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El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

lunes, 16 de febrero de 2026

Leonardo da Vinci y el premio Planeta, por Andrés Sánchez Magro

Éste no es un país para viejos, como decía el otro, sino para gente de profunda cultura. O, mejor dicho, para los que presumen de tenerla sin haber abierto un libro desde la EGB. En una nación donde los índices de lectura se desploman como un castillo de naipes mojado, y donde la pobreza léxica se ha convertido en una pandemia silenciosa, no puede sorprendernos que un futbolista sea elevado al rango de genio renacentista por el mero juicio sentimental de su cónyuge.

Vivimos tiempos extraños, casi manieristas, en los que confundir talento con exposición mediática es el pan de cada día. Si Leonardo da Vinci levantara la cabeza, no sabría si diseñar un nuevo helicóptero o un filtro de Instagram. Aquí, el mérito se mide en seguidores y el ingenio se contabiliza en reproducciones. La sintaxis agoniza, los adjetivos se prostituyen y, entre tanto, algún ministro –no diremos nombres para evitar sobresaltos en el BOE– consigue que las frases chirríen como un coche viejo cuesta arriba.

Y mientras tanto, la cultura se ha vuelto un concurso de popularidad. Por eso no extrañaría que nuestro nuevo hombre del Renacimiento —futbolista de día, cantante de tarde y pintor de stories— se postule al próximo Premio Planeta. Total, la trayectoria reciente del galardón invita a pensar que la literatura ya no exige retiro, ni desvelo, ni musa, sino simplemente un poco de notoriedad, una sonrisa de photocall y la promesa de alguna frase viral que ilumine las redes durante media hora.

El Renacimiento, aquel tiempo en que el conocimiento se conquistaba a golpe de talento y curiosidad, ha sido sustituido por una época donde la genialidad se mide en clics y donde el único fresco que se contempla es el del filtro valencia en Instagram. Si Da Vinci viviera hoy, probablemente no pintaría La Gioconda, sino que firmaría camisetas, compondría un reguetón filosófico y promocionaría su libro en la gala del Planeta con un eslogan del tipo: «Yo no pinto, inspiro».

Lo más irónico es que, quizás, ganaría. Porque en esta España que confunde el eco con la voz, el ruido con el verbo, y la fama con la obra, lo verdaderamente renacentista es atreverse a ser superficial con convicción. 

 https://okdiario.com/opinion/leonardo-da-vinci-premio-planeta-15646941

18 comentarios:

  1. El premio Planeta desde casi siempre se ha regido por conveniencias. Una vez se lo dieron a un escritor porque le debía adelantos a Lara, dueño de Planeta, el Nobel tampoco vive sus mejores momentos. Un abrazo

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  2. Es el sino de los tiempos. Cada día, en cultura también, vamos un poco para atrás. No hay de donde no se puede sacar.
    Un saludo

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  3. Aquí, el mérito se mide en seguidores y el ingenio se contabiliza en reproducciones...¡Dicho queda!
    Un abrazo y buen día, Susana.
    Tienes abierta la puerta a mi espacio también.

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  4. Buenas tardes Susana, que buen Artículo, no puedo estar más de acuerdo, estamos llegando a un punto de incultura e ignorancia verbal.
    No hay donde mirarse para aprender a conversar , a dialogar, todo son gritos y no escucharse.
    Menos mal que aún quedan buenos libros por leer, los clásicos nunca pasarán de moda al igual que las buenas obras, cuadros donde uno se deleita con la creatividad del autor .
    Un besote, feliz semana 😘🦋

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    1. Yo sólo leo ya clásicos. Los libros actuales no me dicen nada. Un beso

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  5. ¡Hola! Qué interesante. Gracias por compartirlo. Un abrazo ❤️

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  6. Muy apropiada entrada, me encanta y estoy completamente de acuerdo como la expresas.
    Muchas gracias.
    Besos.

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  7. Últimamente, ya no leo los premios Planeta. He perdido el interés.
    Un beso.

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