Una reflexión personal
El coraje callado de los abuelos y padres que sostienen España mientras el sanchismo mira hacia otro lado
En medio de mínimos históricos de natalidad, con tasas de fecundidad en 1,1 hijos por mujer y nacimientos rondando los 318.000-321.000 anuales, las familias españolas resisten gracias al apoyo intergeneracional de abuelos y padres. Este sacrificio cotidiano desmiente las políticas que priorizan el individualismo y el reemplazo migratorio frente a incentivos reales a la natalidad patriótica y la familia como pilar social.
Abuelos y padres sostienen a las familias con apoyo intergeneracional no reconocido, mientras políticas gubernamentales priorizan migración sobre incentivos fiscales reales a la natalidad.
Familias numerosas exigen deducciones fiscales, prestación universal por hijo y conciliación efectiva; su sacrificio contrasta con el individualismo oficial y el reemplazo demográfico.
La resistencia familiar tradicional revela la esterilidad de un modelo que no facilita la vida a quienes quieren tener hijos en España.
Hay una España que no sale en los telediarios oficiales: la de los abuelos que recogen a los nietos del colegio porque los padres llegan exhaustos de un trabajo que apenas da para el alquiler, la de las madres que posponen la maternidad hasta los cuarenta porque antes no hay forma de emanciparse, y la de los padres que aprietan los dientes y hacen números cada mes para que la casa no se venga abajo.
Esa España, la real, sigue trayendo hijos al mundo a pesar de todo. No gracias a las políticas del Gobierno, sino a pesar de ellas.
Los datos del INE son implacables. En 2024 se registraron apenas 318.005 nacimientos, la cifra más baja desde que hay registros. La tasa de fecundidad se hundió hasta 1,1 hijos por mujer, solo superada a la baja por Malta en Europa. En 2025 hubo un leve repunte a 321.164, un 1% más, pero el saldo vegetativo sigue en negativo porque las defunciones crecieron más. Y lo más revelador: más del 10% de esos niños nacen de madres de 40 años o más, el porcentaje más alto de la UE. España no tiene un problema de ganas, tiene un problema de condiciones.
Ahí entran los abuelos. Ese ejército silencioso de jubilados que se convierte en guardería gratuita, en apoyo emocional y en colchón económico cuando la hipoteca o el colegio amenazan con comerse el sueldo entero. Sin ellos, muchas familias se habrían rendido. Es un sacrificio intergeneracional que nadie presupuesta, que no aparece en las ruedas de prensa de Moncloa y que, sin embargo, está sosteniendo la cohesión social que las estadísticas oficiales dan por descontada. Mientras tanto, el individualismo progre celebra la “libertad” de no tener hijos como un logro feminista y luego se rasga las vestiduras porque la población envejece y hay que importar mano de obra.
El sanchismo ha optado por el camino fácil: celebrar la diversidad migratoria como solución mágica al invierno demográfico. En 2024, un tercio de los nacimientos fueron de madres extranjeras. La población total sigue creciendo gracias a la inmigración ,España rozaba los 49,5 millones a principios de 2026, pero el núcleo nativo se contrae. Francia manda cartas a los jóvenes de 29 años recordándoles que la fertilidad cae; aquí se aprueban leyes de familias que equiparan monoparentales con numerosas y hablan de “diversidad” mientras la vivienda se encarece, los salarios precarios se multiplican en el turismo y la conciliación sigue siendo un eslogan vacío.
Las familias numerosas, esas que la Federación Española de Familias Numerosas lleva años pidiendo que se valoren de verdad, son las que más aportan al futuro de las pensiones y del país. Piden deducciones fiscales reales, una prestación universal por hijo como existe en media Europa y permisos de cuidado remunerados que no castiguen económicamente a quien decide criar.
Lo que reciben es una fiscalidad asfixiante que castiga precisamente a quien más hijos trae y un discurso que presenta la maternidad tardía como empoderamiento en vez de lo que es: el síntoma de un sistema que hace casi imposible formar una familia en los años óptimos de fertilidad.
El paradigma español de su política demográfica:Iva de los condones al diez por ciento, Iva de los pañales al 21.
El contraste es humillante para quienes diseñan estas políticas estériles. Mientras los abuelos y padres españoles aprietan los dientes, pagan impuestos y cuidan de los suyos con recursos propios, el Gobierno apuesta por un reemplazo demográfico que no resuelve el problema de fondo: una sociedad que ha dejado de creer que traer hijos al mundo merece la pena. La resistencia de esas familias no es solo demográfica, es moral. Demuestra que la vida familiar tradicional no es un relicto del pasado, sino la única vía sostenible para mantener un país cohesionado, con raíces y con futuro.
JULIO ARIZA
Hace tiempo que hemos perdido, ahora ya no hay nada que hacer, se ha adueñado de las instituciones y no se va a ir, ni va a convocar elecciones. Un abrazo
ResponderEliminarEstamos en un régimen dictatorial. Un beso
EliminarCreo que hace falta un poco de examen de conciencia hacia nosotros. Los emigrantes (en teoría con menos ingresos y peores viviendas) están dispuestos a tener hijos.
ResponderEliminarUn saludo
No es cuestión de dinero sino de comodidad. Un beso
Eliminar¿Cómo van a tener hijos los jóvenes si no tienen ni para mantenerse ellos? Además de que la forma de ver el mundo ha cambiado mucho. Se necesitaría un cambio brutal y los políticos , desde luego, no ayudan. En especial ciertos políticos. No se en lo que vamos a terminar, pero esto no pinta bien para el mundo Occidental.
ResponderEliminarUn abrazo
Yo crié tres hijos con un sólo sueldo. Se trata de no comer nunca fuera, ni tomar aperitivos, compartir la ropa, viajar poco... Un beso
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