Existen libros escritos para divertir o emocionar al lector, otros para adoctrinarlo, y algunos (los menos) para despertarlo de su letargo. Mentiras, obra recientemente publicada del hispanista argentino Cristian Rodrigo Iturralde, forma parte de esta última y distinguida estirpe. El subtítulo no confunde: 12 mitos sobre el cristianismo histórico que la izquierda quiere que creas. Y esto es así, porque no se trata de pequeñas tergiversaciones aisladas, sino de un sistemático y persistente entramado ideológico que ha trabajado con esmero para desacreditar el fundamental papel del cristianismo en Occidente. No es el anticlericalismo liberal decimonónico, impolítico y comecuras, sino su versión refinada y culturalista del relato progresista que acusa al cristianismo de atraso, misoginia, represión e ignorancia. Contra esa «leyenda negra», disfrazada de academicismo, se alza este libro.
Estructurado en doce capítulos (uno por cada «mito») y siendo el primero un potente estudio preliminar, Mentiras recorre con rigor y apasionamiento cuestiones tan diversas como las cruzadas, la relación entre cristianismo y ciencia, el trato a los indígenas, el papel de la mujer o la presunta connivencia con la esclavitud y la tortura. Pero en este libro el autor no se limita a negar, sino que documenta, contextualiza y contraargumenta con bibliografía, desde Christopher Dawson a Jean Dumont, de Henry Kamen a Toynbee, pasando por Ricardo García Villoslada. Es decir, es un trabajo de divulgación.
El primer capítulo de la obra es uno de sus mayores aciertos. En él, el autor defiende que la crisis de Occidente no puede entenderse sin su apostasía identitaria. Toda civilización, afirma, florece mientras mantiene una cosmovisión trascendente. El cristianismo fue la cabeza y el corazón civilizatorio de Europa, y su abandono explica en buena medida el desmoronamiento cultural contemporáneo. Como se deduce de la obra de Marc Bloch, la historia es, en buena parte, una lucha contra el olvido. Y, como advirtió Albert Mathiez, toda revolución empieza en los espíritus antes de pasar a las cosas. Por eso el propio autor del libro asevera que «un mal libro de historia puede ocasionar realmente estragos».
Iturralde se inscribe así en la estela de Jean Dumont, Vittorio Messori o Thomas E. Woods, quienes denunciaron hace tiempo la falsificación de la historia de la Iglesia. Pero al igual que ellos, no redacta este ensayo para negar los graves errores y pecados de las personas que conformaron o participamos de la Iglesia, sino para restituir la verdad histórica del cristianismo frente al relato oficial del secularismo militante, que ha demostrado tener mucho más de propaganda que de historia real, ya que como indicó el historiador francés Rémi Brague, existe un esfuerzo por parte de muchos para que la modernidad y el reino del hombre se emancipen de su propia herencia.
El libro de Iturralde puede leerse con facilidad. Contra el mito del cristianismo como enemigo de la ciencia, nos recuerda que fueron cristianos quienes fundaron las universidades, promovieron el saber clásico y protagonizaron el Siglo de Oro, afirmando que «hasta el siglo XX, es inusual encontrar a un científico o intelectual que no sea, al mismo tiempo, un creyente y practicante de la fe». Contra la acusación de misoginia, muestra con análisis comparado que ninguna otra civilización reconoció antes la dignidad de la mujer y la igualdad de sexos. Especialmente esclarecedor es el tratamiento del descubrimiento de América. El autor rescata el hecho, bastante ocultado, de que el emperador Carlos suspendió la conquista en 1550 para determinar su justicia, y argumenta que el cristianismo fue instrumento de humanización. Frente al mito de una evangelización genocida, Iturralde recuerda su dignificación frente a estructuras prehispánicas que practicaban el sacrificio humano y la esclavitud. En ese sentido tituló otro de sus trabajos como «1492 fin de la barbarie, comienzo de la civilización en América».
No faltan capítulos dedicados a desmontar los vínculos con la esclavitud, la tortura o la importancia de la caridad en la Iglesia. Y si bien hay muchos pasajes donde el tono se vuelve combativo, ello responde más a la honestidad del autor que a una falta de rigor o método. Iturralde no se esconde y escribe desde la convicción de que la historia ha sido usada como ariete contra la verdad. Su voz no es, y lo digo además por la amistad que nos une, la de un erudito neutral, sino más bien la de un soldado cultural. Y esto, en una época donde abunda la cobardía intelectual, sin duda se agradece.
Mentiras es, en conclusión, un libro interesante. No porque cierre debates (en historia nada es definitivo, como recuerda el historiador Pedro Carlos González Cuevas), sino porque reabre algunos de los que han sido clausurados por los dogmas contemporáneos o por la militancia ideológica. Y lo hace desde la búsqueda de la verdad. De manera que no es únicamente un ensayo para los convencidos, sino también, y especialmente, para los confundidos, desorientados o equivocados. Y para todos aquellos que, sabiendo que poco encaja en el relato dominante del progresismo cultural, buscan herramientas para resistir sin renunciar a la razón.
Al cerrar el libro uno comprende que se ha declarado una guerra contra el pasado. Que Occidente debe luchar, como ha recordado recientemente Frank Furedi, por su historia. Y que conocerla no es un lujo para eruditos y académicos, sino una necesidad para sobrevivir moralmente en este mundo actual. Mentiras debe leerse como se lee un mapa antes de la batalla. Porque la guerra, aunque nos digan lo contrario, hace tiempo que la empezaron. Y la primera víctima ha sido, como siempre, la verdad.
octubre 22, 2025
https://gaceta.es/opinion/mentiras-que-pasan-por-historia-20250810-0100/
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