeneración de la democracia. Volvemos al principio. Volvemos a lo que las cosas son realmente y no al etiquetado con que se venden.

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En la famosa novela de Orwell titulada 1984, el gobierno tenía 4 ministerios: al encargado de mentir al pueblo se le llamaba Ministerio de la Verdad, al ministerio encargado de la guerra se le llamaba Ministerio de la Paz, al ministerio encargado del racionamiento se le llamaba Ministerio de la Abundancia, y al ministerio de la represión se le llamaba Ministerio del Amor. El protagonista de 1984, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su trabajo consistía en borrar de la hemeroteca todas las promesas incumplidas del gobierno. No habrá amnistía, no pactaré con Bildu… Con la hemeroteca de Pedro Sánchez habría que buscarle una legión de ayudantes al pobre Winston.

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¿A quién hay que odiar? Al que se señala como odiador. El discurso del gobierno contra los llamados discursos de odio es un puro discurso de odio. Hay que exterminar a los odiadores, erradicarlos, taparles la boca, señalarlos, excluirlos, sacarlos de la vida política, construir alrededor de ellos un cordón sanitario, o mejor un muro. Todo odio contra el odiador es poco, está justificado y no es voluntario. Dice que envenena la convivencia gente que a todo el que no piensa como ella le llama fascista, enfangador, odiador, asesino de abuelos en las residencias,, ladrón. Naturalmente quien decide qué es o qué no es un discurso de odio y a quién hay que odiar es nuevamente el gobierno. “La regeneración democrática” es odiar todo lo que no sea el gobierno.

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A lo que vamos es a que las palabras no significan nada. O sea, las palabras sí significan algo cuando hay una concordancia entre el signo y la cosa significada. Decir que una botella es de leche significa algo cuando lo que hay dentro de la botella es leche. Y si en vez de leche no sólo hay otra cosa sino que esa otra cosa es veneno estamos ante una mentira muy peligrosa. Ya sabe lo que hace el que cambia la etiqueta, porque nadie salvo que sea suicida se bebe una botella de veneno con una etiqueta que pone veneno.

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 https://www.navarraconfidencial.com/noticias/la-dictadura-de-la-libertad-y-los-odiadores-del-amor/

jueves, 20 de marzo de 2025

Hay de todo en la viña del Señor

 Eso es una gran verdad. Hay buena gente y también hay mala gente. Tendemos a tratar de justificar a los que hacen mal por sus orígenes y sus circunstancias.

Sin embargo, en el mismo caso otros no caen en el mal, sino que sacan el mejor partido. De manera que no es tan fácil decidir quién tiene razón. Sólo Dios lo sabe.

Yo creo que hay gente mala por naturaleza. Me he cruzado con alguno y no creo que intentar ignorarlo mejore las cosas.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Cinco tipos de insultos con los que te atacan los globalistas

 Agustín Laje, en su libro “Globalismo: Ingeniería Social y Control Total en el Siglo XXI”, explica que el globalismo es el proyecto más ambicioso de la historia. Y al mismo tiempo, uno de los más peligrosos, pues el control político y económico que pretende comienza con el control mental que se desarrolla a través del lenguaje.

Laje hace referencia a dos tipos de palabras clave que juegan un papel central en la manipulación del discurso globalista: las palabras talismán y las palabras malditas. Las palabras talismán tienen el poder de santificar cualquier expresión que las contenga, convirtiéndola en incuestionable y, al mismo tiempo, inhibiendo cualquier crítica o duda sobre ellas. Este fenómeno genera un ambiente en el que las ideas dominantes se imponen sin oposición, privando a los individuos de su derecho a opinar.

Por otro lado, las palabras malditas funcionan como armas de descalificación a todo aquel que se atreve a disentir. Estas son utilizadas por los globalistas para estigmatizar y silenciar a aquellos que cuestionan su agenda, su discurso o sus directivas.

Laje identifica cinco tipos principales de estas etiquetas:

    Las que patologizan al disidente, como el sufijo «-fóbico» (por ejemplo, «homofóbico», «transfóbico», «gordofóbico»). Esta estrategia busca asociar cualquier crítica o desacuerdo con una ideología determinada con un trastorno mental o una desviación patológica de la norma social que ellos sufren, ya que son una amenaza para la salud mental colectiva que necesitaría ser tratada o curada.
    Las que colocan al disidente en una posición extremista, como «extrema derecha» o «ultraderecha», con el objetivo de pintar a aquellos que se oponen al globalismo como figuras radicales, sin matices, sin justificaciones racionales. Laje sostiene que este es un recurso frecuente para desvirtuar las críticas al globalismo, sugiriendo que los opositores no tienen un marco teórico o filosófico coherente, sino que están guiados por una especie de odio irracional hacia el «progreso». Desde una perspectiva conservadora, esta es una táctica comúnmente utilizada por la izquierda progresista para asociar la defensa de los valores tradicionales con el extremismo.
    Las que apelan a fantasmas del pasado, como «fascista» o «nazi», asociando a quien se opone al globalismo con regímenes totalitarios pasados. Esta estrategia es una de las más efectivas, ya que evoca los horrores del fascismo y el nazismo, y sus implicaciones morales son tan profundas que el simple uso de estos términos genera repulsión inmediata. Sin embargo, como argumenta Laje, el uso indiscriminado de estos términos no solo es una distorsión histórica, sino que también busca ocultar el verdadero significado de los movimientos políticos de hoy, como el conservadurismo y el nacionalismo, que nada tienen que ver con los regímenes totalitarios del pasado.
    Las que expulsan al disidente de la historia actual, tildándolo de «retrógrado», «medieval» o «arcaico». Para los globalistas, aquellos que defienden los valores tradicionales, como el respeto a la familia, la identidad cultural o la soberanía nacional, están desfasados o perdidos en el pasado. Esta es una estrategia para desposeer de legitimidad el anhelo por preservar las tradiciones nacionales y culturales, asociándolas con un supuesto estancamiento en el tiempo, cuando en realidad son expresiones de resistencia frente a un proyecto que busca homogenizar las culturas y civilizaciones del mundo bajo un solo molde globalista.
    Las que descalifican como un delirio todo argumento que desafíe las agendas globalistas, tales como «negacionistas», «conspiranoico» o «alarmistas». Esta estrategia tiene como objetivo ridiculizar a quienes se oponen a la narrativa oficial del globalismo, haciendo que sus preocupaciones sean vistas como irracionales y sin fundamento. esta es una clara forma de silenciar la disidencia y aniquilar cualquier posibilidad de debate abierto, mientras se impone una narrativa única que no admite cuestionamientos.

¿Cuál es el antídoto para esta venenosa narrativa globalista?

Laje nos advierte, pero también nos conduce en la manera de libramos de estos ataques globalistas.  Nos dice que estas “palabras malditas” solo tienen poder en la medida que las aceptemos como parte del lenguaje con el cual nos comunicamos. Su influencia se debilita cuando decidimos impugnarlas y dejamos de otorgarles autoridad.

Para ello, existen dos vías principales: la ridiculización y la argumentación.

La ridiculización implica señalar y evidenciar los absurdos de estas etiquetas de manera creativa y accesible. Se trata de quitarle el aura de sacralización que el globalismo otorga a estas palabras. Por ejemplo, podemos referirnos a “Diversidad”, “Equidad” e “Inclusión” como el credo DEI de la santísima trinidad globalista.

La argumentación se enfoca en impugnar racionalmente el vacío conceptual que subyace detrás de estas palabras. No es difícil cuestionar ideologías como la diversidad cuando cree rígida y dogmáticamente que todo lo diverso es inherentemente bueno, y al mismo tiempo propone el igualitarismo que ignora la naturaleza diversa de la condición humana. La argumentación puede evidenciar las innumerables contradicciones del discurso globalista compuesto por numerosos microrrelatos.

La ingeniería social es la herramienta de un sistema global que pretende moldear a la sociedad a través del poder de la tecnología y el lenguaje. Esto se logra, en gran parte, mediante la desinformación en los medios de comunicación, el adoctrinamiento en las escuelas y, en muchos casos, las leyes sancionadoras que imponen quienes nos gobiernan. Es por esto que resulta fundamental comprender que el discurso es una de las mayores amenazas del globalismo, un medio a través del cual estos actores buscarán ejercer un control total sobre el mundo, a menos que se dé una batalla cultural que exponga las falacias del lenguaje impuesto.

En conclusión, la narrativa de los globalistas no está formado por simples insultos, sino por herramientas políticas profundamente efectivas para controlar el discurso y evitar la confrontación de ideas. La manipulación del lenguaje es un ataque directo contra la libertad de pensamiento y la autonomía cultural.

Si has sido víctima de estos insultos para ser estigmatizado por tus opiniones, alégrate. No eres irrelevante para los agentes del globalismo.

Ahora sabes que en el manual del globalista existen estos 5 tipos de descalificación con los que buscarán silenciarte.

Es fundamental comprender que el lenguaje es una batalla política por excelencia, y la resistencia al globalismo debe empezar por recuperar las palabras y devolverles su verdadero significado, basadas en la lógica, la razón y la defensa de los valores nacionales.

 https://adelanteespana.com/5-tipos-de-insultos-con-los-que-te-atacan-los-globalistas-carlos-polo-y-jose-martinez

martes, 18 de marzo de 2025

De la revancha lingüística al fracaso escolar

 De las cosas que han pasado y están pasando últimamente, no es la menor ni la menos importante la visita de una misión de observadores de la UE para ver qué pasa en las escuelas catalanas. Tristes eran las denuncias que acabaron forzando la existencia de esta misión. Más tristes aún son sus conclusiones. La miseria académica, política e intelectual del «model d’èxit de l’escola catalana» (sic) ha quedado trágicamente al desnudo.

Va ya para cuarenta años que las aulas en Cataluña (y en toda España) saludaron el fin del franquismo como una oportunidad de abrir puertas, ventanas y, por qué no, lenguas enteras, que hasta entonces no había podido abrir nadie. Quien firma esto recuerda perfectamente lo que es tener una abuela materna que se murió siendo analfabeta o no hablando una palabra de español. Una cosa llevaba a la otra porque si, como mi señora abuela, te habías criado en el campo, en lo más umbrío y recóndito del Montseny, el español solo lo podías aprender yendo a la escuela. Justo ese lugar que la madre de mi madre no llegó a pisar nunca.

La recuerdo ya de mayor, viendo a los payasos de la tele en TVE, haciendo como que se enteraba, pero no. Hasta el fin de sus días estuvo convencida de que, en español, tortilla se decía «truitada», y corbata, «curbatuela». Palabros sacados de la manga en alguna ocasión en que, por lo que sea, le interesó inventarse la lengua que no hablaba. Como aquel día que fue a revisarse la vista y, tras media hora de frenético examen, con el oftalmólogo al borde de la apoplejía al ver que mi abuela no era capaz de reconocer, ni teniéndola a un palmo de la cara, una sola letra del alfabeto, convencido de habérselas con un topo de inminente ceguera absoluta, va ella y se pica: «Oiga, que para no saber leer, no lo he hecho tan mal». ¡Acabáramos!

¿Acabarán los escolares catalanes actuales como mi abuela? No, porque viven en un mundo mucho más poroso y abierto donde todo el mundo sabe leer y escribir (si no hacemos mucho caso de las pruebas PISA). Pero ojo que, más espesos aún que los muros de la ignorancia o el analfabetismo, son los del odio. Cuando la ideología se come a la pedagogía y un miserable activismo revanchista barre toda lógica, cuando la mediocridad deviene hipnótica, faltona, matona e insultante, estamos todos perdidos. Nos consideremos de derechas o de izquierdas.

Lo peor, lo más grave que han detectado los observadores europeos, empezando por la cabeza de la misión, Yana Toom, es la mala fe fundamental de la Generalitat independentista y su cada vez más agresiva imposición del catalán como lengua única de la escuela. Que no es que se equivoquen y no lo sepan hacer mejor, no: es que han decidido hacerlo así porque creen que ahora les toca a «ellos». Que si Franco se salió con la suya cuarenta años seguidos, ellos no van a ser menos. Les da igual si los platos rotos los paga un niño con Asperger, una familia recién llegada a Cataluña o simplemente un padre o una madre que no se resignan a que su hijo crezca pensando que su lengua materna, la castellana, es de segunda división.

Hasta aquí, las responsabilidades del separatismo. Hablemos de los presuntos progres que les han dado alas. En los años ochenta, la izquierda catalana clásica pega un giro copernicano de esos que ahora con Pedro Sánchez son el pan de cada día, pero entonces aún llamaban la atención. De decir, como decía Jordi Solé Tura, que la lengua había sido un arma política en manos de la burguesía, a venderles a los inmigrantes y a los obreros que solo hablando catalán saldrían de extranjeros y de pobres.

Con la inmersión se buscó/pretendió/escenificó una alianza entre catalanistas atormentados y castellanohablantes recién llegados que, de hacerse de buena fe, habría sido un milagro. Ciertamente sin la buena voluntad de infinitos andaluces, murcianos, extremeños, etc. que abrazaron la lengua catalana como propia, esta habría sido mucho más difícil de normalizar, de llevar a la centralidad legal, cultural, mediática y administrativa que ahora ocupa en Cataluña.

¿No va siendo hora de renovar y actualizar aquellos votos, aquella alianza? Pretender a día de hoy que la lengua catalana se va a extinguir si dejamos de machacar la otra lengua propia y oficial, tiene todavía menos credibilidad que en tiempos de mi abuela. ¿No va siendo hora de reconocer que por las mismas razones que había que cuadrarse en defensa del catalán en los años 60 ó 70, hay que hacerlo ahora en defensa del español? ¿No va siendo hora de reconocer y recompensar el esfuerzo de todos aquellos que, pudiendo ser arrogantes y catetos, eligieron ser generosos y bilingües? ¿Hasta cuándo se va a pretender impunemente que alguien es extranjero en esta tierra por hablar español, idioma que por cierto no fue ningún invento ni experimento franquista en Cataluña, sino que ha sido lengua legítima y propia de muchos, muchísimos catalanes desde hace siglos y sigue siendo la lengua madre de la mayoría? A los nietos de los nietos de mi abuela, ¿les van a negar el orgullo de aprender y disfrutar todo lo que ella no pudo? ¿Y con malos modos, encima? Ay la «iaia» si levantara la cabeza y esa escopeta de cartuchos de sal que solía disparar contra los listos que intentaban robarle la fruta... No digamos el alma...

 https://www.larazon.es/educacion/revancha-linguistica-fracaso-escolar_2024022165d54b9c82085c00018ed76f.html

lunes, 17 de marzo de 2025

Hacer el paripé

 Significa fingir que haces algo, cuando realmente no estàs haciendo nada. Parece escrito para el pp partido popular español. Desde Aznar llevan fingiendo que son la oposición cuando la verdad es que no se oponen a nada.

Lo único que hacen es sentarse a verlas venir, a que les toque su turno. Mientras tanto fingen que no estàn de acuerdo con el gobierno o últimamente creo que ya no se molestan ni en fingir.

domingo, 16 de marzo de 2025

Señalar al enemigo

 



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José Javier Esparza

Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Señalar al enemigo: ¿seguro que sólo es Rusia?

11 de marzo de 2025

La Unión Europea ha decidido que Rusia es el enemigo. Lo dijo sin disimulo la presidente de la Comisión, Úrsula von der Leyen, y lo ha repetido después el presidente de Francia, Emmanuel Macron. Rusia es el enemigo, amenaza nuestra seguridad colectiva y, por tanto, hemos de armarnos contra ese país. 


Señalar al enemigo es el acto fundamental de lo político, decía Carl Schmitt. No lo inventó él: la misma idea aparece en los tacitistas españoles del XVII, como Álamos de Barrientos. Si lo político consiste en asegurar la supervivencia de la polis, es lógico pensar que lo primero es señalar al que nos amenaza. Lo cual, por cierto, implica reconocer que, por lo general, es el enemigo el que antes te ha señalado a ti, como recordaba Julien Freund. En el nuevo discurso europeo, según parece, se da por hecho que Rusia nos amenaza (nos ha señalado como enemigo) y por eso nosotros tenemos que señalarla a ella. Hasta aquí, todo claro.


No obstante, parece que se está pasando por alto una pregunta previa de la mayor importancia, a saber: quiénes somos «nosotros», es decir, quienes somos esa polis que debe defenderse del enemigo. En términos de política práctica, un enemigo es toda aquella potencia que amenaza la seguridad de tu espacio territorial (las fronteras), la supervivencia económica de tu comunidad o la independencia de tus instituciones. Son esas tres cosas las que configuran materialmente la supervivencia de la Polis. Y en ese sentido, como recordaba recientemente Alexandre del Valle, hay razones para arquear una ceja cuando se señala a Rusia como enemigo colectivo de los europeos. Rusia es, ciertamente, enemigo de Ucrania, cuyo territorio ha invadido contra toda legalidad, y puede ser también percibido como tal por los países bálticos, siempre expuestos tras una frontera demasiado frágil. Pero es mucho más difícil considerar que Rusia sea enemigo de Francia, Italia o España. Puede ser una potencia incómoda e inamistosa, alguien con quien no es grato tratar, gobernada por un sistema que podemos juzgar con los dicterios mas severos, pero un enemigo, en los términos estrictamente políticos de los que hablamos, no es: porque no amenaza nuestra integridad territorial (nunca ha invadido un país de la UE ni de la OTAN), no amenaza nuestra supervivencia económica (antes al contrario, seguimos comprándole masivamente gas) y no ha amenazado la independencia de nuestras instituciones, por más que aquí y allá aparezcan conspiraciones frecuentemente tan fantasmagóricas como aquellos supuestos 10.000 soldados rusos que iban a invadir Cataluña para hacerla «independiente».


Si esto es así, ¿por qué las instituciones europeas deciden que Rusia es «nuestro enemigo»? La clave está en el nosotros. Y es una pregunta de la mayor importancia, porque nos remite al sujeto mismo de la soberanía política. Por decirlo en dos palabras, podemos representar ese «nosotros» como «los europeos» o podemos representarlo como todas y cada una de nuestras naciones individualmente consideradas (por ejemplo, como españoles). Podemos asumir el «nosotros» europeo porque estamos inevitablemente vinculados a pactos como la UE y la OTAN, pero entonces habría que hacerse algunas preguntas suplementarias. Por ejemplo: ¿cabe aquí el Reino Unido? ¿En nombre de qué? ¿De la OTAN o de una Europa que ya no es la UE? Y si es la OTAN, ¿es posible imaginarla sin los Estados Unidos? También por ejemplo: ¿en qué medida amenaza realmente Rusia al conjunto de una Europa así considerada? Los partidarios del rearme suelen aludir a la opinión de los expertos, «los que saben de esto», pero ¿esos quiénes son? ¿Los mismos que han ideado el monstruoso escenario sirio? No parecen juicios muy fiables. Por otro lado, esa táctica de señalar al enemigo y anunciarlo a los cuatro vientos antes de estar preparado para hacerle frente no parece la maniobra más inteligente del mundo. Como esta gente es cualquier cosa menos idiota, necesariamente hay que pensar que nos ocultan el verdadero objetivo. Probablemente se trata de esto: crear una atmósfera de miedo lo suficientemente intensa como para que la ciudadanía acepte sin rechistar los sacrificios económicos y sociales que el rearme exige. Rearme que, a su vez, no vendría causado por la inminente amenaza de que los tanques rusos desfilen por los Campos Elíseos, sino porque los Estados Unidos se han hartado de correr con la minuta del gasto.


Bien. Ahora volvamos a la pregunta esencial: ¿quién es nuestro enemigo como europeos? ¿El que fragiliza nuestras fronteras? Pero ha sido la propia oligarquía de Bruselas la que ha fragilizado nuestras fronteras con una política de inmigración demencial. ¿El que amenaza nuestra supervivencia económica? Pero ha sido la oligarquía de Bruselas la que ha erosionado nuestra potencia económica con las imposiciones de un «pacto verde» que ha multiplicado las trabas al crecimiento. Datos: hace quince años, el tamaño de la economía europea superaba en un 10% al de EEUU, pero en 2022 era un 23% inferior; el PIB de la Unión Europea (incluyendo Reino Unido antes del Brexit) ha crecido en este periodo un 21% (medido en dólares), frente al 72% de EEUU y el 290% de China. ¿Quién es, pues, nuestro enemigo? ¿El que pone en peligro la independencia de nuestras instituciones? Pero la oligarquía de Bruselas lleva años socavando la independencia de nuestras instituciones en países como Polonia o Hungría, tomando partido contra candidatos democráticos como se hizo en su día con Giorgia Meloni, limitando libertades públicas (véase el caso británico, ahora que al parecer vuelven a ser «europeos») o, en el colmo del abuso, amparando la anulación de unas elecciones libres en Rumanía. En términos de política clásica, la oligarquía que en los últimos años ha venido rigiendo las instituciones europeas es un enemigo de los europeos más eficaz que cualquier política extranjera. ¿Y en esa oligarquía hemos de confiar ahora para que señale a nuestro enemigo? La propuesta tiene algo de suicida.


Ahora formulemos la misma pregunta ya no como europeos, sino como españoles, estatuto que, por si alguien lo ha olvidado, sigue siendo el único que nos confiere cierta soberanía como ciudadanos. ¿Quién pone en peligro nuestra integridad territorial? En el exterior, y al margen de la vergüenza de Gibraltar, sólo Marruecos, que es el único país que ha repetido hasta la saciedad su ambición de arrancarnos parte del territorio nacional. ¿Quién amenaza nuestra supervivencia económica? En términos prácticos, todos los que hacen menguar nuestra capacidad para procurarnos alimentos, energía e industria, y aquí solo es posible mirar a Bruselas con la alegre aquiescencia de los gobiernos españoles. ¿Quién, en fin, amenaza nuestras instituciones? Aquí, una vez más, la respuesta no atañe tanto a Rusia como a nuestro propio sistema, empezando por el vigente gobierno. O sea que nuestro enemigo, como españoles, está más dentro que fuera y, desde luego, su amenaza no va a menguar por mucho que nos rearmemos para hacer frente al «peligro ruso».


¿Señalar al enemigo? Sea, pero aclarando antes quién es el que se ha de defender, quién es el que se ha de proteger. Si se trata de los españoles, nuestros intereses objetivos, materiales, están muy lejos de los que predican en Bruselas. Y equivocarse a la hora de señalar al enemigo es el error más fatal que una nación puede cometer.

https://gaceta.es/opinion/senalar-al-enemigo-20250311-0500/

sábado, 15 de marzo de 2025

Muertes irregulares en ontario por eutanasia

El pasado 11 de noviembre de 2024, un ensayo de investigación escrito por Alexander Raikin, publicado en The New Atlantis, sacudió el debate público al revelar que al menos 428 muertes irregulares por eutanasia en Ontario, Canadá, no cumplieron con los requisitos legales.

    El informe denuncia que las autoridades, lejos de tomar cartas en el asunto, han decidido mirar hacia otro lado, sumiendo estos casos en el silencio y ocultándolos del escrutinio público.

Esta revelación no solo cuestiona el funcionamiento del sistema de atención médica asistida en Ontario, sino que arroja sombras sobre la implementación de la eutanasia en Canadá. Las cifras son escalofriantes, pero más aterrador es el hecho de que, pese a las irregularidades, ninguna acción penal se ha tomado contra los responsables.

    ¿Qué implica que un cuarto de los proveedores de eutanasia en Ontario hayan incurrido en incumplimientos legales sin ningún tipo de consecuencias?

La normalización de la irregularidad

El trabajo de Raikin comienza explicando cómo funciona la regulación de la ley de eutanasia en Canadá, un proceso que está controlado tanto por la legislación penal como por regulaciones provinciales y federales.

En principio, la no conformidad con estas regulaciones podría llevar a procesos judiciales e incluso penas de cárcel. Sin embargo, los hallazgos de Raikin muestran un panorama muy diferente: desde 2018, las autoridades provinciales han documentado cientos de «problemas de cumplimiento» con la ley, sin que ninguno haya derivado en una investigación criminal.

El Dr. Dirk Huyer, jefe de la oficina del forense de Ontario, ha sido el encargado de monitorear y velar por el cumplimiento de la ley de eutanasia en la provincia. Según el informe, entre 2018 y 2024, su oficina identificó numerosos casos de «incumplimiento», que van desde salvaguardas rotas hasta casos en los que los pacientes podrían no haber sido realmente capaces de dar su consentimiento. No obstante, en lugar de remitir estos casos a las autoridades correspondientes, Huyer y su equipo se limitaron a mantener «conversaciones informales» con los proveedores o enviar correos electrónicos «educativos».
Incumplimientos desde el comienzo

La historia de la eutanasia en Canadá ha estado marcada por la no conformidad desde sus inicios. En un estudio publicado en 2017, Huyer y sus coautores ya identificaban incumplimientos graves en los primeros 100 casos de eutanasia practicados en Ontario.

    Por ejemplo, sólo el 61% de los médicos cumplieron con la obligación de notificar al farmacéutico el uso de medicamentos destinados para la eutanasia, un requisito fundamental para garantizar la transparencia del procedimiento.

Otro problema recurrente fue el incumplimiento del periodo de espera de 10 días, una medida que estaba diseñada para asegurar que los pacientes tuvieran el tiempo suficiente para reflexionar sobre su decisión. En cambio, los informes documentan casos en los que este periodo fue acortado debido a «solicitudes persistentes» de los pacientes o por «la inconveniencia del momento» para las familias, mostrando así una preocupante laxitud en la aplicación de las salvaguardas.
El silencio cómplice de las autoridades

Quizá el aspecto más perturbador de la investigación de Raikin es la decisión consciente de las autoridades de no actuar frente a los incumplimientos de la ley.

En un video desenterrado por Raikin, el Dr. Huyer admite ante un grupo de enfermeras practicantes que algunos proveedores de eutanasia continúan sin responder a la norma y que persisten en sus prácticas irregulares. Sin embargo, ni siquiera esta admisión ha desencadenado cambios significativos. La decisión de no remitir estos casos a la policía o de no abrir investigaciones judiciales demuestra un preocupante nivel de negligencia institucional.
El caso del Dr. Eugenie Tjan

Uno de los casos más ilustrativos es el del Dr. Eugenie Tjan, una profesional que sigue ejerciendo la medicina palliativa y la eutanasia en Ontario a pesar de haber estado involucrada en uno de estos incidentes de incumplimiento. En este caso, el Dr. Tjan llevó medicamentos incorrectos al domicilio del paciente y demostró no tener la preparación adecuada para llevar a cabo el procedimiento. A pesar de la gravedad de estos hechos, la respuesta de las autoridades fue limitarse a remitir el caso al Colegio de Médicos, sin ningún tipo de repercusión penal.
Consecuencias para los más vulnerables

La falta de acciones contundentes por parte de las autoridades ha creado un sistema donde las violaciones a la ley de eutanasia se normalizan, afectando especialmente a los más vulnerables. El informe de Raikin menciona que un 12% de los casos de eutanasia en pacientes con demencia presentaron problemas de cumplimiento, mientras que un 15% de los casos de eutanasia en personas que no eran terminales también mostraron incumplimientos. Estos datos muestran que los pacientes con enfermedades crónicas o cognitivas están particularmente expuestos a ser víctimas de prácticas negligentes.

Uno de los aspectos más preocupantes es la capacidad de consentimiento de los pacientes.

    La eutanasia en Canadá se aprobó bajo la premisa de que solo podrían acceder a ella aquellos adultos competentes, capaces de dar su consentimiento informado.

Sin embargo, el reporte de Raikin destaca que en muchos casos no fue posible establecer si los pacientes realmente tenían la capacidad para consentir. Esto pone en entredicho uno de los pilares fundamentales del programa de eutanasia canadiense.
El riesgo de la indiferencia

Canadá implementó la eutanasia bajo el supuesto de que sería un proceso altamente regulado y seguro, disponible solo para aquellos que realmente lo necesitaran. Sin embargo, la realidad mostrada por la investigación de Raikin es la de un sistema plagado de incumplimientos, donde la supervisión parece haber sido sustituida por un deseo de evitar la controversia y mantener la apariencia de normalidad.

La investigación de Alexander Raikin revela una cruda verdad: el público ha sido mantenido en la oscuridad sobre las irregularidades en las muertes por eutanasia porque las autoridades han decidido que no hay nada que ver. Esto no solo plantea serias preguntas sobre la implementación y supervisión de la ley de eutanasia en Canadá, sino también sobre el papel de las autoridades responsables de velar por el cumplimiento de las leyes.

El caso de Ontario, que representa un tercio de las muertes por eutanasia en Canadá, es probablemente solo la punta del iceberg. La falta de transparencia y la renuencia a actuar ante las irregularidades sugiere que el sistema de eutanasia canadiense necesita urgentemente una revisión exhaustiva y un compromiso renovado con la rendición de cuentas.

 https://www.forumlibertas.com/el-escandalo-de-las-muertes-irregulares-en-ontario/

viernes, 14 de marzo de 2025

Batalla cultural o restauración de la cultura

En el contexto actual, dos términos parecen dominar el discurso sobre la cultura y la sociedad: la «batalla cultural» y la «restauración de la cultura». Ambos conceptos han ganado prominencia entre pensadores contemporáneos y proponen diferentes enfoques para enfrentar las tensiones y crisis culturales de nuestra época. Aunque comparten la preocupación por la dirección que ha tomado la sociedad occidental, difieren en la estrategia y el tono que sugieren adoptar. Analizar las ideas de los principales exponentes de estas posturas puede ayudarnos a determinar cuál de ellas es más adecuada para abordar los desafíos actuales.
La Batalla Cultural: Combatir o Resistir

El concepto de «batalla cultural» ha ganado relevancia principalmente a través de autores como Rod Dreher y Douglas Murray, quienes sostienen que las fuerzas del progresismo radical han llevado a la cultura occidental a un punto crítico que solo puede revertirse a través de un enfrentamiento directo.

Dreher, en su libro Live Not by Lies (2020), argumenta que la cultura cristiana debe estar lista para resistir y combatir el totalitarismo blando que percibe en el progresismo contemporáneo. Dreher aboga por una especie de «resistencia benedictina», una mezcla de rechazo activo y creación de comunidades resistentes que mantengan viva la fe y los valores tradicionales frente a una cultura hostil.

Douglas Murray, en The Madness of Crowds (2019), propone una estrategia de lucha abierta contra lo que percibe como la creciente irracionalidad de ciertos movimientos identitarios. Murray afirma que la “batalla cultural” implica confrontar sin miedo los dogmas contemporáneos, desenmascarando sus contradicciones y sus consecuencias. En su visión, la cultura occidental está en riesgo de perder su coherencia y significado si no hay quienes estén dispuestos a alzar la voz y luchar contra la narrativa dominante.
Restauración de la Cultura: Sembrar para el Futuro

Por otro lado, la «restauración de la cultura» se orienta más hacia una estrategia de reconstrucción y cultivo paciente. Alasdair MacIntyre, en su influyente obra After Virtue (1981), aunque no es un libro reciente, sigue siendo un pilar de este enfoque. MacIntyre no aboga por una lucha abierta, sino por una restauración de las virtudes y el tejido comunitario, haciendo un llamado a la creación de pequeñas comunidades que vivan conforme a valores tradicionales, como las “nuevas comunidades benedictinas». En este sentido, la restauración de la cultura se centra más en la formación de hábitos y valores que en la confrontación directa.

Otro exponente de esta idea es Patrick Deneen, autor de Why Liberalism Failed (2018), quien sostiene que el problema no es simplemente un conflicto de ideas, sino que el sistema liberal ha llegado a un callejón sin salida por la falta de un verdadero sentido de comunidad y propósito. En lugar de fomentar un enfrentamiento, Deneen defiende una reconstrucción cultural que busque recuperar los elementos fundamentales de la vida comunitaria y el bien común, creando espacios donde se pueda vivir una verdadera cultura alternativa.
Confrontando las Dos Estrategias
La pregunta que surge entonces es: ¿cuál de estos dos enfoques es más adecuado para enfrentar la situación cultural actual?

La «batalla cultural» tiene la ventaja de la inmediatez: moviliza a las personas, las despierta ante la urgencia de la crisis cultural, y plantea una resistencia visible y organizada. En el contexto de una cultura que parece alejarse cada vez más de los valores tradicionales, este enfoque puede resultar atractivo para aquellos que desean un cambio rápido y palpable. Sin embargo, también corre el riesgo de agravar la polarización y de enfocarse tanto en la oposición que olvide el cultivo positivo de una alternativa.

Por el contrario, la «restauración de la cultura» propone un enfoque más lento y profundo. Es una invitación a reconstruir desde la base, fomentando comunidades que encarnen los valores que se desean ver reflejados en la sociedad. Esta estrategia tiene la ventaja de ser sostenible y de no depender de las victorias inmediatas, sino de sembrar para el futuro. Sin embargo, es menos atractiva para quienes sienten que el tiempo apremia y que la cultura está en un punto de inflexión crítico que no se puede permitir el lujo de esperar.
Conclusión: Batalla y Restauración

La respuesta puede no estar en una elección exclusiva entre una u otra, sino en una síntesis de ambas. La «batalla cultural» es necesaria para crear espacios y resistir las presiones que buscan desarraigar los valores fundamentales, mientras que la «restauración de la cultura» proporciona la profundidad necesaria para construir algo genuino y duradero. En otras palabras, es preciso luchar donde sea necesario, pero hacerlo siempre con la mirada puesta en una restauración cultural que pueda construir el futuro. La clave está en no perder el horizonte de la esperanza y el amor que sustenta una verdadera cultura humana, tal como nos recordó San Juan Pablo II en su incansable labor de «restaurar todo en Cristo».

 https://www.forumlibertas.com/batalla-cultural-o-restauracion-de-la-cultura

jueves, 13 de marzo de 2025

Cada cual debe cometer sus propios errores

 Eso lo decía mucho mi padre y tenía razón. Intentas ayudar a tus hijos a no repetir los fallos que tuviste. Les advierte y aconsejas, pero es inútil.

Al final van a hacer màs caso de cualquiera que pase por allí que de ti, por lo menos en mi caso. Y luego te toca ayudarles a recoger los pedazos. Es muy frustrante.

miércoles, 12 de marzo de 2025

La guerra y sus atrocidades

 olo los muertos han visto el fin de la guerra» es una frase atribuida erróneamente a Platón y que en realidad fue de George de Santayana, filósofo y escritor, autor de la más universal frase «aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo».
Sacerdotisas en la Antigua Roma

Picotazos de historia
«¡Oh, vergüenza!»: el escándalo de las agapetas que ocasionó la condena de los primeros Concilios

Fernando Prado

Herodoto afirmó que en la paz los hijos llevaban a sus padres a la tumba y durante el tiempo de guerra es al revés.

Mark Twain aportó humor a un asunto muy serio al tiempo que añadía una pizca de crítica a sus compatriotas cuando escribió que «Dios creó la guerra para que los norteamericanos pudieran aprender geografía».

El teórico militar sir Basil Liddel Hart (18951970) declaró que el primer general moderno fue el norteamericano William Tecumseh Sherman quien fue el más tajante a la hora de definirla: «¡La guerra es el infierno!».

Kurt Junger, veterano pluricondecorado de dos guerras mundiales, en su libro Tempestades de acero afirma, desde la experiencia personal, que ningún soldado que lucha hasta el último momento, y viéndose atrapado y sin remedio, puede esperar ni exigir clemencia de aquellos a los que ha estado matando hasta un instante antes.

Y es que es muy fácil legislar y definir cuál deben de ser los comportamientos y qué está bien y qué mal en la tranquilidad de un despacho o un caldeado salón.

Por otro lado, es muy difícil juzgar las actitudes de un individuo que lleva días (o semanas) viviendo a la intemperie, asustado, hambriento, en situación de combate, con la adrenalina bombeando como loca y reaccionando a meses de entrenamiento orientados a reacciones instintivas que permitan la supervivencia del soldado.

Normalmente consiguiendo la eliminación inmediata de la fuente de peligro. El filósofo norteamericano Jess Glenn Gray en su obra Guerreros: reflexiones sobre los hombres en batalla señala cómo la mente deja de registrar, voluntariamente se embota, con idea de proteger la propia cordura.

No es que se acostumbre al terrible espectáculo de la guerra, es que deja de prestar atención, por ello serán imágenes o un recuerdo muy concreto, a veces completamente anodinos, los que desencadenen un cúmulo de emociones que indican que ese soldado debe ser trasladado a un centro de reposo.

Por todo lo anteriormente mencionado es fácil de entender los abusos y excesos que se producen en la guerra y cómo –de manera instintiva al principio, luego en forma de convencionalismo y por último por medio de acuerdos y tratados internacionales– se busca limitar las consecuencias y los comportamientos para evitar la excesiva crueldad.

Así desde el siglo IX, abierta una brecha practicable en la muralla, la fortaleza tenía siete días para rendirse si no recibía ayuda. La ayuda mutua entre antiguos enemigos, supervivientes en el campo de batalla, para poder sobrevivir está sobradamente documentada desde antiguo. Tras la batalla, los supervivientes son hermanos, y se ayudan y se protegen.

La guerra también marca una frontera en el sentido de que se acaba estableciendo una separación maniquea: buenos y malos. Yo soy bueno porque soy yo, así que los de enfrente solo pueden ser malos. Así se pasa a la difamación y deshumanización del enemigo.

Así sucedió, por ejemplo, en las nacientes repúblicas de Sudamérica tras su independencia y que dio lugar a la conocida como segunda leyenda negra española.

Por ello es fácil levantar monumentos y mostrar las víctimas de las atrocidades del enemigo mientras ponemos sordina o restamos importancia a las propias, eso cuando no las justificamos.

Y es que ahora, apenas, están surgiendo muchas de estos actos producidos durante la Segunda Guerra Mundial.

El historiador norteamericano Robert Kershaw es el primero al que he visto mencionar como las tropas americanas arrojaron a los soldados alemanes al río tras la toma del puente de Nimega, durante la operación Market Garden.

O la masacre de Chenogne, donde miembros de la 11ª división blindada de Estados Unidos apiolaron a más de 80 soldados alemanes que se habían rendido.

Lo mismo con el 234º regimiento de la 63ª división en la población de Jungholzhausen; en Treseburg con el 18º regimiento de la 1ª (Big Red One) división, o en Lippech donde el 23º batallón de tanques de la 12ª división blindada no sólo masacró a los prisioneros, también aprovechó para una violación masiva de las mujeres de población, o en Nurenberg donde los restos del 1er batallón del 38º regimiento de la división SS Gotz von Berlichingen fueron asesinados a culatazos por sus captores... y la cuenta sigue.

Y es que el general Sherman tenía razón. La guerra es el infierno.

https://www.eldebate.com/historia/20241125/sobre-guerra-atrocidades_247432.html

Record de parados extranjeros con subsidio, por Francisco Núñez

En pleno anuncio del Gobierno de una nueva regularización de inmigrantes (más de 500.000), las prestaciones asistenciales a los parados extr...