Hace
poco me acompañaron ustedes en Twitter para comentar el disparate de
unos libros escolares donde se introducía el doblete de judíos y judías,
conversos y conversas, sospechosos y sospechosas, moriscos y moriscas.
Para ser justos, consideremos que tales estupideces, aunque impresas por
editoriales escolares, no son exclusiva responsabilidad de éstas. A fin
de colocar libros en los colegios de las autonomías españolas, las
editoriales aplican las exigencias de cada consejería. En aquel caso se
trataba de Andalucía, donde los responsables y responsablas del anterior
gobierno local intentaron imponer el lenguaje inclusivo más extremo.
Pero los últimos textos publicados allí, según comprobé estos días, han
vuelto a la normalidad. Que en España es relativa, cierto. Pero
normalidad, al fin y al cabo.
Con
los libros de texto me quedé dándole vueltas a la cosa, incluido el
peligroso intento de convertir las aulas en laboratorios de ingeniería
social a disposición de cualquier profesor Bacterio que se haga con una
migaja de poder: la Historia glorifica imperialismos, la ortografía y la
gramática son machistas y elitistas. Todo eso. Así, lo que tacita a
tacita se vierte en ciertos textos escolares acaba calando: tanteo,
reacción, retroceso y vuelta de nuevo, dejando cada vez un poquito más
de daño irreparable. Y de ese modo, de derrota en derrota, hasta la
victoria final.
Frente
a eso hay sólo dos oposiciones posibles: los profesores y los padres.
Entre los primeros los hay que, resignados, aceptan la barbaridad porque
así figura en el libro que les colocan, y no se complican la vida.
Otros creen en ello, coinciden con el espíritu del texto y enseñan en
consecuencia. Y aquellos a quienes ideas o conocimiento sitúan en
desacuerdo con el disparate, ponen de lado el texto o limitan con
astucia y sentido común los estragos entre sus alumnos. En cuanto a los
padres, repiten esos comportamientos: unos pasan por completo, a otros
les parece bien que sus niños hablen como pequeños gilipollas y digan
que Colón fue un genocida, y otros animan a los cachorros a ser ellos
mismos y no tragar. Y es precisamente ahí donde surge el principal
problema: en los que no tragan.
Hace
falta mucho amor por el intelecto de un hijo, mucha entereza y mucha
confianza en su carácter para convertirlo en disidente. Cuando un padre
muestra a un hijo la verdad de una biblioteca, está creando un
insurgente: un rebelde ante un sistema que, precisamente, desprecia las
bibliotecas. Y es curioso considerar cómo han cambiado las cosas en
torno a la palabra disidente. Serlo antes era enfrentarse al
sistema. Un disidente luchaba contra lo establecido, y por eso era un
peligro para el ambiente social cuyas reglas no compartía. Una amenaza.
Ahora es al revés: en esta falsa individualidad multiplicada por
millones en las redes sociales, donde todo el mundo coincide en
considerarse disidente de algo, quien de verdad destaca es el que
discute los lugares comunes convertidos hoy en norma social universal,
cada vez más sólida entre quienes creen jugar solos en su propio campo,
que en realidad es asombrosamente idéntico al del vecino.
Ésa
es la paradoja. La sociedad actual, el sistema construido con la suma
de millones de teóricas disidencias, asfixia al actual y verdadero
disidente. Gracias a las redes sociales, esa represión se ejecuta masiva
y en tiempo real. Y así, quien actúa fuera del grupo se ve reprimido e
infectado por las analfabetas simplezas con que hoy se construyen las
ideologías. Antes, un disidente era un héroe social: alguien a quien se
admiraba e imitaba. El sistema establecido le tenía miedo, pues
detectaba ahí el virus de la revolución. Hoy, un chico ajeno al sistema
sólo es un apestado, un marginal sin futuro. Nadie lo teme, pues ya no
hay victoria posible. Únicamente lo desprecian. En el colegio,
profesores y compañeros lo aíslan porque si se cuestiona el discurso
oficial, si razona, si discute, es en agraz un fascista, un machista, un
maltratador, un xenófobo, un asocial. Su hijo o su hija, dicen a los
padres, razona con excesiva insolencia, levanta mucho la mano, no se
integra en el equipo. No piensa según las reglas impuestas por millones
de idiotas que se consideran libres porque creen haber triturado las
viejas reglas sin advertir que ellos mismos son la regla nueva. Cuando
la disidencia se hace sistema, nadie admira al que todavía la practica.
En un mundo donde hasta el más menguado cree disentir de algo, y eso es
precisamente lo que iguala y masifica hoy a tanto borrego, el verdadero
rebelde, el agitador, no tiene ya ninguna posibilidad. No le queda otra
que, fiel a sí mismo, echarse al monte como aquellos antiguos bandoleros
que acababan vendiendo cara la piel entre montes y breñas, acosados
como lobos por la Guardia Civil. ¿Y qué padre desea eso para sus hijos?
https://arturoperez-reverte.blogspot.com/2021/05/no-es-tiempo-de-heroes.html
Es que no dice nada más que lo que pasa, y acierta.
ResponderEliminarUn saludo
Es muy cierto. El que disiente hoy es un apretado. Un beso
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