Cada tarde, las ciudades se convierten en un trasiego incesante de coches: padres que llevan y recogen a sus hijos de clases de música, idiomas, danza, deportes o academias de refuerzo.
Niños con agendas de ejecutivos, que cada día llegan a su casa al caer la tarde o a veces ya entrada la noche.
En este escenario se esconde una pregunta inquietante: ¿de verdad lo necesitan o les estamos robando lo más valioso, su infancia?
El espejismo de las oportunidades infinitas
Algunos padres, con la mejor intención, creen que llenar la agenda de sus hijos es una inversión en su futuro. A menudo lo justifican con frases como “que no les falte de nada” o “que tengan todas las oportunidades que yo no tuve”. Sin embargo, detrás de esa lógica se esconde una visión utilitarista de la infancia: entender la vida de los hijos como un currículum a rellenar de manera prematura para que no pierdan la carrera de la competitividad futura.
“Que tengan las oportunidades que yo no tuve”, no puede hacerse a costa de “privarles de las oportunidades que sí tuvimos”, esto es, disfrutar de la familia, del barrio, de los juegos entre amigos sin necesidad de un calendario, un local o un monitor.
Es cierto que una o dos actividades bien escogidas pueden ser valiosas: aprender un instrumento, practicar deporte o mejorar un idioma no solo desarrollan habilidades, sino que también fomentan la disciplina y la constancia.
El problema surge cuando esas actividades se convierten en una cadena interminable que sustituye lo esencial: el tiempo en familia.
Uno de los aspectos más importantes de proponer a nuestros hijos actividades extraacadémicas cuando son niños, es que consigan vincularse a unas actividades que les atraigan desde niños para que continúen en ellas de manera voluntaria cuando llegue la adolescencia, la gran crisis de la desvinculación.
Consecuencias educativas y emocionales
El exceso de extraescolares tiene una serie de efectos efectos que muchas veces pasan inadvertidos:-
Pérdida de interioridad: los niños viven en una carrera constante. Sin espacios de silencio, de aburrimiento -que importante que los se aburran de vez en cuando!!- y de libertad, no aprenden a escucharse ni a conocerse.
Fragilidad del carácter: siempre dirigidos, nunca experimentan el reto de decidir por sí mismos qué hacer con su tiempo. Les falta iniciativa, les falta creatividad, adolecen de liderazgo.
Vida familiar erosionada: por la necesidad del comedor escolar por los trabajos de los cónyuges, apenas hay ya sobremesas, tardes en casa o conversaciones espontáneas. Y sin estas experiencias, los hijos crecen lejos del lugar que más necesitan: su hogar y la compañía de sus padres.
El resultado es una generación que tiene una agenda llena y una interioridad vacía.
Una mirada pedagógica y espiritual
Educar no es producir “niños-máquina” llenos de competencias, sino formar personas con criterio, virtudes y vida interior.
La verdadera riqueza de la infancia no está en acumular actividades, sino en cultivar el carácter y la capacidad de relacionarse consigo mismos, con los demás y con Dios.
San Juan Pablo II lo expresó con claridad: “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible si no se le revela el amor”. Y ese amor no se revela en una academia de idiomas ni en un entrenamiento extra, sino en la vida compartida en familia, en la cotidianidad del hogar.
También la tradición cristiana recuerda que el ocio no es perder el tiempo, sino un espacio fértil para la contemplación y el encuentro. Josef Pieper, en su obra El ocio y la vida intelectual, advertía que una sociedad que desprecia el ocio termina despreciando la vida del espíritu.
Cinco consejos prácticos para los padres
Elige pocas actividades y con sentido: una o dos extraescolares bien escogidas pueden enriquecer mucho a tus hijos. Más allá de eso, valora si no estás sobrecargándoles.
Prioriza el tiempo en familia: recuerda que lo que más conviene a tus hijos es estar en casa contigo. La mejor extraescolar se llama hogar.
No temas al aburrimiento: enséñales que del aburrimiento nace la creatividad. Evita solucionarlo siendo tu siempre quien le entretenga y mucho menos con pantallas.
Protege los momentos de hogar: las cenas compartidas, las sobremesas los fines de semana, los paseos en familia o los juegos de mesa en casa valen más que cualquier competencia prematura en un currículum futuro.
Cultiva la interioridad: fomenta espacios de silencio, lectura y oración en el día a día. Enseña a tus hijos a habitar su mundo interior.
Conclusión
Las actividades extraescolares son buenas, siempre que se escojan con criterio y sin saturar la vida de nuestros hijos. Pero el mayor regalo que puedes darles no es una agenda llena de actividades, sino una tarde llena de experiencias familiares, presencia y hogar. El día de mañana tus hijos no te reprocharán las actividades que les negaste, sino el tiempo que no les diste, las horas vividas en familia, en silencio y en amor.
https://www.forumlibertas.com/ninos-ocupados-infancias-vacias-el-espejismo-de-las-extraescolares/
Hay algo que inquieta en todo esto: agendas llenas y casas cada vez más vacías por dentro. Nos hemos ido convenciendo de que más actividades significan mejor futuro. Y puede que algunas ayuden, claro que sí. Pero cuando todo se convierte en carrera, algo se pierde por el camino. La infancia no es un currículum que optimizar.
ResponderEliminarEn esta etapa en la que ahora tocan nietos, uno entiende todavía más lo que supuso todo aquello. Ves las cosas con otra distancia. Te das cuenta de lo rápido que pasa el tiempo y de lo que de verdad permanece.También está esa idea que compartimos muchos: el tiempo en familia no compite con nada. No es una actividad más. Es la base. Lo que deja huella de verdad. Las conversaciones sin prisa, las tardes sin plan, el aburrimiento que obliga a inventar.
Al final la cuestión no es quitarlo todo, sino poner cada cosa en su sitio. Y recordar que crecer no es acumular experiencias, sino aprender a estar, a pensar y a querer bien.Un saludo
Lo has explicado muy bien. Un hijo no es un proyecto profesional. Es una experiencia personal que hay que disfrutar. Un beso
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