Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

sábado, 7 de junio de 2025

El partido popular, escaseces y rumbo incierto

 

En este momento los evidentes despropósitos del Partido Popular, están personificados en Feijóo. Desde el primer momento, desde ámbitos ajenos al Partido Popular y, singularmente, dentro de la propia formación,  las dudas sobre Feijóo,  fueron y son evidentes  no obstante la acreditada lealtad de la inmensa mayoría de los dirigentes populares.

Si se bucea en la historia, desde Cánovas, es obvia la trayectoria más bien penosa y renqueante de la derecha española. Salvo excepciones -en política siempre las hay- esas características, en gran medida, vienen dadas por la carencia de una ideología firme y bien asentada, definida claramente y sin complejos.

Se habla de un cierto complejo de inferioridad y hasta de miedo frente a los postulados pretendidamente progresistas de la izquierda. Aun suponiendo que los males vengan de ahí, esos miedos y esos complejos son consecuencia de la falta de una ideología que plante cara a la izquierda, ejerza el poder sin cortapisas y haga oposición sin precauciones. En definitiva, una ideología sociopolítica con la que afrontar la realidad y que sirva de base intelectual para tomar decisiones, tanto desde la oposición, como cuando se esté en el poder.

Desde la marcha de Aznar (aún sigue sin aclararse el porqué de su precipitada renuncia a un posible segundo mandato) los bandazos se han sucedido de manera ininterrumpida.

Ni las intentonas de Casado, ni los hiposos y “altibajeros”años de Rajoy en La Moncloa, cortaron esa deriva y no solamente no la abandonaron sino que, muy posiblemente, la reforzaron.

Ahora, muchos de esos despropósitos están personificados en Feijóo. Desde el primer momento, desde ámbitos ajenos al Partido Popular, y singularmente dentro de la propia formación, las dudas sobre Feijóo, fueron y son muchas, a pesar de sus años de gobierno en Galicia y de la acreditada lealtad de la inmensa mayoría de los dirigentes populares.

Dudas sobre si es el hombre adecuado para liderar la oposición y el más indicado para conquistar el poder y, si una vez en La Moncloa, poseería las cualidades requeridas para gobernar.

Cunde la idea de que, suponiendo que Feijóo venciera en  unas hipotéticas elecciones adelantadas, no lo haría tanto por “méritos propios” como por fallos del adversario. No ganaría las elecciones Feijóo, las perdería Sánchez.

No es fácil liderar un partido en la oposición, pero se podría hacer algo más que ir constantemente a rebufo de Sánchez; la oposición debería avanzar en propuestas e iniciativas de todo tipo y no limitarse a los intentos de contrarrestar lo que hace Sánchez; no contentarse con una crítica sistemática de esas que se denominan a “toro pasado”, a la que se puede acusar de poco constructiva y que se está mostrando inútil por monótona,  estéril por previsible e incapaz de calar en la ciudadanía.

No es fácil liderar un partido desde la oposición teniendo en sus filas a los llamados barones que se han hecho con el poder en sus respectivas autonomías y que cuentan con un gran predicamento ante la opinión pública y que -con formas más o menos corteses- hacen gala de sus mayorías absolutas y de sus éxitos en la gestión, por más que esos dirigentes, es el caso de Ayuso o de Moreno, expliciten constantemente su lealtad al líder del partido y, por el momento, embriden sus legítimas aspiraciones.

La situación no deja de ser incómoda para quien no consigue gobernar y no acaba de capitalizar, las enormes grietas de la gestión de Sánchez.

No es fácil liderar un partido desde la oposición si no se han elegido demasiado acertadamente los colaboradores inmediatos, bien porque no haya mucho dónde elegir o quizás porque no se ha optado por los más indicados. El resultado es muy pobre, y está a la vista de todos que el staff apenas cuenta con la aquiescencia del partido y mucho menos con la aprobación de los barones que simplemente guardan respeto al líder, pero que no van más lejos y no extienden ese respeto a sus colaboradores.

Colaboradores y dirigentes que no inspiran demasiado entusiasmo, ni dentro ni fuera, o no reúnen las condiciones necesarias para arropar, asesorar, marcar objetivos y dirigir trayectorias.

En cualquier caso, Feijóo debería plantearse un cambio de estrategia, si no de rumbo, que exige un rearme ideológico y una renovación en su equipo más cercano, tanto en Génova, como en la carrera de San Jerónimo e incluso en Bruselas. Si hay elecciones esa decisión es urgente y si no se adelantan, también.

En el PP las cosas no están tan claras, ni las voluntades están demasiado unidas. Lo demuestran  episodios como el de las “obispas” que provocan risas en los ciudadanos o situaciones como la de las votaciones del “decreto ómnibus”, que generan mucha preocupación y alimentan dudas y desconcierto.

Cuando alguien saca los pies del tiesto y tiene alguna ocurrencia desafortunada, la memez de decir que “se trata de una opinión personal y no del partido”, ya no cuela y hasta empeora las cosas. Las opiniones personales de ciertos personajes dedicados a la política, no interesan a nadie y, cuando inciden en la opinión pública es, exclusivamente, en función del cargo que el opinante ocupa en determinada formación política.

Patosos y lenguaraces se dan en todos los sitios y en todos los partidos. Incluso en Bruselas. Pero quienes aspiran al poder tienen que saber detectarlos y, una vez descubiertos, actuar de inmediato y mantenerlos lo más lejos posible.

Y al parecer Bruselas y otros muchos lugares, no están lo suficientemente lejos de Feijóo.

La carcajada… Dice García, al que Sánchez colocó en lo de la Fiscalía, que el novio de Ayuso es un ciudadano como los otros y no se ha actuado con él de forma diferente.

Pues, si se actúa así con todos los ciudadanos, es como para preocuparse.

https://www.elconfidencialdigital.com/opinion/felix-gallardo/partido-popular-escaseces-rumbo-incierto/20250207050000922882.html

viernes, 6 de junio de 2025

Islamoizquierdismo



En aquel trágico 2001 se puso de moda el islamofascismo, término que, aunque había aparecido algunos años antes, adquirió notoriedad tras los atentados del 11 de septiembre. Fue acuñado por los neoconservadores, trotskistas desembarcados en el Partido Republicano para efectuar el giro ideológico que conseguiría poner patas arriba la tradicional postura reacia a la intervención exterior del partido del elefante. El neologismo consistía en atribuir a la religión musulmana la condición de nueva encarnación del fascismo, que habría resucitado, en esta ocasión fuera de Europa y con la religión de Mahoma como núcleo, para amenazar otra vez al mundo libre. Aunque ha caído en cierto desuso, se sigue empleando, sobre todo en el mundo anglosajón, para englobar a grupos religiosos como los talibán o los Hermanos Musulmanes, terroristas como Al Qaeda e ISIS, políticos y paramilitares como Hamás y Hezbolá e incluso a regímenes como el iraní.

Pero si somos sinceros y nos atenemos a la realidad, no nos quedará más remedio que admitir que la verdadera simbiosis, ya sea consciente o inconsciente, es la que ha convertido al mundo musulmán y la izquierda europea en compañeros de viaje puesto que ambos salen beneficiados.

El primer elemento es la configuración de los bloques durante la guerra fría. Como Israel se alineó desde un principio con el bando liderado por los Estados Unidos, la izquierda mundial se enemistó con Israel por su proamericanismo. Nada tuvo que ver en ello el antisemitismo. Y al mismo tiempo, como la Unión Soviética apoyó a los países árabes, la derecha mundial comenzó a desconfiar de éstos, especialmente de los directamente enfrentados a Israel. Y ese esquema ha llegado hasta nuestros días aunque el régimen fundado por Lenin haya desaparecido hace ya más de treinta años. Pero como los paquetes ideológicos se compran completos e inmodificables, nos encontramos con las izquierdas de todo el mundo apoyando alegremente a unos regímenes teocráticos que a ellos los ahorcarían y con las derechas olvidando o ignorando que los del Irgún fueron tan terroristas como los de Hamás.

Por otro lado, la inmigración afroasiática en Europa ha aportado un nuevo elemento. Como los partidos de izquierda son los más favorables a la inmigración masiva e irrestricta, cuentan con el apoyo agradecido de las masas musulmanas instaladas en Europa, que saben muy bien a quiénes deben votar para que las puertas sigan abiertas. Por ejemplo, en una reciente encuesta publicada por el diario La Croix, se observa que La France insoumise, partido de la extrema izquierda dirigido por Mélenchon, es el preferido por los musulmanes franceses: en concreto, entre el 62 y el 69% en las votaciones de los últimos años.

Pero falta el elemento más profundo y de más largo alcance. Para ahorrar explicaciones demasiado largas para estos párrafos necesariamente breves, no hay más que atender a lo que Mohammad Tawhidi, imán chiita residente en Australia y conocido opositor al fundamentalismo, declaró en una entrevista que le hizo Dinesh d’Souza y que se puede encontrar en youtube:

“Cuando yo fui un extremista, un fundamentalista islámico, sólo votaba a la izquierda. Los consideraba estúpidos. Temía a los conservadores porque tienen principios. Son gente a la que no puedes lavar el cerebro. Pero la izquierda no tiene ni valores ni principios. Te reto a que encuentres un solo extremista islámico que vote por Donald Trump. Nunca lo harán. Votan a los izquierdistas, a los que tanto les gustan los desfiles del orgullo homosexual. Los extremistas islámicos están en contra de los homosexuales y los transgénero pero les parece bien que la izquierda los promueva. Animan a los izquierdistas a que hablen del clima, del aborto. ¡Continuad, continuad! ¡Suicidaos! Y las mujeres musulmanas luchan por el derecho al aborto, por eso de «mi cuerpo, mi decisión». «¡Adelante con ello! Pero, ¿abortarían ellas? Nunca. Ellas nunca matarían al musulmán que llevan en su vientre. Porque el futuro de América tiene que ser musulmán».

En resumen: los fundamentalistas islámicos y demás enemigos de Europa votan a quienes promueven su llegada para que sigan haciéndolo. Y en el futuro, cuando la sociedad haya sido destruida por unas políticas izquierdistas que detestan, esos mismos fundamentalistas se presentarán como la solución a la destrucción. Jugada perfecta. Victoria garantizada.
 

 https://gaceta.es/opinion/islamoizquierdismo-20250210-0459/

jueves, 5 de junio de 2025

Manchester frente al mar. La película

 Esta película de Netflix es larga, lenta y muy dura, pero vale la pena. Es la historia de cómo se sobrevive a una de esas situaciones en las que ninguno queremos ni pensar. No queda màs remedio que seguir adelante pero algo se te rompe por dentro.

Esas personas rotas a veces consiguen rehacer su vida, pero otras se quedan suspendidos en el tiempo reviviendo el momento una y otra vez. Sin embargo también hay grandeza en esa supervivencia, aunque a menudo no la comprendamos.

Aquí paz y después gloria

 Es una expresión que significa Aquí no ha pasado nada. Sirve para quitarle importancia a una situación. Como Todo ha salido bien al final.

Da por cerrado un tema. Literalmente desea que haya paz en la tierra y gloria en el cielo. Ojalá que fuera posible siempre, pero no es lo habitual.

https://www.cesarvidal.tv/videos/la-pobreza-global-y-la-agenda-globalista-02-06-25

miércoles, 4 de junio de 2025

Esos teléfonos eran mucho más inteligentes, por Itxu Díaz

 Matar a alguien siempre es una impertinencia. No hay nada más desagradable que recibir una llamada. Solo alguien que realmente nos odia puede hacer algo tan terrible como sacar un teléfono de su bolsillo, presionar cruelmente nuestro nombre e intentar comunicarse con nosotros. Sin duda, de todas las incomodidades de la vida moderna, el teléfono móvil es la más dolorosa y extendida. 

Que estas líneas sirvan como homenaje al teléfono antiguo y como acto fundacional de la Fundación Retorno al Teléfono con Cable.

La posibilidad de estar localizable en todo momento ha dado paso a la obligación de estar localizado. Ni siquiera la mensajería instantánea, concisa y eficaz, ha podido apaciguar las ansias de unos cuantos regaños, que necesitan llamar a toda costa sin importarles lo más mínimo si estás durmiendo, dando un discurso o en el funeral de tu mascota.

Nuestros sabios antepasados ​​inventaron un teléfono conectado a un cable. Esto impedía que el emisor pudiera atacar al receptor sin importar dónde se encontrara. De esta forma, la violencia telefónica se reducía al hogar, la oficina o cualquier lugar donde hubiera uno de estos aparatos, minimizando enormemente el riesgo de ser golpeado por el teléfono. Para que fuera eficaz, era imprescindible que el receptor también estuviera cerca de otro teléfono y que el emisor conociera dicha ubicación.

¡Eso sí que era un teléfono inteligente! Si no estabas disponible, agotaba la paciencia del emisor con tonos aburridos, lo que le daba pocas esperanzas con un contestador automático enérgico. Cuando hablabas con otra persona, transmitía que estabas "interlocutando" con un sonido distintivo que no hacía nada para alentar una llamada repetida a través del más moderno y probablemente inconstitucional "llamada en espera".

El teléfono de antaño, cuando sonaba, no emitía la Gasolina de Daddy Yankee , sino que simplemente hacía “ring”. Austero, impertinente e imposible de silenciar, que es lo que cabría esperar de un despertador. Pero claro, aquellos preciosos ejemplares negros de dial circular hacían de la llamada un solemne rito artesanal. La mayoría de las veces uno confundía un dígito u otro y charlaba un rato con un desconocido, olvidando lo que iba a comunicar en la llamada original y desistiendo de molestar al destinatario. El cable también evitaba esa estúpida pregunta ritual que ahora hacemos casi cada vez que llamamos: “¿Dónde estás?”.

La regresión al teléfono inalámbrico ha arruinado todo lo que habíamos logrado en siglos anteriores, retrotrayéndonos a la calidad de vida del siglo XXIII o XXIV. Si Graham Bell o Meucci levantaran la cabeza, se horrorizarían al ver el uso indiscriminado que hacemos hoy de su ingenio telefónico, ideado, supongo, en su día con fines militares para torturar a prisioneros de guerra.

Ninguna llamada es recibida con alegría, excepto la de Dios en las últimas horas de la vida. Sin embargo, no todas son igualmente incómodas. Los jefes son siempre una molestia. Con el correo electrónico, el comercio electrónico y la silla eléctrica, ningún jefe debería tener que hacer nunca una llamada telefónica. Por desgracia, este artilugio ha permitido al jefe estirar el látigo del empleado perezoso a cualquier hora y en cualquier lugar. Y, por supuesto, un jefe rara vez llama para subirte el sueldo o darte vacaciones. Y si lo hace hoy, mañana alegará que estaba bajo los efectos de la droga caníbal.

Aún más peligrosas son las llamadas de viejos amigos. Los viejos amigos no son realmente amigos, y no acaban de superar el hecho de ser viejos. Te llaman con esa cercanía insolente como si hubieran pasado dos horas desde la última vez, y lo hacen un sábado de madrugada, para recordarte que tienes una juerga pendiente. No puedes colgarles porque eso los pondría aún más nerviosos, y pueden aparecer en tu casa con una botella de whisky y toda una tropa de urbanitas harapientos y retro-trashing. Con este tipo de amigos, lo mejor es un “hasta mañana”. Todos los días.

Muchas veces deseamos no haber contestado. En la playa, cuando estás a punto de olvidar el nombre del director de recursos humanos de tu empresa y tu mente se distrae con paisajes que parecen salvapantallas de Windows 95, tienes derecho a esquivar una llamada de cualquier forma posible. Mi consejo es que utilices cinta adhesiva para pegar tu teléfono móvil a la parte trasera de un cangrejo adulto. Pero asegúrate de que sea un adulto, o recibirás una factura considerable de Candy Crush, que les encanta a los cangrejos bebés. 

Al final, la forma más rápida de no coger una llamada es llevarse inmediatamente los dedos de ambas manos a la boca y morder con fuerza hasta que deje de sonar. Otra forma de evitarlas, aunque más cara, es tirar el móvil a una cuneta, por la ventana o meterlo rápidamente en la sopa. Esto además le da un rebozado a los fideos, algo que siempre se agradece, para poder llamar a su tío los macarrones y compartir recetas de potenciadores del sabor.

Otra forma de no descolgar es colgar. Si tienes un móvil con botones, lo haces pulsando cualquier botón rojo. Si tienes uno de esos aparatos táctiles, deslizas el dedo para dibujar un signo de infinito en la pantalla, cierras los dedos como si estuvieras cogiendo un puñado de la pantalla y luego disparas repetidamente con una Magnum 45 hasta que no consigues distinguir el móvil del cenicero. Esta última técnica se llama llamada perdida.

Y, oh querido, tengo que dejarte, mi celular está sonando.

—¡Mi querido jefe! ¿Dónde estás? Siempre es agradable recibir una sorpresa tan agradable por teléfono. Ya sabes que puedes llamarme cuando quieras. Cuando suena tu llamada siento como si la Obertura Solemne 1812 de Chaikovski emanara de mi corazón. Por cierto, ¿qué pasa con mi aumento?

https://spectator.org/those-phones-were-much-smarter/

martes, 3 de junio de 2025

Todo lo que sube baja

 Dicen que la historia es un ciclo. Cuando la sociedad se satura de algo, va virando lentamente al otro extremo. Yo espero que ya hayamos llegado al final del péndulo.

Tantos siglos de cristianismo tenían que derivar en siglos de materialismo. Dios quiera que no dure ya demasiado la reacción.

https://www.cesarvidal.tv/videos/las-naciones-mas-y-menos-inteligentes-23-05-25

Secretos de la España prohibida, por Fernando del Pino Calvo Sotelo

Toda nación necesita una identidad común basada en un relato compartido de su historia y en una celebración de sus éxitos. Sin ellos, la nación se debilita y a la larga se deshace, algo que no se comprende bien en España —aunque sus enemigos lo comprendan perfectamente—. Esto no implica negar nuestros fracasos, sino evitar detenerse en ellos de modo enfermizo. Olvidar el pasado es fatal, pero quedarnos embobados mirando atrás implica convertirnos en estatua de sal, como la mujer de Lot.

Es un deber someter a un examen crítico las creencias dominantes de nuestro tiempo cuando creamos que son erróneas. En este sentido, y sin perjuicio de la legítima crítica al personaje histórico del dictador o al régimen que encabezó, creo que demonizar genéricamente un período histórico tan largo como el franquismo debilita nuestra identidad nacional, socava nuestra confianza en nosotros mismos y denigra el esfuerzo de toda una generación de españoles ―de la que formaron parte nuestros padres y abuelos― que construyó los pilares sobre los que llevamos apoyándonos medio siglo.
Reconciliándonos con nuestro pasado

Permítanme recalcar una obviedad: nuestra historia no se interrumpió en 1939 para reemerger en 1975. Aunque Sánchez tenga un concepto patrimonialista y feudal del poder, un país no es propiedad de quien lo gobierna. La España de Franco no perteneció a Franco, como la España de Sánchez no le pertenece a él, aunque en su peculiar trastorno crea lo contrario. Por lo tanto, el pueblo español debe reclamar como propia, con toda naturalidad, toda su historia, incluyendo la Guerra Civil (1936-1939) y el franquismo (1939-1975).

Respecto de la primera, sabemos bien el horror que supuso, particularmente respecto a las matanzas de civiles que se produjeron en la retaguardia de ambos bandos. Sabemos también que no todas las víctimas recibieron el mismo trato: aunque a los muertos nadie les devolvió la vida, a las decenas de miles de asesinados por el Terror Rojo (incluyendo las víctimas del genocidio católico) se les hizo justicia, mientras que a las decenas de miles de asesinados y ejecutados por el bando ganador, no, y sus familiares tuvieron que vivir con ese dolor añadido[1].

Pero lo cierto es que tras la dura represión de posguerra la sociedad española dejó de remover el pasado, no por imposición del régimen, sino por pura supervivencia psicológica: a la generación que vivió la guerra no le gustaba hablar de ella, aunque hubiera pasado mucho tiempo. Así, las heridas cicatrizaron con inusitada rapidez, de modo que el pueblo español era ya un pueblo reconciliado y en paz mucho antes de 1975. En dicha reconciliación, desde luego, tuvieron especial mérito quienes, por haber pertenecido al bando perdedor de aquella lucha fratricida, fueron capaces de perdonar sin que se les hiciera justicia. Por lo tanto, el llamado espíritu de la Transición caracterizado por el centrismo y la moderación se limitó a reflejar la reconciliación previa de una sociedad española que se encontraba muy alejada de extremismos o resentimientos.

Entonces, ¿cómo juzgar la dictadura de Franco cincuenta años después de su muerte? Sánchez ―que, por defecto, miente siempre― la he definido como unos «años oscuros». ¿Lo fueron? ¿Fue la población española liberada en 1975 de un triste y largo secuestro, como ocurrió en 1989 con las poblaciones del Telón de Acero tras la caída de las dictaduras comunistas? La respuesta rápida es no. En primer lugar, para que haya secuestro debe haber encierro, y desde el final de la Segunda Guerra Mundial los españoles siempre pudieron salir libremente de su país. Las dictaduras comunistas, por el contrario, levantaron muros con ametralladoras y alambradas de púas para evitar que su población escapara. En segundo lugar, la ilusión serena con la que la mayoría de los españoles vivió la Transición coexistió con dos fenómenos que hoy se mantienen en secreto: la sorprendente popularidad del franquismo y el espectacular crecimiento económico de España desde 1949 hasta la crisis del petróleo de 1974, sin parangón en nuestra historia (ni antes ni después).
La sorprendente popularidad del franquismo

Como escribió mi admirado Julián Marías, «los que manipulan el mundo cuentan, sobre todo, con la falta de memoria de los hombres». Hoy resulta difícil comprender el apoyo popular que en su día tuvo la dictadura franquista, un régimen que carecía de libertad política y mantenía graves restricciones a la libertad de expresión (como ocurre hoy con la sutil tiranía de la corrección política). Sin embargo, tal y como observó el propio Marías (encarcelado unos meses durante el franquismo, filósofo veraz y notario fidedignode la Transición), «las mayorías españolas estaban tan despolitizadas que la ausencia de libertad política les importaba muy poco», mientras que «la libertad social y personal se había multiplicado y, siempre que no se tratara del poder público, el español podía hacer en muy alto grado lo que quisiera»[2]. De hecho, probablemente el grado de autonomía o libertad personal en la vida cotidiana en el tardofranquismo fuera superior a la que se tiene ahora, con tantas regulaciones, permisos y prohibiciones.

Por otro lado, en contrapeso a la ausencia de muchas libertades públicas los españoles valoraban la ley y el orden del régimen (la tasa de criminalidad y la población reclusa eran una tercera y una cuarta parte, respectivamente, de lo que son ahora), el escaso nivel de corrupción (que no fue siquiera un tema de debate en las primeras campañas electorales) y el crecimiento económico antes señalado, que analizaremos con detenimiento más adelante.

Pero quizá sea mejor dejar que sean los españoles de la época ―los que mejor podían juzgar el régimen― quienes opinen a través de las encuestas del CIS de aquellos años. Unos meses antes de la muerte de Franco, el 80% de la población se definía como «muy feliz» o «bastante feliz»[3] y, cuando murió, un 42% de los españoles defendía que «no procedía» acometer reformas legales para que España tuviera una democracia similar a la de los países de su entorno. El 58% era partidario de hacer la transición[4], pero en general sin excesiva prisa[5].

Los resultados de estas encuestas fueron corroborados en las dos primeras elecciones democráticas en las que los españoles libremente eligieron que les siguiera gobernando el último presidente de la dictadura, Adolfo Suárez, si bien es cierto que al frente de un partido centrista y reformista, no continuista. Suárez, antiguo director de RTVE del régimen y secretario general del Movimiento, había sido seleccionado inicialmente por el rey Juan Carlos, entonces enormemente popular a pesar de haber sido elegido sucesor por Franco (o precisamente por ello). Aunque el rey ya había dejado clara su voluntad de llevar al país a la democracia y convertirse en rey de todos (la Corona sigue siendo la única institución de nuestro país no contaminada por la política), los resultados electorales dejaron claro que los españoles buscaban una reforma suave y desaprobaban el rupturismo.

A la luz de estos datos resulta difícil no llegar a la conclusión de que la España de Franco acabó siendo relativamente franquista. En efecto, el dictador gozó de una «visible popularidad», en palabras del general Vernon Walters (asesor e intérprete del presidente norteamericano Eisenhower en su visita a España en 1959[6]), lo que llevó al propio Eisenhower a sugerir en sus memorias que, de haber convocado Franco elecciones, las habría ganado[7]. En este sentido, nunca necesitó salir a la calle protegido por una legión de pretorianos, como ahora hace Sánchez cual impopular déspota, y nunca tuvo que huir de la ira popular, encogido y rodeado de escoltas, como hizo el cobarde aquél en Paiporta.

El hecho es que Franco murió ya anciano ocupando tranquilamente el poder sin contar con excesiva oposición fuera del terrorismo y del comunismo. Una inmensa muchedumbre despidió su féretro, como recuerdo perfectamente, y cuando al día siguiente a su muerte el CIS preguntó a los españoles qué sentimiento le había producido la noticia, el 49% contestó que había sentido «algo parecido a la muerte de un ser querido», mientras el 35% contestaba más sobriamente que le había parecido «normal, dada su edad»[8]. Curiosamente, el régimen decidió no publicar la encuesta.
Una popularidad duradera

Diez años después, en 1985, en plena democracia y con mayoría absoluta del antiguo y moderado PSOE —hoy lamentablemente extinto—, el CIS volvió a preguntar a los españoles qué habían sentido al morir Franco: un 28% recordaba haber sentido preocupación o miedo y un 21%, tristeza. Sólo un 10% recordaba haber sentido alegría. Además, un 46% definía ecuánimemente «el régimen de Franco» (el CIS no lo denominaba «dictadura») como una etapa «que había tenido cosas buenas y cosas malas», mientras un 18% lo consideraba claramente «un período positivo» para España. Sólo un minoritario 27% lo calificaba como un período netamente «negativo»[9].

Quizá esto explica la prudencia con la que ese mismo año 1985 se manifestaba el propio Felipe González (que llevaba tres años como presidente del gobierno con una abrumadora mayoría absoluta) cuando le preguntaron qué juicio le merecía Franco diez años después de su muerte: «Sigo teniendo una idea excesivamente simplificada, pues todavía no hay una perspectiva histórica para hacer un juicio con todas sus consecuencias» ―contestó con ponderación―. Y añadió: «Franco como personaje es muy difícil de juzgar, salvo el juicio negativo de que nos tuvo sometidos a una dictadura después de una guerra civil (…). Hay gente que se ha propuesto hacer desaparecer los rastros de 40 años de historia de dictadura: a mí eso me parece inútil y estúpido. Algunos han cometido el error de derribar una estatua de Franco; yo siempre he pensado que si alguien hubiera creído que era un mérito tirar a Franco del caballo tenía que haberlo hecho cuando estaba vivo»[10].

Pero quizá el dato más revelador se obtuvo en 1995 con el PSOE aún el poder, cuando el CIS volvió a preguntar sobre el tema: veinte años después de su muerte, un 30% de los que contestaron la encuesta (sin contar NS/NC) afirmaba que Franco había sido «uno de los mejores gobernantes que había tenido España en el último siglo»[11].
El espectacular éxito económico de España (1949-1974)

Sin duda lo que mejor explica la popularidad del régimen es el espectacular éxito económico que logró España desde 1949 hasta 1974. En efecto, esos 25 años constituyeron la etapa de mayor crecimiento económico de nuestra historia, récord que sigue vigente medio siglo después. El dato es poco conocido por ser políticamente incorrecto, pues pone al descubierto que la consigna con la que se autodefine el régimen constitucional del 78 («la etapa de mayor paz y prosperidad de nuestra historia») es falsa.

Así, de 1949 a 1974 el PIB per cápita en España creció (en términos constantes) a un ritmo del 6% anual, lo que significó salir de la pobreza y crear, por primera vez en nuestra historia, una contenta clase media. En una sola generación la renta de los españoles se multiplicó por cuatro (después de inflación), de modo que los hijos vivían muchísimo mejor de lo que habían vivido sus padres, lo contrario de lo que ocurre ahora. Este extraordinario crecimiento se produjo con una presión fiscal que era la mitad de la que sufrimos hoy y con un Estado que tenía la cuarta parte de funcionarios que tiene hoy. El desempleo era inferior al 4%, frente al 10% de hoy (y el 16% de desempleo medio desde 1978), la vivienda era accesible, y una familia podía sacar adelante a cuatro hijos con un solo sueldo mientras hoy dos sueldos apenas pueden sacar adelante a dos hijos.

Por lo tanto, el éxito económico de España en ese período resulta irrefutable, pero sería un error considerarlo un logro exclusivo de un régimen políticamente excluyente: fue un éxito colectivo de España del que todos deberíamos sentirnos orgullosos, independientemente de quien gobernara en aquel entonces o del sistema político imperante.

En efecto, aunque el crecimiento económico de España desde 1949 a 1974 tuvo que ver con determinadas políticas gubernamentales (especialmente con el Plan de Estabilización de 1959), fue ante todo logrado gracias al tesón y sacrificio de toda una generación de españoles, sin distinción de ideología o región de origen, que exhibieron esa constelación de virtudes que hacen posible el progreso: trabajo duro, honradez, seriedad, austeridad, cumplimiento de la palabra dada, espíritu de servicio y amor al trabajo bien hecho. A esa generación de españoles a la que pertenecieron mis padres, que madrugaban para dejar una España mejor para sus (muchos) hijos, quiero rendir tributo con este artículo. 

(...)

https://www.fpcs.es/secretos-de-la-espana-prohibida-1939-1975/

lunes, 2 de junio de 2025

Expulsar a los palestinos es un genocidio

 Hay soluciones que son muy tentadoras pero imposibles de llevar a la práctica. Por ejemplo, en Cataluña viven ocho millones de personas. Se reparten por España y se acabó el problema. Pero es que resulta que la gente tiene derecho a conservar su pueblo y sus raíces. No son peones de ajedrez que se puedan mover.

Por eso la idea que le han sugerido a Trump es injusta y absurda. Y pretender hacer negocio con ello, peor todavía. Si alguien tiene que disfrutar de sus tierras son los palestinos, que llevan allí generaciones. No unos recién llegados, por más que digan otra cosa, ni el resto del mundo.

Más sobre el tema: https://www.minutocrucial.com/2025/06/02/cuantos-ninos-mas-deben-morir-para-que-el-mundo-despierte/

domingo, 1 de junio de 2025

Nos crecen los enanos

 Coloquialmente significa que te surgen problemas de todas partes. Realmente es: si pongo un circo, me crecen los enanos.

Pero yo quiero verlo de forma literal. Tuve un hijo y dos hijas, y ahora espero una nieta de mi hijo mayor, si Dios quiere. Estamos como si nos hubiera tocado la lotería.

Ya ha nacido. 😃

https://www.cesarvidal.tv/videos/camina-israel-hacia-convertirse-en-una-sociedad-genocida-29-05-25


Brain rot digital

 Las palabras, cuando son elegidas con tino, nos revelan no solo el espíritu de una época, sino también el poso malsano que se acumula en su fondo.

Oxford English Dictionary, con su agudeza filológica, ha coronado «brain rot» como la palabra del año 2024, y no podría haber encontrado un término más certero para definir el estado de la mente contemporánea: un estado de atrofia cognitiva, una extenuación intelectual inducida por la sobreexposición a contenidos digitales triviales y adocenados.

Se trata, en suma, de una pobreza mental tan extendida que se ha convertido en plaga.

No nos llevemos a engaño: el mundo digital, con tentadora conexión ilimitada y acceso inmediato al conocimiento, se nos impuso como el gran propulsor del progreso humano. Pero nos ha llevado a una red de trampas sutilmente urdidas por algoritmos insaciables, que nos empujan a un consumo compulsivo de «naderías».

Pasamos de leer con avidez a escanear con impaciencia, de la hondura analítica a la digestión apresurada de tips informativos que, lejos de nutrirnos, nos idiotizan. Y así, sin darnos cuenta, nos convertimos en zánganos de la inmediatez, en zombis de la gratificación instantánea.

El «brain rot» es la manifestación sintomática de una mente que ha renunciado a la lucha por la excelencia, que ha claudicado ante el hechizo de la pereza intelectual.

Es el resultado de una exposición descontrolada a la cascada de memes, vídeos insustanciales y titulares sensacionalistas que secuestran nuestra capacidad de concentración y reducen nuestra memoria a un almacén de datos inservibles.

«Doomscrolling»

Esta degradación cognitiva se refuerza con el hábito ya instalado del «doomscrolling»ese afán enfermizo de deslizar el dedo por la pantalla en busca de noticias cada vez más alarmantes, como si la angustia informativa nos diera una ilusoria sensación de control sobre el caos.

Las cifras son elocuentes: el término «brain rot» ha experimentado un aumento del 230% en su uso entre 2023 y 2024.

Y es que, en el fondo, intuimos que nos estamos embruteciendo, que la era digital ha traído consigo una forma de analfabetismo sofisticado, un cretinismo ilustrado donde la información es abundante, pero el pensamiento escasea.

Estamos cada vez más conectados, pero más solos. Más informados, pero menos sabios.

¿Es posible revertir esta tendencia?

La respuesta es sí, pero exige disciplina y valentía.

La primera línea de defensa contra la pobreza mental pasa por establecer límites claros en nuestro consumo digital.

Los teléfonos móviles son amos imperceptibles de nuestras horas muertas.

Existen aplicaciones que permiten restringir el tiempo en redes sociales y sitios web. Dejar de mirar el móvil nada más despertar y resistir la tentación de deslizarse por la pantalla antes de dormir son pequeños gestos que, acumulados, pueden marcar una diferencia sustancial en nuestra higiene mental.

Pero la solución no es solo negativa, sino también positiva. La mente, como el cuerpo, necesita alimento de calidad.

Leer literatura de verdad (no sus sucedáneos digitales), escribir con lápiz y papel, mantener conversaciones largas y sin interrupciones, cultivar el pensamiento crítico y el silencio contemplativo: he aquí los antídotos.

Y, por supuesto, volver a poner la mirada en lo trascendente, en lo que nos ancla a la vida real y nos salva del loquero digital. Dios, la familia, los amigos, la contemplación del mundo tal como es, sin filtros ni artificios.

Decía Blaise Pascal que «toda la desgracia del hombre proviene de no saber estar a solas en su habitación». Si esto era cierto en el siglo XVII, lo es aún más en nuestro tiempo, cuando cada instante de introspección es interrumpido por una notificación.

Pero si logramos recuperar ese espacio de quietud, si nos atrevemos a mirar más allá de la pantalla, si miramos al cielo, somos conscientes de que la pobreza mental no es nuestro destino ineludible.

Estamos a tiempo de rescatar nuestras mentes de la degradación digital y devolverles la grandeza de la contemplación profunda.

Buscar unos minutos de verdadero silencio al día pueden ser el primer paso. ¿Nos atrevemos?

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