Diario conservador de la actualidad

El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.

lunes, 27 de abril de 2026

La verdadera revolución que está en marcha, por José Javier Esparza

Hay una revolución en marcha y no es la que te están contando. La que te están contando los grandes medios de comunicación es la de las protestas pro-Palestina. Pero eso no es una revolución: eso es un simulacro. Yo no dudo de la buena fe de muchos de los que están protestando estos días. Tampoco dudo de la poca cabeza de otros muchos, como esas chicas que se suben a sí mismas a Instagram exhibiendo lo bien que les queda el gloss en la carita pintada para ir a manifestarse. Pero, sobre todo, no dudo de que los que han movido estos hilos saben perfectamente que todo es una gigantesca impostura; que nada cambiará en Gaza, como nada constructivo hicieron las movilizaciones “por el planeta”, salvo engordar las cuentas de los que han hecho fortuna con el gran camelo. En el fondo, es el sueño del poder: conducir a la gente a levantarse contra cosas que el levantamiento no cambiará, es decir, mantener bien lejos de sí la atención de la multitud. Porque a los jóvenes —o no tan jóvenes— airados que han llenado las calles estos días no se los vio en Valencia quitando barro, ni en los frentes de fuego de este verano desbrozando montes, ni en ningún otro lugar donde realmente había un pueblo pidiendo auxilio. Esta de los «Free Palestine» (en inglés, por supuesto) es una movilización popular sin pueblo propiamente dicho, porque el pueblo real está en otra parte, con otras preocupaciones, muy lejos de la flotilla de Greta. 


No, la utilidad de esas manifestaciones es otra. El anarquista García Oliver, autoproclamado «mejor terrorista de la clase trabajadora» y ministro de Justicia del Frente Popular, decía que los atentados, la algaradas y demás son «gimnasia revolucionaria»: no arreglan nada, pero mantienen a las «masas» activas y en forma para cuando haya que hacer la revolución. Esto es un poco lo mismo: una gimnasia para mantener vivas a esas «masas» que habrá que echar a la calle cuando gobierne la derecha. Pero con el agravante de la estafa, porque aquí no hay revolución alguna ni habrá después poder proletario, sino que todo se sustanciará en los privilegios de las oligarquías separatistas y en las putas, los sobres y los chalés de los socialistas, como siempre. Después de la fiesta, al amanecer, el proletario de verdad, también como siempre, se dejará el lomo en las calles limpiando la mierda que los «revolucionarios oficiales» han dejado. Las banderas habituales de la izquierda van siendo, cada vez más, cosa de señoritos. 


Mientras tanto, las opciones soberanistas vencen en la República Checa o en Japón, aupadas por ese mismo pueblo que, en Londres, llena las calles contra el desmadre migratorio o que en otros lugares de Europa colapsa con sus tractores el paisaje ficticio de Úrsula. Esta sí que va a ser, está siendo ya, realmente una revolución: la de un pueblo que reclama a sus gobernantes que le devuelvan la nación, porque se la han robado. En España, también: cada vez hay más gente, y cada vez más joven, que anhela reencontrarse con su propia identidad colectiva, con su historia real, con ese mundo que el poder lleva medio siglo ocultando, deformando, denigrando, tergiversando, para convencernos a todos de que nunca deberíamos haber existido. No hay más que ver la espectacular floración de reivindicaciones de la Hispanidad por todas partes, y generalmente movidas no por las instituciones, que esas siguen a lo suyo, sino por la propia gente, es decir, por un pueblo que quiere seguir siendo tal. Visto con perspectiva, la mayor revolución cultural que ha vivido España en el último cuarto de siglo es precisamente esta ola de recuperación de la propia identidad histórica, construida a pesar del poder y contra él. En esa revolución late el germen de algo que puede ser aún más grande: un pueblo que vuelva a tomar conciencia de su espíritu, que no está en Gaza ni en la huella de carbono, sino en los barrios depauperados, en los campos abandonados, en los jóvenes sin expectativas y en todos aquellos lugares donde todavía queda un aliento nacional que desea sobrevivir. Esta es la revolución que está en marcha, y no la que nos están contando.

 https://gaceta.es/opinion/la-verdadera-revolucion-que-esta-en-marcha-20251007-0100/

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