Debido a los programas de prueba de otros países, he dado instrucciones al Departamento de Guerra para que comience a probar nuestras armas nucleares en igualdad de condiciones», declaró el pasado miércoles 29 de octubre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, oficializando lo que le faltaba a la Guerra Fría 2.0 que vivimos: la escalada nuclear.
Trump reaccionaba así a las recientes pruebas de Rusia de un misil de crucero nuclear y de drones submarinos de propulsión nuclear. El domingo anterior, Vladimir Putin anuncia que la Federación Rusa había probado con éxito un nuevo misil de crucero «invencible» con capacidad nuclear, el Burevestnik. El nuevo misil (en la fotografía) completó un vuelo de varias horas que recorrió 14.000 kilómetros y podría supuestamente evadir cualquier sistema moderno de defensa antiaérea. Trump calificó el anuncio de “inapropiado» y recordó a Moscú que un submarino nuclear estadounidense está «justo frente a sus costas».
Pero un día después de las palabras de Trump, el ejército ruso anunció otra prueba, esta vez del dron submarino de última generación con propulsión nuclear ‘Poseidón’, que podría detonar un dispositivo nuclear cerca de Estados Unidos y provocar así un colosal tsunami que devastase las ciudades costeras.
Las películas de terror de la última generación suelen tirar de un mismo cliché, casi siempre eficaz: hacer que parezca que la pesadilla ha terminado y, en el último minuto, hacer resucitar el monstruo o la amenaza de que se trate. Del mismo modo, con el colapso de la Unión Soviética y el fin de la tensa Guerra Fría a finales del siglo pasado, la pesadilla de un holocausto nuclear parecía cosa del pasado. Estados Unidos había vencido y una Rusia postrada, heredera de la disuelta URSS, ya no era rival, pese a su impresionante arsenal atómico: bastante tenía con lidiar con la pobreza y el descenso al Tercer Mundo. Ahora, todo eso ha cambiado, se ha dado la vuelta.
Quienes peinamos canas –o no tenemos ya nada que peinar– recordamos una infancia en la que el terror nuclear era un elemento permanente de la atmósfera informativa. La Primera Guerra Mundial había sido una carnicería y la segunda había resultado aún más destructiva, pero la próxima, la tercera, prometía ser la definitiva. Y todo gracias a la Bomba.
La Bomba, el armamento nuclear estrenado por los norteamericanos sobre Hiroshima y Nagasaki, era distinto a todo lo conocido; no meramente en grado, sino en naturaleza. Desde el momento en que la Unión Soviética, el campeón del bloque socialista enfrentado al llamado “mundo libre” liderado por Estados Unidos, había conseguido fabricar la Bomba, el planeta estaba ya a una decisión estúpida, no de la destrucción de naciones, sino de la misma civilización.
Paradójicamente, la Bomba trajo la paz. La Destrucción Mutua Asegurada que garantizaba el arsenal nuclear de ambos bloques enfrentados proporcionaba un equilibrio del terror que hacía impensable el conflicto abierto entre las dos partes contendientes. Un paz, por supuesto, relativa: los dos bandos se combatían por delegación, en guerras menores, convencionales, en terceros países, desde Vietnam a Afganistán. Porque todos eran conscientes de que no hay manera de ganar una guerra nuclear.
El arma atómica no es como las otras, solo que más potente. La Bomba rompe los límites del tiempo y el espacio. Una bomba convencional, por aterradora que sea su potencia, destruye el objetivo y no hay más. Puede ser una base militar o una ciudad entera, pero tiene una limitación intrínseca: se puede reconstruir la ciudad, se puede estar a salvo en cualquier otra parte.
Por el contrario, la devastación de un dispositivo nuclear se mantiene en el tiempo y se expande en el espacio. La radiación hará inevitable el lugar del impacto durante años, décadas o aun siglos. Y esa misma radiación puede ser llevada por el tiempo a cualquier parte, matando a víctimas potencialmente muy alejadas del objetivo destruido.
Estados Unidos y Rusia poseen entre ambos 11.000 ojivas nucleares, la mayoría de ellas mucho son más potentes que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki. Si se utilizara un tercio de las ojivas nucleares de Estados Unidos y Rusia, se estima que 360 millones de personas morirían como consecuencia inmediata.
Además, los incendios provocados por las explosiones nucleares producirían hollín, cubriendo la atmósfera y bloqueando la luz solar entrante, lo que llevaría a una caída de la temperatura global que resultaría en el llamado “invierno nuclear”. Esto, a su vez, provocaría el colapso de la agricultura y la disminución de la producción de alimentos en todo el mundo, lo que llevaría a la muerte por inanición de aproximadamente cinco mil millones de personas.
Durante mucho tiempo, el sueño de los señores de la guerra ha sido el de un ataque devastador que impida la respuesta del otro bando. Es una ilusión. Las potencias nucleares disponen de dispositivos de “mano muerte” que permiten que el propio sistema desencadene un ataque nuclear devastador incluso sin instrucciones humanas, si el sistema detecta ataques y no puede comunicar con el mando.
Tampoco queda la esperanza de un “uso limitado” de armas atómicas. La Dra Ivana Hughes, presidenta de la Fundación para la Paz en la Era Nuclear, advierte en una reciente entrevista concedida a Tucker Carlson que los ejercicios militares en Washington sugieren que, en el 100% de los casos, una explosión de armas nucleares, independientemente de cómo comience (un accidente, un error de cálculo, un uso deliberado), termina en una guerra nuclear total.
Y, sin embargo, durante la Guerra Fría, la opinión pública mundial era agudamente consciente tanto de la necesidad de evitar por cualquier medio un conflicto nuclear como de lo fácil que resultaba provocarlo deliberada o accidentalmente. La Crisis de los Misiles de Cuba y otros momentos cercanos a un enfrentamiento directo de las superpotencias suscitó poderosos movimientos por la paz y una especial sensibilidad en la clase política de la comunidad internacional, volcada en la resolución de cualquier tensión que amenazase con la Destrucción Mutua Asegurada.
Hoy, en cambio, parece como si el mundo hubiera olvidado, muy especialmente xOccidente y, dentro de Occidente, los países de la Unión Europea, que con motivo de la guerra de Ucrania hablan alegremente de un próximo enfrentamiento bélico con Moscú. La escasamente diplomática jefa de la diplomacia de la Unión Europea, la lituana Kaja Kallas, ha expresado en diversas ocasiones la conveniencia de vencer a Rusia y trocearla en estados menores y más manejables. La idea de que una Rusia enfrentada a esa amenaza existencial recurrirá a su imponente arsenal nuclear, el mayor del mundo, no parece pasársele a nadie por la cabeza. Avanzan sonámbulo hacia la destrucción de toda civilización.
«Si Putin lanza un misil contra Bruselas, borraremos a Moscú del mapa». Esta declaración extemporánea, pronunciada a finales de octubre, no vino de Trump o de cualquier otra potencia nuclear, sino del ministro belga de Defensa, Theo Francken.
No se ha descubierto un medio de derrotar a una potencia nuclear empeñada en un conflicto que considera existencial. No hay resultado bueno, para nadie. Pero, fuera del húngaro Viktor Orbán y de los líderes de algunos partidos soberanistas, nadie habla de paz en la Unión Europea y casi todos, en cambio, pretenden preparar a sus pueblos para una guerra impensable que pondría el punto final a nuestra civilización.
https://ideas.gaceta.es/occidente-aprende-a-amar-la-bomba/
La capacidad nuclear evita la derrota de su poseedor y siempre le brinda una baza en cualquier negociación. Puede poner condiciones al negociar la paz.
ResponderEliminarUn saludo
Así ha sido hasta ahora. Un beso
EliminarSi estalla la Tercera Guerra Mundial será una devastadora guerra nuclear. La Cuarta, si queda alguien, será con palos y con piedras. Con los locos y los psicópatas que gobiernan hoy las principales potencias vamos encaminados al desastre. Soy pesimista.
ResponderEliminarAlgunos parecen estar deseándolo. Un beso
EliminarCreer que se gana con esto es de mentes perturbadas, es autodestruccion, ni mas ni menos, un abrazo Susana.
ResponderEliminarNo entiendo qué pretenden ganar con ello. Un beso
EliminarEsperemos que nunca sean utilizadas.
ResponderEliminarSi son utilizadas no lo contaremos. Un beso
Eliminar¡Hola! Muy buenas reflexiones, aunque bastante espeluznante si lo piensas detenidamente. ¡Feliz año nuevo!
ResponderEliminarHay muchos intereses bélicos. Un beso
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