La trama es bien conocida: los animales de la granja Manor, propiedad de los Jones, deciden sublevarse contra sus dueños humanos y los ponen en fuga, para dar inicio a una época dorada controlada sólo por los propios bichos. Una de las primeras cosas que hacen es pintar siete mandamientos en el muro de la granja, llamados a ser «la ley inalterable», la norma que habría de regir la convivencia armónica de los nuevos moradores, proporcionarles seguridad y garantizando su bienestar.
Portada de Revelión en la Granja
Gortada de Revelión en la Granja - Minotauro
Poco a poco, las cosas comienzan a cambiar y las normas tan pronto se expanden como se flexibilizan, se interpretan y reinterpretan a conveniencia del grupo dominante –el de los cerdos, guiados por Napoleón y su lugarteniente Snowball–, y la verborrea revolucionaria, tan propagandista de la libertad como opresora de su ejercicio, se asienta furibunda entre un mar de contradicciones de clase y absurdos límites a la discrecionalidad de los individuos.
George Orwell en 1940
George Orwell en 1940
Cuando George Orwell concibió en 1937 este relato inmortal, bajo el título de Rebelión en la Granja, lo hizo, en principio, como crítica alegórica a los desmanes de la revolución comunista. Incluso los despóticos cerdos protagonistas tenían rasgos similares a los de Lenin y Stalin. Sin embargo, cuando concluyó su primer manuscrito en 1943, y a pesar de ser ya un escritor consagrado, sufrió el rechazo de tres editores por los problemas que podría acarrearles su publicación, con cartas de desaprobación del Ministerio de Información Británico. Y no por temor a las represalias soviéticas (uno de aquellos editores ya había publicado libros anti-rusos, de hecho), sino porque -como el propio Orwell consignó en un prólogo que permaneció inédito hasta 1971-, retrataba una deriva que trascendía la ideología marxista: el intento de las élites políticas y económicas de traicionar sus promesas libertarias, para ocupar de forma discreta y progresiva, desde el Estado y el mercado, todos los ámbitos de la vida de las personas.
La fiebre intervencionista
Más de ochenta años después de que se publicase Rebelión en la Granja, la fiebre de la burocracia legislativa parece estar de nuevo cotizando al alza. Y no sólo en España, sino en toda Europa, donde al amparo de las instituciones comunitarias y con las promesas (al estilo orwelliano) de garantizar la seguridad y la prosperidad, se han aprobado leyes que regulan cuestiones como el contenido de los mensajes que aparecen en las redes sociales o que se comparten de forma privada en aplicaciones como WhatsApp; el consentimiento íntimo de las parejas antes de mantener relaciones sexuales; el número de gallinas o de árboles frutales que puede tener una persona para consumir sus propios alimentos; la cesión de datos biométricos captados por las cámaras de seguridad en la vía pública; el rastro digital de nuestras compras; el uso por organismos privados o por ramas de la Administración de nuestros expedientes sanitarios; el veto a la movilidad según el número de inoculaciones de nuestra cartilla de vacunación; o incluso la cantidad de dinero que podemos o no podemos retirar de nuestra cuenta o enviar a nuestros hijos por bizum.
Ángel Jorge Barahona Plaza, Decano de la facultad de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria
Ángel Jorge Barahona Plaza, Decano de la facultad de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria
La pregunta es: ¿Estamos viendo surgir un modelo de sociedad que limita cada vez más la libertad de las personas, o es un peaje inevitable para caminar hacia un mundo cada vez más libre y seguro?
Como explica para El Debate el filósofo y escritor Ángel Barahona, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria, «la pérdida de libertad en absoluto es un espejismo. Al contrario, la hiperregulación es la consecuencia de un mundo que cada vez tiene más miedo del otro. El individualismo, el encerramiento en «mi mundo» es una patología social que reclama la regulación de todo. Cada vez queremos más Estado».
Un Estado paternalista como sustituto de la familia
Las soflamas de libertad antisistema, que enarbolan tanto la izquierda como buena parte de la derecha, son, explica Barahona, lo contrario a una defensa de la libertad: «Las protestas y acampadas de los indignados de hace unos años no eran por reclamar justicia, moral, o algo humanista… sino por querer más Estado: más protección civil, seguridad social, subvenciones, ayudas económicas, etc. Es decir, un Estado paternalista que sustituya la carencia de familia».
Cuando los muros caen, la libertad encuentra su camino. Berlín, 1989: un pueblo que dejó de temer para comenzar a vivir
Cuando los muros caen, la libertad encuentra su camino. Berlín, 1989: un pueblo que dejó de temer para comenzar a vivir
Y pone más ejemplos: «Lo mismo que cada vez aceptamos con más facilidad, como borregos obedientes, más control del tráfico o más multas por casi cualquier desliz, aceptamos aberraciones legales como el aborto, la eutanasia, poner trabas a la natalidad, a pesar del invierno demográfico que reconocen todos los sociólogos, etc». Y, al mismo tiempo, «la permisividad (que algunos llaman «libertad») se da sólo a nivel subjetivo: al uso de la sexualidad o a la tolerancia a placeres cada vez más estrambóticos siempre y cuando sean de uso privado, eso sí con solicitud por escrito del consentimiento del otro».
Como le ocurría a las ovejas o a las vacas de la granja de los Jones tras la toma del poder por parte de los cerdos, Barahona augura que «el miedo será la motivación que nos conducirá a más leyes que castren la relacionalidad comunitaria que nos haría felices. Como son hoy las leyes de tráfico cada vez más asfixiantes, serán las leyes de comportamiento social. Y lo problemático es que cuando la opresión legalista no se pueda aguantar más, los estallidos de violencia en las calles serán de escándalo».
Una nueva idolatría
Esta cesión servil de nuestra libertad individual ante la promesa totémica de mantenernos a salvo, resguardados en el llamado estado del bienestar, es lo que el catedrático Dalmacio Negro llamaba, en El mito del Hombre Nuevo, una «nueva idolatría».
Dalmacio Negro Pavón, catedrático emérito de Ciencia Política y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
Dalmacio Negro Pavón, catedrático emérito de Ciencia Política y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
En nuestros días, sostenía Negro, se han implantado «dos nuevos mitos modernos: el de la Sociedad como el conjunto de los individuos que sustituye a la realidad del pueblo como el conjunto de las familias, y el del Estado, bajo el cual los mismos individuos se sienten seguros y, en este sentido, libres aunque sin libertad política».
Y lo resumía con una frase que, de hecho, se asemeja mucho al postulado de «la libertad es la esclavitud», que Orwell también escribiría en su obra cumbre, 1984, publicada pocos años después de Rebelión en la granja: «La libertad como seguridad, el mito del actual Estado de Bienestar. Únicamente hay individuos seguros y, dentro de esta seguridad, independientes». (,,,)
https://www.eldebate.com/religion/20251019/vive-usted-seguro-antes-solo-poco-esclavo_346144.html
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